• Juan Pablo Trombetta

Alberto Breccia (1919 – 1993). Por Javier Doeyo

Alberto Breccia nació en 1919. Uruguayo venido al país con sólo 3 años, fue el dibujante de historietas más importante de la Argentina.

A los 17 años debutó en la revista tradicionalista El Resero y ya en 1938 ingresó a la Editorial Lainez como “dibujante realista”, y además trabajó en las revistas Tit-Bits, Rataplán, y El Gorrión haciendo adaptaciones de novelas populares, y en Patoruzito dibujó Vito Nervio —su primer gran personaje—, con guiones de Leonardo Wadel.

En 1957, junto a Héctor Oesterheld crearon Sherlock Time y es ahí cuando comienza la transformación de su estilo que será revolucionario y altamente admirado, y que alcanzará su punto máximo con Mort Cinder, y con una fallida segunda versión de El Eternauta.

Los años setenta lo encontraron en plena experimentación, en 1973 versiona Los Mitos de Cthulhu de Lovecraft, junto a su yerno, el escritor Norberto Buscaglia y resulta galardonado con el Yellow Kid.

Su carrera abarca todo tipo de trabajo editorial, ya que fue un artista dotado de una gran versatilidad y era un excelso profesional: ilustraciones e historietas infantiles, juveniles, de acción (cowboys, guerra, espionaje, costumbrismo, sci-fi), novelas gráficas para adultos, adaptaciones literarias, comedias, biografías… nada se le escapa al maestro.

En su extensa obra caben destacar —además de los nombrados—, Buscavidas, Nadie, Un tal Daneri y Había otra vez… (junto a Carlos Trillo), Perramus —ganadora de un premio Amnesti— (con guiones de Juan Sasturain), las biografías del Che Guevara y Eva Perón y las figuritas de Platos Voladores Al Ataque!! (junto a Oesterheld y su hijo Enrique Breccia), y el sobresaliente El Gato Negro y otras historias (adaptaciones de cuentos de Poe), entre muchas otras. Sobre el final de su carrera y ya volcado de lleno a la pintura, realizó 21 acrílicos sobre el universo de Jorge Luis Borges, su gran admirado.

Al Viejo Breccia —así se lo llamaba en el mundo profesional— lo conocí personalmente en 1990, mientras planeaba la que sería mi primera revista de historietas y gran fracaso comercial: la revista Cóctel. Lo admiraba desde siempre, desde Mort Cinder, desde las adaptaciones de escritores latinoamericanos en historieta que publicaba en la revista Crisis de los 80 con guiones de Sasturain, desde Buscavidas en la inolvidable SuperHumor… Fue con el primer autor que hablé para publicar en mi revista y, gracias a su sí, todos los demás con los que hablé después, aceptaron acompañarme a pesar de ser yo un ignoto e incipiente editor que, como me decía el Viejo y era absolutamente cierto, “no sabía nada de nada”.

Cuando fui al programa de Gasalla a mostrar unos originales en ocasión de presentar la revista, además del suyo llevé uno de Boogie el Aceitoso —también personaje de Cóctel en ese año—, y las ilustraciones de las dos primeras portadas. El Viejo me llamó al otro día para decirme que me había visto, y que mejor “siga con la historieta porque para la tele, —me dijo— sos de madera”.

Luego de aquel estruendoso fracaso, el Viejo se ocupó de animarme en más de una charla que tuvimos en su estudio del caserón de Haedo. Que no dejara de hacer lo que me gustaba, que insistiera, que me profesionalizara y que siempre, siguiera mis instintos. Le hice caso, claro, y ya llevo publicados una docena de obras suyas y más de 30 años en la edición de historietas en el país.

Lo visité en su casa de Haedo cerca del final y me alcanzó un block enorme anillado de cabeza y me dijo “elegí el dibujo que más te guste”. Pasé varias hojas y los dibujos eran todos lo mismo: diferentes autorretratos hechos con marcador verde. Elegí uno, claro. Al poco tiempo fue la última vez que lo ví, en la clínica dónde había sido operado y de la cual no saldría con vida. Me dijo: “seguí publicando que vas mejor, no abandones nunca”.

Y así fue.


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