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  • Juan Pablo Trombetta

Charla con Pedro Aznar, quien siente a Mar de las Pampas como su América del espíritu

Por Juan Pablo Trombetta


Diciembre de 2019. Amorinda cumplía veinte años. El festejo reunió a una gran cantidad de vecinos. Estaba Pedro Aznar, a esas alturas amigo y familia de los Pittella Bianco. Abundaba el champán, la música y el ánimo festivo de los concurrentes. Entre ellos, claro, todavía se contaban Annita Bianco, alma mater de Amorinda, y el entrañable Horacio Taranco (ver nota de tapa). No había transcurrido mucho tiempo cuando un vecino de muchos años, noble seguidor de El Chasqui desde su aparición en el ya lejano año 2000, se me acercó muy serio. Él es de por sí un tipo serio. Y me dijo con talante adusto, al borde del reclamo: “El Chasqui tiene una deuda con sus lectores”. “¡A la mierda!”, pensé, toda vez que RM era la primera vez que presentaba una queja. Pero el asunto venía en serio y me preocupé. “¿Y cuál es la deuda…?”, atiné a preguntar no sin temor. “Nunca le hiciste una nota a Pedro”, fue la respuesta tajante y sin sonrisas de RM mientras cabeceaba en dirección a la mesa donde estaba sentado Pedro Aznar. Entonces ensayé mil excusas: “Es que no lo quiero molestar… bueno, la verdad que soy muy tímido, lo que pasa es que…” De repente me quedé callado. “Tenés razón”, le respondí. Entonces RM se retiró tan serio como se había acercado pero intuí cierta satisfacción en su gesto. Yo por supuesto sabía que Pedro tenía casa en Mar de las Pampas y que venía desde muchos años antes. Incluso mis hijas por trabajar en Amorinda lo conocían. Intuía que alguna vez habría leído El Chasqui pero no más que eso. Un par de horas y muchas copas de champán después, lo vi solo en su mesa y me senté frente a él con un coraje que me resultaba ajeno. “¿Sabés lo que me acaban de decir, Pedro?”, le zampé de pronto, expuesto a que me contestara “¿y vos quién sos?”, cosa que por fortuna o pura piedad no hizo y a cambio simplemente me dijo: “No. No sé”. Entonces le conté acerca del reclamo de RM y con una sonrisa benévola afirmó: “Tiene razón”. Los dos estallamos en risas y en ese primer cruce de mirada limpia comprendí que se trataba de un buen tipo. Me dio un mail para concertar una entrevista que saldría en el número de enero y que leerían miles de personas… Guardé el papelito donde anoté el mail en mi riñonera. La noche siguió con canciones y más risas y mucho champán. Semanas después busqué el papelito y no estaba entre mis muchos otros papelitos. Avergonzado, la cosa se fue posponiendo. Tres meses después estalló la pandemia. El Chasqui estuvo diez meses sin salir, hasta diciembre de 2020. La entrevista parecía un asunto que iba a quedar pendiente por tiempo indeterminado. Hasta que en junio de 2021 murió nuestro querido Juan Forn. Entonces hicimos una edición dedicada íntegramente a él, en la que solo escribieron quienes lo trataron mucho más allá de los libros y la literatura. A las pocas semanas de salir la edición recibí un mensaje por wapp de un teléfono desconocido. Decía: “Soy Pedro Aznar. ¿Te puedo llamar?”. Sorprendido le dije que por supuesto, sin la menor sospecha del tema por el cual querría Pedro hablar conmigo. Ancha fue mi sorpresa cuando me contó que había visto la edición dedicada a Juan, que lo había conmovido, que él había compartido varios encuentros con él a través de Dani Pittella de Amorinda, que había escrito algo que le habían publicado en un medio nacional pero que para él era importante publicarlo en El Chasqui, en Mar de las Pampas, que me lo mandaba y si a mí me parecía, entonces… Quedé apabullado ante semejante muestra de humildad de un capo de la talla de Pedro Aznar, pero claro, los grandes de verdad no se la creen y además Pedro es un buenazo absoluto, generoso y divertido. Porque a partir de aquel llamado vino una comida y otra, y juegos, y scons de Gloria y familia y el pente y amigos compartidos y mucho humor y buen vino y celebrar la vida. Así Pedro, ahora Pedrito, llegó a nuestras vidas. Y casi dos años después de ese maravilloso encuentro, a quince años de la primera visita de Pedro a su Mar de las Pampas, llega por fin la demorada nota.

De este modo, querido RM, puedo decir ahora que la deuda está saldada.

Pedrito, ¿por qué Mar de las Pampas?

En septiembre de 2007, por recomendación de un amigo, vine a las cabañas Despertar, que para quienes no las hayan conocido era un lugar manejado por dos monjes budistas, y siendo yo mismo budista, parecía el lugar más apropiado, por espíritu, por clima, por todo. Fue una experiencia hermosa, instantáneamente me enamoré de Mar de las Pampas. En Despertar me recomendaron ir a comer a Amorinda. Esa misma primera noche cené allí, y eso marcó el comienzo de una amistad que dura hasta el día de hoy. Más que una amistad, un vínculo de familia.

¿Desde aquel entonces viniste recurrentemente? ¿Cómo siguió a partir de Despertar?

Seguí viniendo, alquilando en cabañas. Venía cuando mi esquema de trabajo me lo permitía, muchas veces fuera de temporada, y aprendí a amar el lugar en invierno también, con el frío, el silencio, la poca gente, eso es parte de lo que me sedujo de estos pagos. Y en 2011 decidí hacer la experiencia de alquilar una casa y venir un mes a componer. Era junio, y en aquel momento había hecho erupción un volcán en Chile. Se hacía de noche muy temprano porque las cenizas oscurecían el cielo… Debe haber sido el único mes de mi vida en que me levanté a las 6 de la mañana todos los días. Porque necesitaba ver un poco de luz y porque lo tomé como una disciplina monacal. Encontré una casa muy linda después de buscar mucho, un lugar ideal para lo que yo quería hacer. El desafío que me propuse fue componer una canción por día, de lunes a viernes, y sábado y domingo hacía relax, me venían a visitar familia y amigos. Salió muy bien. Con creces. Hubo días que compuse más de una canción. Estuve muy inspirado, el lugar me puso en un modo de conexión buenísimo, y eso me motivó mucho más a querer venir frecuentemente. Lo primero que escribí en Mar de las Pampas fue, en mi primera visita, un poema dedicado a mi padre, que había fallecido hacía unos meses. Se publicó más tarde en mi segundo libro de poemas, “Dos pasajes a la noche”. Ese fue el primer encuentro con lo que me producía como creativo estar en un lugar así, y me dejó sorprendido y feliz, porque lo que salía era hondo, iba profundo, salía de manera espontánea, y el propio entorno me invitaba a escribir, a componer, me sugería cosas todo el tiempo. Por eso en 2011 hice esa experiencia de un mes. Y en ese junio compuse en su totalidad un álbum que se llama “Ahora”, un disco que yo quiero mucho, y que fue el único cuya música fue compuesta toda en el mismo momento, en esas sesiones de composición de un mes. Tiene una cohesión especial, es como un libro de cuentos escrito de un tirón.

En el mismo lugar y bajo las mismas condiciones…

Exactamente. Salió una música muy espontánea, muy alegre, muy satisfecha, por usar esa palabra. Satisfecha ella: la música. Suena como si la propia música dijera “yo quería nacer y acá estamos”, y en ese momento empecé a poner proa a instalarme acá. Ahí me dije “este lugar la rompe y quiero tener un piecito acá”. Me di cuenta que era un lugar en el mundo para mí, un refugio de la locura circundante.

Creo que es el factor común de muchos de nosotros… un amigo decía que todos éramos refugiados, que todos los que vinimos a vivir acá de alguna manera nos escapábamos de algo.

Es, de algún modo, un nuevo “hacer la América”, porque como nos pasa a muchos y muchas que somos descendientes de inmigrantes, nuestros padres, abuelos o bisabuelos vinieron de otros lados, buscando refugio y un lugar nuevo que abriera nuevas oportunidades… Y a nosotros de alguna forma nos pasa lo mismo, salimos de matrices de ciudades bestias o de pequeños pueblos, y venimos a un lugar así y decimos “este lugar me inspira, está lleno de posibilidades”. Vinimos en busca de nuestra propia América.

Hacer “nuestra América”, muy interesante.

Claro, pero se trata de una América de riqueza interior. La América del siglo XIX y XX era la de la prosperidad, la bonanza económica. Esta es otra cosa, es una América del espíritu, si se quiere.

Hablando de tus abuelos, de tu mamá y papá, uno era vasco...

El apellido Aznar, por las búsquedas que hice, parece venir de Navarra, es vasco; pero mis abuelos paternos, Dolores y José Antonio, eran andaluces. Y por el lado de mi madre, Elena y Francesco, calabreses.

¡Qué mezcla! ¡Andaluz y calabrés con orígenes vascos!

¡Agarrate!

Bueno, y entonces te pusiste a buscar lote en Mar de las Pampas

Larga y complicada búsqueda. Imagino que debe ser una constante en todos los lugares, con idas y venidas, contramarchas, gente de mejor y peor fe en los negocios inmobiliarios, con su cuota de problemas, hasta que un día me harté de la desprolijidad. Yo tenía un mapa donde anotaba los lotes posibles, y un día salí furioso de una inmobiliaria donde por enésima vez habían sido muy poco profesionales, rompí el mapa y lo tiré en un cesto de basura en Querandíes y El Lucero, diciendo “se terminó, me voy. Algo no quiere que yo esté acá”. Me fui triste e indignado, me tiré en la cama a dormir una siesta para intentar calmarme, y me despertó, una hora después, el llamado de la persona que vendía, a través de la inmobiliaria, diciendo que finalmente había decidido que sí, que vendía. Así que tuve que pasar por el punto de desistir, y cuando lo hice, ocurrió.

¿La casa vino enseguida?

Si, a los pocos meses contacté al mismo arquitecto que había construido la casa que alquilé para componer, porque me gustaba mucho cómo sonaba, cómo estaba diseñada y su concepto. Era una casa de tres plantas, que, tengo entendido, es de un matrimonio de psicólogos, donde se hacían jornadas terapéuticas. La habitación de ellos y las de huéspedes tenían la misma estructura, la misma calidad y la misma vista, pero eran independientes, estaban cada una en un nivel. Todo eso conectado por una nave central para compartir, living y cocina a modo de loft. Me pareció muy buena idea. Contacté al arquitecto y le dije que me gustaría algo así, con algunas diferencias. Que fuera una casa abierta al bosque, que se sintiera realmente vivir adentro del entorno natural, con muchas ventanas; y así fue. Trajo, poco después, a mi departamento de Belgrano, la maqueta 3D en la computadora y me caí de espaldas cuando la vi, porque la casa se veía prácticamente como es hoy. Algunos detalles los fuimos viendo juntos. Por ejemplo, soy un entusiasta del feng shui, que es la ciencia-arte del bienestar en los ambientes y de manejar la energía que circula en una casa como si fuera un caudal de agua. Toma en cuenta cómo tiene que fluir la energía en las habitaciones, cómo tienen que estar ubicadas las puertas, orientadas las ventanas… No soy un gran conocedor, pero algunas cosas las manejo, así que las aporté al diseño, y creo que eso le sumó sensación de bienestar y comodidad.

¿A partir de la casa te vinculaste más con los vecinos y la gente de acá?

Ya en 2011 cuando alquilé la casa a la que vine a componer, empecé a sentirme un poco más asentado, más local. La casa la fui construyendo con tranquilidad, a lo largo de 3 años. Empecé en 2013 y la estrené en la Navidad de 2015. Durante ese tiempo me invitaron, varias veces, Annita y Antonio de Amorinda, quienes me prestaban una habitación de su casa y yo me hospedaba con ellos. O si ellos no iban a estar, me ofrecían quedarme todo el tiempo que necesitara. Divinos! Otras veces me quedaba en alguna cabaña e iba a ver cómo iba la obra… Entonces empecé a venir con mucha más frecuencia, y una vez que la casa estuvo lista la empecé a disfrutar mucho, y en estos últimos años, en particular, más aún.

El año pasado estuviste en el invierno más que nunca.

Sí, porque empecé a reformar mi departamento de Buenos Aires, que está en obra hace más de un año. Usé mucho esta casa para descansar, trabajar, hacer base. Mis gatos están felices, ya tienen documento marpampeano!

Repasemos los nombres.

Angelina, Filippo y Chardonnay. Eran gatos de departamento, y las primeras veces que vinieron no entendían mucho lo que pasaba. Una casa grande, rodeada de bosque… Después le fueron tomando el gustito, querían conocer qué había alrededor, y pedían cada vez más salir.

Una vez se fugaron, no?

En un momento en que había gente trabajando en arreglos en casa, en la corrida me olvidé una puerta abierta y se escaparon los tres. Desaparecieron. A Chardonnay la encontré más fácil, porque le encantan los bordes, es “Miss Cornisa”, y estaba desfilando sobre la madera que limita con el lote de al lado. Los otros dos aparecieron un par de horas después. Volvieron solitos, cosa que me sorprendió porque no conocían, todavía, los alrededores. Yo entré en pánico, mandé un aviso a un grupo de Whatsapp de vecinos, subí sus fotos y pedí que por favor avisaran si los veían. La vecina de atrás me dijo que había visto un gato que había mirado adentro de su casa apoyando las dos patas delanteras en su ventana, y que cuando ella lo llamó se había asustado y había enfilado para el lado del mar. Entonces empecé a dar vueltas con el auto y a llamarlos. Terminaron apareciendo solos, presentándose en el jardín de casa. Fue un susto de dos horas. Eran gatos de ciudad! Ahora conocen más, salen todo el tiempo al bosque, conocen su territorio, se orientan bien. En aquel momento, no. Habían venido sólo dos ó tres veces y habían estado siempre adentro.

Cambio total de tema, ¿proyectos para este año con la música?

Acabo de sacar el disco “El mundo no se hizo en dos días”, en gran parte escrito acá. Contiene 20 canciones, cuatro de las cuales las había escrito en 2018. El resto fue compuesto entre 2020 y 2022. En 2019 estuve haciendo proyectos en colaboración con otros artistas, el álbum “Utopía” con Ramiro Gallo, de tangos originales que escribimos juntos, y “Abrazos de hermanos”, con Manuel García, de Chile. Eso hizo que toda mi producción de 2019 se volcara en esos dos discos, y que mi proyecto solista quedara un poco en stand by. Después vino la pandemia y estuve escribiendo un montón. Recuerdo que la primera vez que se permitió a los propietarios viajar a ver sus casas fue en octubre de 2020, cuando lo habilitaron por sólo 24 horas. Me dije “voy aunque sean diez minutos”. Estaba desesperado por venir, por estar un poco en un espacio abierto, respirar este aire… Por suerte en mi departamento de Buenos Aires tengo mi estudio de grabación, donde puedo componer, trabajar, grabar, transmitir, (de hecho hice muchos conciertos on line desde ahí, tenía todas las herramientas a mano) pero de todas formas, era estar encerrado. Cuando en 2021 se empezó a normalizar el tema de viajar, estuve viniendo un montón, seguí componiendo y el verano pasado, cuando me instalé acá, hice el trabajo de completar el material. Tenía muchas anotaciones, notas de voz, grabaciones de retazos que me dediqué a completar. En varios casos las canciones de este disco fueron soñadas, me despertaba con una melodía, una letra o una idea en la cabeza, y entonces lo primero que hice fue un trabajo de documentación, saber qué tenía y ordenarlo en mi computadora. Después fui tomando una canción por día y terminando lo que faltaba, fuera algo de letra o de música, y grabando todo eso. Una enorme parte de este álbum, y de mis intervenciones instrumentales y vocales se hizo el verano pasado en Mar de las Pampas. Después grabamos lo que faltaba entre mayo y julio de 2022 con mi quinteto y una orquesta de 23 músicos en Buenos Aires.

¿Y giras previstas para este año?

El 21 de Enero hacemos el Konex con la banda y el 30 voy a estar en Mar del Plata. El 4 de febrero participo en un homenaje a Yupanqui en Pergamino, y el 17 y 18 toco en Punta del Este. El 4 de marzo hacemos un sinfónico en Medellín, y a partir del 10 de marzo gira de 20 ciudades en Patagonia, a lo largo de un mes. El punto más austral esta vez será Ushuaia. Y de abril a junio los conciertos de presentación del disco nuevo.

¿Contemplás la posibilidad de vivir en Mar de las Pampas?

Sí, lo pienso a menudo. Fantaseo con la idea. De todas formas soy un tipo bastante citadino, y si bien la ciudad me agobia, me electriza demasiado, me gusta esa sensación de posibilidad de cualquier cosa en cualquier momento. La ciudad está disponible todo el tiempo. Si se te ocurre tomar un helado a las cuatro de la mañana, hay. Muchas veces es simplemente convivir con la idea de que todo esté funcionando todo el tiempo, aunque no lo quieras usar. A los 26 años me mudé a Nueva York, un poco con esa misma mentalidad, de estar en una ciudad que esté en llamas todo el tiempo, y después me di cuenta que el que iba a estar en llamas era yo! La Gran Manzana me centrifugó, duré cuatro meses hasta darme cuenta de que no era para mí. ¿Sabés por qué? Porque compraba el Village Voice, periódico cultural de la ciudad donde aparecían los listados de cine, conciertos y muestras de arte, y era muy estimulante ver todos los días “exposición de no sé qué, con charla magistral de no sé quién, del museo no sé cuánto de París”. “A las 19:00 concierto de Herbie Hancock, presentación de su nuevo disco”, y a la vuelta “Keith Jarrett Trio”, y era tanto lo que pasaba que me daba fiaca. Terminaba no yendo a ver nada. Y en un momento me pregunté ¿para qué estoy acá? Prendido fuego, no puediendo dormir bien por el ruido, y hay tanta oferta de cosas que me agobia y termino no yendo. Entonces, no es acá. Un par de años después entendí que las grandes ciudades se disfrutan más cuando vas de turista y les sacás todo el jugo. Vas y disfrutás como perro y listo, te volvés a tu calma. Porque el resto, es pura quemazón.

Nueva York, 26 años, 1985… etapa anterior a esa, pibe que aparece en Serú... ¿Cómo empieza tu vínculo con Charly, Lebón y Moro para llegar a formar semejante banda?

Agarraron y me llamaron. Y yo agarré y fui (risas).

¿Por qué te llamaron? ¿Quién?

No lo sé muy bien. Hay tres versiones. Yo tengo la mía, Charly tiene otra y David otra más. No sé quién de ellos me escuchó primero y le dijo a los otros “hay un pibe que toca el bajo…”. Las dos bandas en las que estuve antes de Serú Girán fueron Alas y Madre Atómica. No sé en qué momento me escucharon y por qué me llamaron. El hecho es que comenzó con que Charly y David se fueron a Búzios a componer durante un año. Moro y yo nos conocimos trabajando, haciendo shows de carnavales con el dúo Pastoral, como acompañantes, y nos hicimos amigos. Y en un momento Moro me dice “che, me dijeron que Charly y David están en Brasil, que quieren hacer una banda y que nos van a convocar, ¿vos qué pensas?”. A lo que contesté “y… yo qué sé, qué pensás vos?”. Y así fue que nos convocaron, mientras pensábamos “¿esto será serio? Nos enteramos que ahora estaban en San Pablo, querían grabar un disco, y que nos mandarían los pasajes. Recuerdo que estábamos yendo en un flete a Ezeiza con su batería, mi bajo y mi amplificador, y yo le dije a Moro “¿vos te fijaste si el pasaje incluye el tramo de retorno?”. Ese era el grado de incertidumbre. Y la única vez que yo había hablado con Charly antes de eso fue el día que él vino a Buenos Aires desde Brasil, y me vino a ver tocar en un lugar llamado Oliver, un club de jazz que quedaba en Las Heras y Pueyrredón. Yo estaba con un grupo que hacía covers llamado Amalgama, (donde hizo su debut Julia Zenko), dirigido por Raúl Parentella. Charly vino, se sentó a una mesa, tocamos, me escuchó y ahí mismo me hizo la invitación formal a incorporarme al grupo y grabar. De ahí a la escena del flete (“¿el pasaje tiene vuelta?”) y de ahí a la llegada a San Pablo a las ocho de la noche, a una casa que habían alquilado Charly y David, que estaba con su familia. La casa vibraba de Leboncitos correteando por todos lados. Había una señora divina que limpiaba la casa y cocinaba como los dioses, María, y en la planta alta estaban los dormitorios y la sala de ensayo. Descargamos los instrumentos, armamos, nos pusimos a tocar. Improvisamos media hora y ya sonaba, ya se perfilaba Serú Girán. Nos miramos sonriendo y dijimos: “somos un grupo”.

¿Cuánto se quedaron en Brasil?

Un mes, grabando en el estudio El Dorado. Después Charly y el productor del disco, Billy Bond, llevaron las cintas a Los Ángeles, se agregó una pequeña orquesta y se mezcló allá.

Serú duró cuatro años… ¿cómo te vas después a estudiar a USA?

Me fui a Boston, a la escuela Berklee, en 1982. Cursé durante un año. Y al año siguiente entré en el Pat Metheny Group. En 1980 habíamos ido con Serú a tocar al festival Monterey Jazz, en Rio de Janeiro, donde no solo había jazz había todo tipo de música. Y ahí también estaba programado el grupo de Pat. Yo lo había escuchado en discos, antes, y honestamente no me había movido mucho, pero cuando los vi en vivo, me volví loco, me pareció extraordinario, quedé conmovido. Recuerdo que tenía encima un cassette de música que había grabado en mi habitación, en la casa de mis viejos (tenía apenas 20 años), con un par de grabadores con los que iba registrando múltiples voces e instrumentos, y lo fui a saludar a Pat después de su show y le regalé la cinta, a modo de retribución por lo emocionante de su actuación. Un año más tarde me contactó Pablo Aslan, un brillante contrabajista y compositor argentino que vive en Estados Unidos hace muchos años, que me dijo “lo fui a ver a Pat a San Francisco, y cuando le dije que era argentino me contó que te había conocido y que lo había impresionado la cinta que le diste. Me dio esta hoja llena de teléfonos y direcciones para que lo contactes”. Entonces lo llamé, y me preguntó si tenía pensado ir en algún momento a Estados Unidos. Le dije que sí, que quería ir a estudiar a Berklee”, a lo que contestó ofreciéndome ver algún ensayo de su grupo, ya que ellos estaban basados en esa ciudad, y que podríamos tocar un rato juntos. Y así fue, me fui a estudiar, lo llamé, me pasó a buscar y fuimos a un ensayo, me presentó a toda la banda (divinos todos) vi un ensayo, y estaba como un nene en Disney. ¡Imaginate!

¿Cuánto tiempo tocaste con Pat?

Cuando terminé mi segundo semestre en Berklee, los invité a Pat, a su pianista Lyle Mays y a su baterista Dan Gottlieb a grabar un par de canciones para incluir en mi segundo disco solista. Aceptaron de buen gusto, y la sesión fluyó muy placentera y espontáneamente. En aquel momento el percusionista Naná Vasconcelos se estaba yendo del grupo de Pat (participaba como artista invitado) y entonces Metheny me preguntó si yo tocaba percusión, a lo que respondí que no, pero que había estudiado batería a los 16 años, que gracias a eso tenía nociones técnicas y le hice un chiste “si me invitás a tocar a tu banda, me animo a tocar hasta el timbre”. Yo pensé que la cosa no pasaba de la broma, pero al día siguiente me volví, feliz, con las cintas a Buenos Aires (todavía vivía con mis padres), me despertó mi vieja y me dijo “está Pat en el teléfono”. “¿Te acordás lo que te pregunté en el estudio, si tocabas percusión? La invitación a tocar en mi grupo va en serio. Vos ya conocés la música, ¿tenés también los discos? Conseguite los instrumentos de percusión, sacá las partes de Naná, practicá una semana y te vuelvo a llamar para audicionarte”, dijo él. Yo había grabado su concierto en Boston de aquel año semi-legalmente (sin ninguna intención de lucro, por supuesto) en un grabadorcito portátil que tenía, y la anécdota graciosa es que cuando me vio en la platea el coordinador de producción de ellos, me retó diciendo “no se puede grabar el concierto, señor, es ilegal”, sin saber que meses más tarde yo iba a ser parte del grupo. Eso se lo conté a Pat cuando grabamos los temas míos y se murió de risa, por eso cuando hablamos por teléfono me dijo, “vos ya tenés la música”, bromeando con la idea de que yo la había “pirateado”. Entonces contacté a Rubén Rada, Egle Martin (que tocaba el berimbau, un instrumento bahiano de percusión) y a David Lebon, que toca congas, y les dije “pásenme los piques”, y lo lindo y divertido es que a Egle le había enseñado el propio Naná, que era un tipo de una generosidad fuera de serie. Él tuvo un gesto maravilloso conmigo. Pensá que yo era el tipo que lo iba a reemplazar en el grupo... No recuerdo de qué manera lo contacté. Él estaba viviendo en Nueva York y lo fui a ver. Me contó montones de anécdotas del grupo, cómo era la atmósfera de trabajo, me puso en órbita, digamos. Y me construyó con sus propias manos unos instrumentos que eran su sello personal. Eran unas cuentas metálicas de la India que él ataba con cordones de zapatos, hacía unos manojos y los sacudía. Eran unas sonajas que tenían un sonido muy particular. Me enseñó todos sus trucos, me construyó los instrumentos con sus manos. Dijo “vení, acompañame, vamos a comprar a un lugar que trae cosas de la India, ahí las podemos conseguir”. Entonces va, pide las cuentas, 30 chicas y 30 grandes, para tener dos sonoridades distintas, y lo más gracioso es que después fuimos a un Walmart a buscar con qué atarlas. Yo tenía el pelo largo hasta la espalda y Naná era todo un personaje, con rastas y ropa exótica. Naná le pidió a la vendedora 200 pares de cordones de zapatos y la piba miró con cara de “fui, me chorearon, me están boludeando para robarme!”. Cuando la vi aterrorizada le dije “es para construir unos instrumentos musicales” con lo que su cara de desconcierto fue mucho peor. Ese recuerdo de Naná es imborrable. Se pasó toda una tarde anudando cuenta por cuenta en los cordones de zapatos y después forrándolos con cinta, armándome las sonajas, y yo me fui con los instrumentos construidos por él, como si los hubiera hecho para él mismo. Un verdadero campeón.

¿Cuántos años te quedaste en el grupo de Pat?

A lo largo de 10 años estuve siete en el grupo, en dos períodos. Me fui a fines de 1985, estuve tres años fuera y volví otros tres, de 1989 a 1992. En el ‘85 decidí que no quería seguir viviendo en Estado Unidos. En ese momento hicimos el disco “Tango” a dúo con Charly. Estábamos los dos muy atribulados, Charly se había peleado con el director de la compañía discográfica que sacaba sus discos y se había ido a Nueva York a despejar un poco la cabeza; yo me había ido del grupo de Pat y no sabía muy bien cuál era mi futuro ni qué quería hacer, entonces me vino a visitar a mi departamento y me dijo “¿hacemos un disco?” A lo que contesté “dale, ¿tenés músicas?”; “sí, tengo dos o tres ideas”, “bueno, yo también, completémoslas y vamos para adelante”. Entonces hablamos con Joe Blaney, ingeniero de grabación con el que habíamos trabajado hacía un tiempo, y él nos consiguió un estudio. En una semana hicimos un disco de seis temas, un mini LP. Fue una linda experiencia que consolidó nuestro vínculo musical, que siempre tuvo esa dinámica de hermano mayor-hermano menor, de mucha admiración y respeto mutuos. Así fue que terminamos ese disco, dejé mi departamento de Nueva York, me volví a Buenos Aires y me quedé hasta el ‘89. En esos años me volvió a convocar Pat un par de veces. La primera le dije que no, la segunda, acepté y estuve tres años más en su grupo. Y en el año ‘93 dije ya está, listo, no toco más en ningún grupo, quiero hacer mi propia cosa. Y desde entonces (este año se cumplen 30) hago mi propia música.

Tu disco Ahora lo compusiste acá de un saque, y el que estás presentando, “El mundo no se hizo en dos días”…

Desde “Ahora”, que salió en 2012, pero se compuso en 2011, hasta este nuevo, compuse y escribí un montonazo acá. El otro día estaba pensando que no hay ningún proyecto de los que hice desde 2011 hasta ahora que no tenga cosas escritas en Mar de las Pampas. En muchos casos, la mayor parte.

Hablame un poco de Juan, de Juan Forn por supuesto.

Nos cruzamos hace más de treinta años, cuando Juan era el gerente editorial de Planeta; y en ese entonces no trabamos una relación de amistad. Yo edité mi primer libro de poemas, “Pruebas de fuego” en Planeta, con él, en 1992. Y después nos vimos poco, en alguna muestra o presentación, pero no éramos amigos. El reinicio de la relación fue a través de Dani Pittella, que me contó que Juan se había mudado a Mar de las Pampas. Yo sabía que él estaba en Villa Gesell hacía años, pero no que éramos vecinos. Entonces le pedí que arme una cena y así nos encontramos dos o tres veces con Juan en Amorinda. Después nos vimos un par de veces más, fui a su casa a tomar el té, él vino a la mía el domingo anterior a su fallecimiento. Y se estaba forjando una linda amistad. Su partida fue un duro golpe.


Después de recordar aquel lejano encuentro entre Pedro y Jotaefe, a propósito de la poesía, quedamos en que me iba a mandar unos poemas compuestos en Mar de las Pampas. Uno de ellos (Noche entre los pinos) dedicado al padre y otro, Panteras de polvo, que capta el espíritu de estas playas. Precisamente con este poema queremos cerrar esta charla, este repaso desde el pasado adolescente hasta el presente maduro y vital, de uno de los músicos más importantes que ha dado la Argentina y que encuentra su lugar en el mundo en Mar de las Pampas.

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