• Juan Pablo Trombetta

Boxeo en Auschwitz (parte 2). Por Juan Martín Trombetta

La historia del boxeador polaco Tadeusz Pietrzykowski (contada en la edición anterior), es quizás la más impresionante, pero no la única. En el subcampo Auschwitz III-Monowitz, el más grande de Auschwitz, la práctica de boxeo era tan habitual que a cada grupo de prisioneros que llegaba se le hacía la pregunta: ¿Quién sabe boxear? Heinrich Schwarz, comandante del campo, era un gran aficionado del boxeo y organizaba peleas en el campo todos los domingos, en los que incluso había música en vivo como cierre del espectáculo, en la que los presos tocaban el violín para los 400 SS que estaban en el campamento.

Noah Klieger, que llegó al campo con 16 años, fue uno de los que contestó que sí a la pregunta, aún sin saber nada de boxeo. En capo alemán, Kurt Magatanz, era el encargado de probar las habilidades de los prisioneros; a quienes mentían los mandaba directamente a la cámara de gas. Por suerte para Klieger, entre las personas de su grupo que dijeron que boxeaban había dos expugilistas profesionales, y con ver el guanteo entre ellos dos a Magatanz le alcanzó para decir que el grupo había probado su valía, sin ver a los otros cuatro muchachos que los acompañaban. Días después de superar el filtro, llevaron a Noah y su grupo a una sala donde entrenaban unos treinta hombres con todo el equipo necesario, ring, punching balls, sacos de arena, guantes, etc. En ese lugar, su compañero Jacko Razon notó que Klieger nunca había boxeado, y le dijo que si se daban cuenta los comandantes iban a matarlo; por eso arreglaron la pelea, Jacko iba a bajar la guardia y dejarse pegar un par de golpes para que luego Noah se dejara noquear después de un par de rounds, lo necesario para el goce del comandante Schwarz. Con el tiempo Noah incorporó las nociones básicas del deporte, aún así su récord en el campo fue de unas cuarenta y tantas derrotas con cero victorias, pero gracias a las peleas cada noche Noah recibía un litro de sopa extra, de la misma sopa que comían los SS, con trozos de carne. Gracias a eso sobrevivió al campo, después de la guerra se dedicó al periodismo, y es parte del salón de la fama de la Federación Internacional de Baloncesto (FIBA) por su aporte al deporte como periodista y administrador del club Maccabi Tel-Aviv de Israel. Murió a los 93 años (1925-2018), dos días después de publicar su última nota.

Un caso opuesto al de Klieger, desde el principio y el final de las dos historias, es el del tunecino Víctor Young Pérez, quien llegó a Auschwitz en octubre de 1943, después de haber sido campeón mundial del peso mosca entre 1931 y 1932, con 133 peleas profesionales en el cuerpo (92-26-15). Con su desnutrido metro cincuenta y cinco peleaba con soldados alemanes de veinte centímetros más y el doble de su peso. El comandante Schwarz quería un espectáculo completo, quería que el Campeón -como lo conocían todos sus compañeros en el campo- estuviera en las mejores condiciones posibles para boxear, por eso lo envió a trabajar a la cocina, el trabajo más leve para el físico de los prisioneros, y además lo hacía entrenar tres horas diarias para que pudiera resistir los quince rounds del combate. Las peleas llegaban a tal nivel de organización que a Pérez le asignaron un entrenador y manager: Paul Steinberg, por supuesto otro prisionero de Auschwitz. Steinberg fue el encargado de convencer a Pérez de que no noqueara rápido a sus oponentes, porque si los humillaba iban a matarlo, tenía que darles lo que querían: un show. En las peleas Pérez aprovechaba sus dotes técnicos para esquivar o amortiguar los lentos golpes de los alemanes, y pegaba lo necesario como para que el público disfrutara del espectáculo. Ganó casi todas sus peleas de esta manera, pero después de perder su trabajo de privilegio en la cocina por no entender las órdenes en alemán su cuerpo comenzó a sentir el desgaste de los trabajos ordinarios y ya no tenía la velocidad necesaria para esquivar los golpes. Las raciones extra de comida no eran suficientes para paliar los efectos de las doce horas de trabajo, más aún considerando que las compartía con sus compañeros de bloque. Por un pedazo de pan fue que llegó su muerte (22/01/1945), cuando un guardia de la SS lo vio compartir un poco con otros prisioneros rezagados durante una Marcha de la Muerte tras evacuar Auschwitz y no dudó en disparar su metralleta.

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