• Juan Pablo Trombetta

Dos kilos de limón. Por Jotapé (Juan Pablo Trombetta)

Pasaron diez días. Ya escribieron todos. Tengo que cerrar. En estos días acumulé notas en hojas de cuaderno en absoluto desorden. Un caos de apuntes, anécdotas que no quiero olvidar, palabras o expresiones típicas tuyas: sospecho, funciona, al instante, sin parar, ejpectacular, (así, con j y abriendo muy grandes los ojos), demencial, ¿te da para…? ¿te divierte si...? Pero como son hojas y más hojas de cuaderno repletas de una letra ininteligible, triste y urgente, más un pedazo de cartón mojado que agarré en el auto cuando ya no tenía papel, decidí no darle bola al machete y seguir el impulso de ahora, miércoles 30 de junio de 2021, a las 15:28. ¡Ah! ¡Ya sé! Te vas a enojar por las cursilerías de la nota de tapa, esa que publiqué en el face a las 24 horas y repito acá. Me vas a decir que arruiné el final. Que después de escribir «Ahí anda el plato todavía, partido al medio», no tenía que agregar «Como nuestras vidas». Me dirías que es obvio, lugar común, que hacerlo explícito le quita fuerza. ¿Pero sabés qué? Lo dejo igual. Porque no alcanzaba y no alcanza. Nada alcanza. Ni hacer catarsis escribiendo ni pensar la boludez esa de que el tiempo todo lo cura. No quiero caer en el bajón, me putearías. Mejor te hago reír un poco con esas anécdotas que tanto te divertían. Hoy en el almuerzo los chicos recordaban cómo perseguías a cada «nuevo» que se presentara con alguno de mis despistes; desde luego le agregabas los condimentos que te dieran las ganas, lo que lo hacía muchísimo más entretenido. Y lo actuabas. Como cuando jugábamos a algo parecido a dígalo con mímica y no parabas de reirte desde que sacabas el papel. Corrijo algo que te dije al principio, eso de «ya escribieron todos». Gloria no va a escribir. Lo de ella es hacer más que decir. Eso sí, están jugando Wimbledon y no puede ver los partidos con vos ni comentarlos por whatsapp. Cada vez que venías a comer (por alguna reunión o a cada rato, porque sí, siempre) lo primero que hacía era abrir la heladera y mostrarte el postre. Bien empalagoso y en lo posible con muuuuucho dulce de leche. Entonces vos decías, más bien reclamabas: «che, ¿por qué no empezamos a comer así llegamos rápido al postre?». Y si había helado nos peleábamos para que yo no agarrara el pote. Y como las infinitas anécdotas y tus miles de «mundos JotaEfe» tendrán que quedar para un libro porque estas páginas nunca podrían ser suficientes para contenerlas, me remito a dos anécdotas. La primera puedo muy bien titularla «Helado de limón». íbamos en tu auto de Gesell a Mar Azul a una de esas reuniones con los muchachos. Tu pandilla, como te encantaba decir. Seríamos por lo menos diez o doce. Te encargaron el postre. Decidiste helado. Me pareció perfecto. Debatimos los gustos pero al parar frente a la heladería anunciaste muy serio: «Compro dos kilos de limón». Pensé que era una joda. Volviste con tu sonrisa a cuestas y los dos potes. «¿Qué trajiste?» «Te dije que limón» «¿Los dos kilos?» «Claro» «Pero a muchos no les gusta el helado de limón» «Y por eso». Al final de la noche terminamos con un pote cada uno devorándonos el helado de limón. Por supuesto te reías con esa inimputable y sonora risa de chico que acaba de hacer una picardía.

La otra anécdota que quiero contar es, por lejos, la que más te divertía entre las muchas con las que solías cargarme con la complicidad de Gloria y los chicos. Y por supuesto con la mía, porque sabías que a mí me divertía verte contando, exagerando, actuando. La contaste decenas de veces y todas llorabas de risa. Hacía poco que estabas instalado en casa. Ya te habías metido a todos en el bolsillo pero todavía era ese período donde las cuestiones domésticas pueden sorprender al novel conviviente. De pronto me agarró una rabieta y Gloria y los chicos se subieron al auto y huyeron a Gesell, dejándote a vos a cargo de mis protestas. En tu relato ellos se iban silenciosos ocultando la risa por mis broncas predecibles, tan explosivas como fugaces, y vos no sabías qué hacer, te habían dejado solo y nunca me habías visto así. Y ahora necesito parafrasearte, contar como contaste vos una y mil veces entrecortado por las carcajadas: entonces para calmarlo le empecé a hablar de libros, le ponderé el último Chasqui, le dije que su contratapa estaba buenísima… y en cuanto me distraje un segundo lo veo en la cocina, en cuatro patas… yo no entendía qué estaba haciendo. Me acerqué y vi que había un montón de granos de arroz por el piso y el tipo los estaba juntando uno por uno. Le pregunté qué hacía y él me contestó con total seriedad: «boludo, me interrumpiste, ¿no ves que estoy contando los granos» y en el acto los volvió a tirar y empezó a contar de nuevo: uno, dos, tres... A los cinco minutos estaba como si nada hubiera pasado...yo no lo podía creer. Ese día entendí toda la dinámica de la casa Trombetta.

Mucho no puedo seguir porque me voy a poner otra vez cursi, llorón y melancólico cuando comprenda que no nos vamos a despanzurrar más de risa mientras le preguntás al nuevo apenas entra: «¿sabés la del arroz?». Pero no te aflijas, no te voy a hacer la turrada de dejar de contarla y la recordaré por vos. Desde ya sin tu gracia. Y mientras tanto buscaremos abrigo en tu último libro: Yo recordaré por ustedes. Chau Jotaefe.

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