• Juan Pablo Trombetta

El Juan que conocí antes de ser Viernes. Por Antonio Trombetta

No fue tanto el llanto lo que me golpeó sino esa voz grave que fundía congoja con incredulidad. Era el día del padre y uno no espera por cierto llamados como ése. Se murió Juan Forn, me dice mi hermano Juan Pablo. A pesar de lo escueto del mensaje, era claro que no describía un hecho. Comprendí que se trataba para él de una tragedia, de esas que provocan un terremoto emocional.


Como todo drama, encuentra sus raíces en hechos casuales, dispersos, carentes a priori de rasgos que permitan siquiera imaginar lo que podría ocurrir. Y paradójicamente, es la propia ausencia de elementos anticipatorios lo que hace respetar a la fuerza del azar, del destino, de los misterios de la vida y que ayudan a entender la enorme dimensión de lo que la muerte de Juan significa para mi hermano, su mujer Gloria y sus hijos Sofía, Juan Martín y Josefina.


Me remonto casi 40 años. Mónica, mi mujer, comienza a trabajar en la editorial Emecé como correctora y traductora. Frente a su escritorio se encuentra Juan, veinteañero, inteligente, en ocasiones irreverente con el que simpatiza de entrada. Juan, mocoso como era, también supervisaba traducciones, las corregía y tenía a su cargo la nada sencilla tarea de tratar -en ocasiones, lidiar- con buena parte de los escritores argentinos que publicaba con regularidad digna de mención la editorial.


Durante el tiempo en que Mónica trabajó allí, el mapa de las personalidades que la rodeaban se fue conformando de manera natural, sin propósito de elaborarlo. Es así que con piezas pequeñas, casi como los mosaicos bizantinos, me fui haciendo una idea de cómo era Juan, de sus preocupaciones e inquietudes literarias, de las conversaciones en que se entreveraban con mi mujer y con esa fuente inagotable de conocimiento que era Eduardo García Belsunce sobre personajes de novelas mezclados con referencias precisas a la geografía o la historia y a la admiración o desdén que merecía tal o cual escritor.


Yo me fui empapando de esas discusiones cotidianas que despertaban, sin buscarlo, mi curiosidad. Así, por ejemplo, empecé a leer autores para mí desconocidos y disfrutaba de esa especie de guía literaria gratuita y a domicilio que Mónica y Juan me procuraban. Muchas de esas lecturas son ahora recuerdos nebulosos pero tengo perfectamente presente el caso de un escritor argentino al que Juan respetaba mucho y que a mí no me impresionó en absoluto. Es más, hasta me disgustó el libro que me había recomendado, probablemente más como gesto infantil de independencia hacia quien ya dejaba entrever su original personalidad literaria. Humildemente admito que con el tiempo le agradecí a Juan -sin que él jamás lo supiera- por abrirme las páginas a una obra valiosa y que me era desconocida.


Pero además de sus condiciones literarias, Juan tenía otras facetas que me causaban gracia y simpatía crecientes. No sería correcto decir que era un reo en sentido porteño del término pero sí que tenía la picardía sana de quien mira con lucidez la gente y termina congeniando con todos. Recuerdo muy bien lo que me divertía enterarme de sus cualidades de encantador de serpientes que sólo él podía ejercer en la editorial con una escritora de peso ya mayor, de carácter siempre tormentoso, difícil y de la que quien por ahí anduviera escapaba como de mandinga. Él sabía manejar los berrinches y juramentos de ruptura definitiva inventándose vaya uno a saber cómo un elogio, un encuentro, un almuerzo que devolvía la paz y la serenidad de los responsables comerciales de la editorial, al menos hasta el siguiente estallido.


Esos años en Emecé coincidían con momentos especialmente intensos en la Argentina. Nada novedoso por cierto porque nuestro querido país nos somete a acontecimientos, torbellinos y pasiones sin descanso aunque ese tiempo fue una bisagra como pocas en nuestra historia. Veníamos de padecer y llorado la derrota en Malvinas -herida profunda, nunca cerrada para nuestra generación- y la consecuente toma de conciencia de la magnitud del descenso a los infiernos en que nos había embarcado la más cruel de las dictaduras. Y como un dolor que se convierte en aspiración, en decisión, en destino imparable, reapareció con fuerza la voluntad colectiva de romper con un pasado violento, inaceptable y aberrante


No recuerdo ahora, y me apena mucho, haber mantenido largas conversaciones con Juan en medio de tanta efervecencia. Pero sí tengo la imagen de un casi adolescente -le llevaba seis años a Juan, por lo que me sentía mucho más maduro que él en materia política (algo así como un arrogante «vení pibe, te voy a explicar cómo es la cosa»)- y a quién podía guiarlo en entender lo que estaba ocurriendo en el país.


En mi memoria, esa suerte de autoproclamada tutoría la ejercí con mayor claridad el día que fuimos Juan, Mónica y Flora a la manifestación del cierre de campaña de Alfonsín en el Obelisco. Reconstruyo imágenes de lo que viví en ese entonces acompañado de un muchacho con esa cara fresca y sonriente de buen tipo que tenía. Me llamó la atención el interés y curiosidad con que miraba todo a su alrededor; absorbía hasta lo que yo no veía. Parecía divertido y entusiasmado aunque con una mesura que deja ver la conciencia de quien quiere registrar -editor al fin- todo lo que ocurre . El acto no daba para grandes conversaciones porque los cantos, los saltos y abrazos eran la expresión de un estado de ánimo que hacía innecesaria -e imposible además- meterse en análisis alguno. Creo que fue la primera vez que abracé a Juan, que canté con él y con quien nos tratamos como viejos y confiables amigos.


Regreso ahora al inicio de estas líneas, cuando hablé de aquellos hechos casuales e inadvertidos que no permiten anticipar el desarrollo de ninguna historia. Y, sin embargo, misteriosamente, lo que manifestaría como destino varios años después comenzaba a entretejerse. En ese mismo acto, a pocos metros de distancia, sin darnos cuenta ninguno de nosotros estaba mi hermano Juan Pablo, compartiendo emociones, esperanzas y convicciones.


No era dable pensar, siquiera imaginar, que esa cercanía circunstancial y casual se transformaría para los dos Juan en uno de los lazos más fuertes que podrían desarrollar con otro ser humano. No había forma de anticiparlo. Porteños, bichos hasta ese momento de cemento, uno dedicado hipotéticamente a ser agrónomo, el otro a la carrera editorial ambos terminarían por motivos impredecibles pero inexorables en una estrechísima y enorme amistad rodeados de una geografía de arena, viento y soledad.


Miro hacia atrás y creo que lo impredecible cedió su lugar a otra fuerza mucho más poderosa y no sometida al corsé del raciocinio que, por simpleza de lenguaje, llamaré destino; eran almas que debían encontrase algún día, intercambiar lecturas, ambiciones, descubrimientos, asados y fiestas en familia, el fútbol con otros amigos, algún porro (imagino mal) ocasional. En su bohemia generosa para con su comunidad adoptiva montaron en un camión destartalado una biblioteca rodante para dar libros a pueblos que nunca habían visto tantas palabras escritas reunidas en un solo lugar. Ese fue sólo una iniciativa; la gente de Gesell y de Mar de las Pampas saben de centenares más.


La última vez que nos vimos con Juan F fue hace casi 10 años aunque, por supuesto, yo me había perdido el rastro de sus idas y venidas ni de su vida ni de sus obras gracias a la cercanía casi convivencial que tuvieron con mi hermano Juan Pablo y su familia.


Hace pocos meses Juan F tuvo el gesto, del que hoy me siento especialmente privilegiado, de mandarme el anticipo de su próximo libro «El hombre que fue Viernes». Colección extraordinaria de sus relatos que me impresionó vivamente. Esta vez, contrariamente a lo que callé hace casi 40 años pude, por fortuna, decírselo.


Un abrazo fuerte Juan F; y sinceramente gracias.


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