• Juan Pablo Trombetta

El arma del crimen. Por Matías Comicciolli

Leí por ahí, no recuerdo ahora dónde, que “el ser humano mata siempre lo que ama”. Inmediatamente me puse a pensar en mis sueños recurrentes.

Tengo varios, como ese en el que me doy cuenta que no terminé el secundario o que me faltan rendir materias odiosas como matemática o contabilidad, o aquel otro en que, sin ningún motivo, se me empiezan a caer los dientes. Pero pensé puntualmente en los sueños en que mato a Laura.

No los sueño después de una discusión fuerte o cuando por algún motivo nos encontramos distanciadas. En ese caso habría un punto de anclaje para justificar el por qué del sueño. El inconsciente estaría hablando de alguna manera, canalizando mi encono hacia la otra persona, a pesar de estar segura que nunca llegaría a matar a nadie.

Lo curioso, como decía, es que tengo este tipo de trastorno onírico después de coger.

Sí, es así. Después que terminamos con el acto sexual, que con los años se volvió algo coreográfico e insustancial, nos damos vuelta, cada una para su lado de la cama, con el fin de alcanzar el descanso.

Todo comienza bien, con la suavidad de la fría almohada contra la cara, el cuerpo agradablemente distendido después de acabar y ese suavemente intenso olor a sexo flotando en el aire.

Llega el sueño finalmente. Lo curioso es que al escribir lo que me pasa, lo primero que se piensa es que con una furia irrefrenable arremeto contra el cuerpo de Laura para quitarle la vida, así sea con un arma blanca, una pistola o arrojándola por el balcón.

Pero no, la cosa es más sutil, más literaria si se quiere: la asesino con palabras.

En uno de los últimos sueños, nos sentamos muy tranquilas a tomar el desayuno en la terraza. El aire es cálido y el cielo claro como las mañanas despejadas de abril. Laura llega con la bandeja, el termo y el mate. Yo ya estoy sentada y por la transparencia del ambiente y el olor desubicado a protector solar, advierto que estoy soñando.

También leí una vez, creo que de parte de Edgar Allan Poe, que “el que sueña que está soñando, está próximo a despertar”. Ojalá fuera cierto, así me eximiría de la culpa de ser una femicida onírica.

Nos ponemos a tomar esos mates calientes y amargos que prepara Laura, esos que te hacen entornar los ojos con la llegada del agua a la punta de la lengua. Los disfrutamos. Le devuelvo el mate y disparo: “nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los otros”. Ah, sí!!! Mis palabras, en los sueños no me pertenecen, siempre son frases que marco en libros que leí o estoy leyendo.

En otro sueño, que se desarrollaba en las profundidades de la estación de subte Leandro N. Alem, la ejecuté cuando le dije: “estamos sobre la ruina de todo el resto, para llevar sin doblegarse, en su gota impalpable, el edificio inmenso del recuerdo”.

Ella escucha lo que digo sabiendo que en unos segundos se desplomará inerte sobre el suelo o perecerá en mis brazos. Como que ambas sabemos lo que va a pasar, pero es imposible detener la marcha del relato y el sueño.

No despierto agitada ni nada por el estilo, debe ser porque ya sabía que estaba soñando y que el final sería la muerte de Laura.

Igualmente la busco en la oscuridad de la noche y la encuentro dormida al lado mío. Pongo suavemente mi mano en su pecho para no despertarla y corroboro que esté respirando con normalidad.

En la mañana no le cuento lo que soñé ya que una vez leí que al hacerlo, lo sucedido puede transformarse en realidad.

Solo voy y busco los libros donde marco las frases que reproduzco en los sueños, arranco la hoja y espero a estar sola para quemarla en el bidet del baño, matando de alguna manera a esa literatura asesina y trato de convencerme de la idea inverosímil de olvidar para siempre el arma del crimen con el que mato a Laura.




6 visualizaciones0 comentarios