• Juan Pablo Trombetta

El arte en el infierno. Por Federico Navascues

La Constitución Nacional y tratados internacionales con igual jerarquía establecen que la prisión debe tener como finalidad resocializar, reeducar, reencausar la vida de una persona que comete un delito. Abrumadora evidencia empírica cuestiona como mínimo que la cárcel logre estos fines. En más, concluye que si bien cumple funciones que la siguen legitimando y posicionando al interior de nuestra idiosincrasia como un medio «necesario» para el control social, produce dolor, privaciones y destruye personalidades y lazos sociales afectando severamente a quienes transitan por sus oscuros pabellones. Afirmaba Donald Clemmer que la violencia, el hacinamiento y la privación constante (no solo de la libertad) tienen altísimos costos para el cuerpo y la psiquis de una persona.

Es cierto, también, que al interior de estos complejos tienen lugar muchas experiencias que quizás puedan neutralizar un poco estos efectos negativos del encierro, entre ellos, los denominados dolores del encarcelamiento. Estas actividades o lunas de libertad, más allá de la racionalidad que las motive (garantizar el goce de derechos o gobernar la población carcelaria a partir de un régimen de premios y castigos), tienden a construir y no a destruir subjetividades. Así, el deporte, la educación, el arte y, dentro suyo, la literatura, son herramientas muy valiosas en tiempos difíciles; dolorosos. Es que permiten que una persona privada de la libertad no se perciba simplemente como un «preso» sino como un futbolista, un escritor, un estudiante o un pintor.

El arte libera, enriquece, enseña y construye. Es tan potente que puede liberar la mente de las más brutales cadenas; gambetear las horas y los días interminables. Juan Pablo Parchuc afirma que se comienza a escribir en la cárcel para evitar el vacío. Sostiene que «una pared sin nada es como un lago muerto o una mariposa albina». Así, los distintos talleres literarios que funcionan en los complejos carcelarios pulverizan los barrotes y muros emancipando e igualando a los participantes, devolviéndoles aún por un lapso la dignidad y humanidad que el estigma del castigo y del delito marchitó. La sociedad suele considerar al prisionero como un otro distinto y ajeno, alguien oscuro y peligroso; prácticamente un «outsiders», como afirmaba Howard Becker.

Yace allí la importancia de que estos ámbitos y momentos tengan un verdadero lugar en las vetustas y superpobladas unidades penitenciarias, centinelas propios de otras épocas, resabios de insensibilidades pasadas que perduran en nuestros tiempos, prueba cabal de la imposibilidad o falta de voluntad del ser humano de encontrar otra solución a los conflictos distinta a la violencia. Tal vez, simplemente, anacronismos propios de aquel momento en que nació la sociedad industrial y el capitalismo y la clase dominante necesito transformar a campesinos en obreros. Michel Foucault, George Rusche, Dario Melossi y Mássimo Pavarini nos han reconstruido esta historia, cada uno con sus bemoles y desde sus perspectivas.

No creo, como lo mencioné, que la prisión pueda resocializar a una persona. Tampoco que todas las personas tienen las mismas posibilidades de ir a prisión. Entonces, si el infierno es selectivo y aún debemos tolerarlo, es de gran importancia que existan momentos de resistencia, de construcción, de sueños y proyectos. La literatura es esa fuerza creadora amalgama de oportunidades, esa cascada que permite que los «nadies» encerrados y vilipendiados puedan contar su historia, puedan ser escuchados. Todos tenemos algo que aprender y algo que enseñar, las voces deben ser escuchadas, vengan desde donde vengan. No cualquiera puede ser un gran escritor, pero un gran escritor puede provenir de cualquier lugar.


Chinua Achebe sostenía que «El arte es el esfuerzo del ser humano por crearse una realidad diferente a la que se le viene dada». Vale la pena generar las condiciones de posibilidad para dicho esfuerzo, pues ser un artista solo requiere sentirse artista y no hay musa más inspiradora que el dolor; el arte es arte porque duele.


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