• Juan Pablo Trombetta

Criptobot. Por Nico Sujo

Hace cosa de un año mi papá y yo estábamos sentados en la mesa del living de su casa, después de un almuerzo familiar dominguero. Me estaba comentando que él tenía un amigo que negociaba con criptomonedas, pero no de forma manual, sino que había hecho un bot, un programa de computadora, que intercambiaba las monedas de forma automática las veinticuatro horas del día, todos los días. Este bot, me dijo, tiene algunas reglas para saber si hace o no el intercambio a cada rato. Mi viejo me explico que su amigo negocia con estas dos criptomonedas, y tiene tal y cual regla para saber si compra o vende. Pero su amigo no le había contado tan claramente las reglas, y como un lindo teléfono descompuesto, mi papá me compartió a mi lo que él había entendido del escueto relato de su amigo. Mi viejo me preguntó si yo podía hacerlo, porque a él le interesaba hacerlo funcionar.

Ahora bien, la idea era del amigo de mi viejo, no tenía por qué compartirla con nadie. Y la poca información que me llegó, me pareció suficientemente prometedora como para estudiarla. Así que le dije a mi papá que la idea tenía sentido, y que lo iba a pensar. Como soy un científico de profesión y de corazón, agarré mi computadora y descargué de internet los datos de las criptomonedas. Para los interesados, estos datos son los precios de las dos monedas a cada minuto por los últimos cuatro meses. Con eso armé un programa muy simple que tenía las reglas del amigo de mi papá. Este programa simulaba ser un portafolio que podía tener esas monedas, y que las compraba o vendía según si el precio subía o bajaba respecto del día anterior. Muy simple, dentro de todo el universo de lo que se puede hacer con una idea y algunas líneas de código. Básicamente, lo que hacía es decidir en cada minuto si compraba o vendía una moneda en base a los criterios que yo le había dado.

Al principio, cuando corría mi código (cuando lo hacía funcionar) siempre pasaba lo mismo. Mi plata empezaba en uno y se iba lentamente a cero. Probé cambiar un poco las reglas, pero al final siempre perdía toda la plata. La idea tenía sentido, ¿Por qué estaba fracasando? Me quedé pensando un rato y me di cuenta de que me faltaban más reglas para el programa. ¡Claro! El amigo de mi viejo no le había dado toda la información. Sin reproches a nadie, que el tipo no tenía por qué compartir con nadie su descubrimiento. Dejé el experimento por unos días, y lo volví a agarrar un domingo a la tarde que estaba libre. A veces sirve dejar pasar unos días para que aparezcan ideas nuevas, ni idea por qué, pero pasa. Ese domingo se me ocurrió una tercera regla que incorporé rápidamente al código. Con esta nueva idea, al hacer correr mi programa, vi que la plata hipotética explotaba. Empezaba con un dólar, y al día tenía ciento veinte. A los dos días, mil. Al mes tengo mil millones, y a los tres meses un número que ya ni se cómo se llama. Sería la persona más rica del mundo por mucho, mucho margen. Un uno seguido de veintitrés ceros. Algo no cerraba, esto era demasiado bueno para ser verdad. Digo, nadie se hizo la persona más rica del mundo con un bot que comercie con esta estrategia de arbitraje de dinero. Un error sutil, un bug, se debía esconder en algún rincón poco explorado de mi escueto código.

En el proceso de búsqueda del error borré algunas variables que no usaba, y mejoré alguna línea de código que no era tan clara de leer. Pero del problema original no hubo noticias, no vi nada que lo pudiera causar. Tanto es así, que después de un rato largo me cansé y decidí reescribir el código. Pasé de un código lineal a uno orientado a objetos. Esto es una terminología del mundo de la programación, pero la idea es que pasé a programar objetos que tienen propiedades que yo decido. En este caso el objeto moneda, al que le permití ser intercambiado. Cuando lo terminé, luego de establecer las mismas reglas de intercambio de monedas, pasó exactamente lo mismo. Era el tipo más rico de este hipotético mundo de monedas virtuales simuladas. Y no es que no quisiera ser la persona más rica del mundo, podría donar el noventa y nueve por ciento de esa fortuna y acabar con el hambre y la desnutrición científica del mundo. Nadie tendría que sufrir por falta de recursos económicos, al menos por un buen tiempo.

Al mes de buscar el error y no encontrarlo, pensé en probar el código en el mundo real. Conecté mi programa con una Exchange, una aplicación que me permitiera intercambiar criptomonedas. Así vi mi plata crecer, tal como habían predicho mis cuentas. Estaba haciendo mucha plata, toda negra. Nada de esto estaba declarado, y me podía traer problemas. Nunca me dio miedo tener plata negra, cuando estudiaba en la facultad daba clases particulares y ganaba unos pesos que jamás declaré. Pero esto era diferente, esto era muchísimo dinero. Al mes empecé a pensar una forma de blanquearlo. Con la ayuda de un amigo, entré en la internet profunda y di con un grupo de personas que trabajaban en una financiera y se ocupaban de este tipo de acciones. Me ayudaron a tener plata limpia, usable. Le compré un departamento a mis viejos, otro a mi abuelo. Me compré dos casas y doné mucha guita. Use un pseudónimo para todo, me daba miedo que supieran quién era. No solo el gobierno, pero algún particular interesado en mi plata. Me fui alejando gradualmente de mis amigos, de mi familia, de mi novia. Medio año atrás hablábamos de casarnos, pero ahora ella claramente solo quería sacarme la mitad de mi fortuna. Me mudé a Uruguay con un pasaporte falso, y al poco tiempo a Brasil. Me compré una estancia cerca de Río de Janeiro y planifiqué un futuro distinto al que mi cabeza de clase media había llegado a fantasear. Me metí en política, con otro pasaporte falso. Quería comprar mi seguridad, así que invertí en los dos partidos principales. Me relacioné con cada candidato con un nombre diferente y cuando ganó el de derecha, le mandé mis felicitaciones. Daba igual quién ganara, todo lo que quería era que me dejaran en paz.

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