• Juan Pablo Trombetta

Chau Jotaefe

Actualizado: 21 jul 2021



¿Cómo carajo empiezo? ¿De dónde saco el coraje para escribir se murió Juan Forn, si todavía están acá los restos de la picada que trajo hace 24 horas? Si todavía abro la heladera y está la torta con mucho dulce de leche que tanto le gustaba. ¿Cómo carajo empiezo si no lo tengo a mano para romperle las pelotas y que me aconseje qué título poner? “Qué cagada esto de las necrológicas”, me hubiera dicho. Y seguro al final de la nota me marcaría un exceso de adjetivos y muchas exageraciones. Pero ahora me las tendré que arreglar solo. El mejor narrador argentino de su generación. El disruptivo. El que cumplió magistralmente la faceta de escritor y también la de editor. El que inventó Radar, el que catapultó a una enorme cantidad de escritores jóvenes. El distinto, el del lenguaje llano, sin rebusques ni alardes. El que también inventó todo un género: el de sus contratapas, tan diferente a todo como genial e irrepetible. Y acá hago el alto. Empiezo a soltar al escritor consagrado para hablar del amigo/hermano. Y justamente desde que empezó con las contratapas. Corría febrero de 2008. Por supuesto yo sabía quién era Juan Forn y que vivía desde 2001 en Gesell. Pero nunca lo había visto ni hablado con él. Eso sí, lo admiraba. Un día sonó el teléfono en casa. Una voz grave del otro lado de la línea me dijo: “Soy Juan Forn”. Y pasó a contarme que planeaba dar unas charlas gratuitas en la Biblioteca Rafael Obligado los lunes a las siete de la tarde y que pensó en El Chasqui para difundir la gacetilla. Por supuesto eso hicimos y me convertí en uno de los infaltables. Entonces supimos, como él mismo lo contó muchas veces, que usaba las charlas para pulir la contratapa que entregaría el miércoles a la noche. Con un pizarrón y todo su fervor sumado a las incansables lecturas de una vida entera, nos hacía viajar por mundos para nosotros desconocidos y maravillosos, tal como conquistó después a miles y miles de lectores adictos. Partía de hechos reales para después perderse en su propia inspiración y crear esas joyas que tanto vamos a extrañar pero que, al menos, quedarán plasmadas para siempre, para que nos siga hablando, a veces susurrando al oído, esas historias fantásticas que sólo pueden llevar su firma, porque son inimitables. La cosa es que cinco o seis de los que asistíamos a esas charlas empezamos a ir a comer pizza después de cada una de ellas. Todos los lunes durante tres años. Ahí se inició la amistad. Y a fines de 2010 empezó a ser parte de la familia cuando pasó toda aquella temporada de verano en nuestra casa. Entonces él, sensibilidad pura, bondad sin límites, le dio forma a su relación amorosa con cada uno de nosotros: con Gloria y con Josefina, con Sofía y con Juan Martín. A unos con libros y fútbol, a otros con cine y música, y política, historia, anécdotas que podía contar de mil maneras distintas, guionándolas hasta ya no recordar realmente cómo habían sido, así son los grandes escritores… Así entonces en poco tiempo fue uno más, en todas: fiestas de fin de año, cumpleaños, fin de colegio y de facultad, bajones varios pero también en la diaria, en lo cotidiano, en juntarnos a ver partidos de la selección o finales de tenis o algún Boca River aunque él fuera del Rojo (“si me dejan verlo con ustedes juro que hincho por Boca”) en no pasar más de dos o tres días sin que viniera a casa a comer o a tomar el té con Gloria mientras comentaban cuál era el más rico y, por supuesto, con tetera, nada de saquitos… Podría contar un sinfín de anécdotas, pero las voy a sintetizar en la última, tan simple como descriptiva. Ayer, mientras armábamos la mesa afuera por el covid, faltaban platos y él los fue a buscar. Unos de los de “ocasiones especiales”, con su peculiar torpeza manual (otra cosa que nos unía) al primer movimiento para distribuirlos rompió uno; como un chico, me pidió: -Decile a Gloria que fuiste vos. -Sos boludo, a vos no te va a decir nada y a mí me va a putear… Por supuesto todos nos reímos. Ahí anda al plato todavía, partido al medio. Como nuestras vidas.

Juan Pablo Trombetta

(Nota: esta foto fue tomada por Alejandra López hacia marzo de 2011, durante una sesión en el jardín de nuestra casa)

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