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Decime lo que escuchás y te diré quién sos. Por Adriana Franco

“Escuchábamos un disco y al toque decíamos: eso está mal; eso es falso; eso es de verdad. O era una mierda o no era una mierda, sin importar de qué clase de música estuviéramos hablando. Era una línea muy precisa”. Las palabras son de Keith Richards, el más stone de los Stones, evocando en su libro “Vida” sus años de formación, cuando descubría la música junto a sus compañeros de escuela, aún antes de armar la banda definitiva. Una verdadera educación sentimental que todos los apasionados de la música hemos vivido y que de las canciones se extendía a la vida, con líneas precisas que lo demarcaban todo.

En los comienzos del rock local también las líneas cruzaban sonidos y actitudes, amores y amistades. Música complaciente versus música progresiva; música comercial versus música para escuchar; rockeros versus bolicheros. Claro que tanto demarcaban que la división pronto viraba hacia el prejuicio y así fue como algunos nos privamos durante años de escuchar algunas cosas que después descubrimos geniales, del jazz a la música clásica pasando por el tango y el folclore.

La búsqueda de la autenticidad ha sido por décadas el norte, el faro del rock en una lucha siempre despareja con la maquinaria ambiciosa del capitalismo, en este caso representado por la industria discográfica. Auténtico como sinónimo de real, como aquello que no está hecho con otro fin que el de la expresión artística, la búsqueda de lo bello propulsada por la inspiración, muy lejos de la intención mercantilista.

En esa batalla desigual muchos han sido tentados por ese lado oscuro de la fuerza, al decir de los puristas. Es el gran truco, la precisa estrategia del mercado: traer de nuevo al ruedo lo que empezó siendo ruptura, hacer “monetizable” lo que intentó hacer estallarlo todo. Pero la resistencia se mantuvo: así surgió en los años setenta el punk rock, con su vuelta a los orígenes, al que cualquiera puede hacerlo, como respuesta a los grandes espectáculos de un rock cada vez más elaborado. Unos años después Nirvana volvió a encarnar esa búsqueda de autenticidad y de ruptura. Ser perdedores, hermosos y desaliñados perdedores, fue la respuesta. Una extendida postura que va del Loser de Beck, a los corazones solitarios de esa banda imaginaria que crearon los Beatles para escapar a presiones y liderazgos, para ser otros que aquellos en los que habían sido convertidos. De la aceptación de que no podés conseguir siempre lo que deseas al no sé lo que quiero pero lo quiero ya. O Spinetta rompiendo lanzas contra la industria discográfica una y otra vez (aquel manifiesto clave que definió al rock como “música dura, la suicidada por la sociedad”, hasta su apartamiento por un tiempo de las grabadoras ya en los 90). Todos caminando por la calle de la desolación.

Venderse fue durante años el peor de los insultos. Porque las líneas que dividen también sirven para pensar qué mundo quiero habitar, y cómo lo que pienso se traduce en lo que hacemos de nuestras vidas y de lo que nos rodea.

Quizás ahora las líneas estén menos definidas, o tal vez simplemente se habla menos de ellas. Aquella autenticidad punkie parece haberse convertido en una estética retro más que en una fuerza movilizadora. Contar los likes y las vistas está en la vereda opuesta a aquella suerte de incómoda vergüenza que producía el repentino éxito que podía rápidamente leerse como el claro indicio de que un músico o una banda se había vendido al “sistema”.

Sin embargo, saber qué escucho y por qué lo escucho sigue siendo una manera de plantarse ante el mundo. Las canciones pueden abrir nuevas formas de pensar y sentir o pueden perpetuar los estereotipos. Porque las canciones hechas con fórmulas (aquellas pensadas con el objetivo de la venta, con un equipo de productores tratando de detectar lo que va a funcionar) no son inocentes, como no lo son ni la publicidad ni las noticias hechas para conseguir clics. Instalan pensamientos o, más simplemente, nos hacen girar siempre en el mismo círculo de ideas y sensaciones.

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