• Juan Pablo Trombetta

EL HECHO por Oscar Rescia

En el año 1965, y este es el motivo de mi nota, el 20 de abril, fallece el diputado Alfredo Palacios, por quien sentía mucha admiración y cariño de adolescente. Habían decidido velarlo en el Congreso. Hice la cola durante varias horas pero las puertas se cerraron cuando aun no había entrado. Resultado: no podría darle el último adiós al maestro. Ya estaba anocheciendo y el clima no resultaba agradable. Comenzamos con algunos compañeros a acercarnos a las pesadas puertas del Congreso y a intentar empujar para abrirlas. Era imposible. En determinada circunstancias quedo yo en primera línea junto a la puerta cerrada. Seguimos empujando y quiso la suerte, o no, generar una pequeña brecha y decido a poner el pie para impedir que desde adentro nos puedan cerrar la puerta a los que quedábamos afuera. Luego empujamos un poco más y finalmente logro meter mi pierna y me mando para adentro. Ahora, desde adentro, debía seguir intentando abrir del todo la puerta, para no quedar aislado. Si mis compañeros no entraban, yo quedaría solo entre seis o siete gorilas enormes que estaban custodiando esta entrada. No tuve suerte. Estos gorilas habían logrado cerrar la puerta. Yo quedé adentro y solo. Los que me conocen, saben que mi físico no está para grandes derroches. Y de eso tomaron nota estos gorilas. Para los que conocen la zona, entré por Callao. Callao entre Rivadavia e Hipólito Yrigoyen. Bueno, como les comentaba, estos policías de civil, grandes, enormes, me ven solo y aunque me vieran acompañado era lo mismo. Uno solo, sí, uno solo alcanzó para tomarme con una mano del cuello del saco —en ese entonces se usaba siempre el saco— y con la otra del forro del pantalón. Y sin darse cuenta en cómo me estaba humillando, me levantó en el aire. Giró tan solo noventa grados. Caminó cuarenta o cincuenta pasos por el interior del Congreso. Yo con los pies en el aire y pataleando. Él sin agitarse y con toda calma llega a la puerta de la calle Hipólito Yrigoyen. Y le pide a los custodios que abran la puerta. La puerta se abre. Yo seguía con los pies en el aire. Y sin siquiera agitarse un poco, tomó impulso y me arrojó por el aire a la vereda. Por suerte salvé el honor. Caí parado como un gato. Pero por la calle Yrigoyen. Digamos que recorrí el Congreso por dentro pero no lo pude pisar.


Pero vaya, para quien fue un faro en esa lucha de juventudes, mi austero y pequeño homenaje, por haberme recibido en su casa, al maestro, un poco gorila, Alfredo Palacios.





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