• Juan Pablo Trombetta

El nacimiento de El Chasqui. Por Juan Pablo Trombetta

No bien se inició el 2020 empezamos a imaginar cómo festejaríamos, en octubre, los veinte años de El Chasqui. Lo habíamos hecho a los diez y a los quince y ahora, ya salidos de la adolescencia, planeábamos el gran festejo con anunciantes, vecinos y amigos. Pero el 2020 tenía otros planes para el planeta y no pudimos salir entre febrero y diciembre. Ahora estrenamos los veintiuno sin fiesta, pero con ánimos de concretarla después de la temporada. También proyectaba un libro por estos veinte años, del que siempre charlaba con Juan (Forn). Tendré que terminar de asimilar la idea de su muerte para encararlo. No será por ahora.“En estas páginas reproduzco lo que escribí en 2005, al cumplir cinco años. Se trata de cómo se inició y puso un marcha una idea que parecía delirante en un pueblo apenas incipiente, pero que pudo concretarse como un proyecto familiar.

Un día de julio de ese año 2000, mientras veíamos cómo se sacudían las copas de los pinos y el viento no paraba de aullar, le dije a Gloria, mi mujer: “es ahora”. Sentí esa rara sensación que es al mismo tiempo indefinible y concreta: estábamos en el momento justo para correr detrás del sueño de ganarnos la vida haciendo aquello que nos apasionaba en el lugar que habíamos elegido para vivir. Y para tirar del carro en yunta estaba Gloria, siempre dispuesta, incondicional, entusiasta y con ese espíritu maravilloso que contagia. Mis limitaciones y nulo interés por el mundo de la computación y sus derivados, dejaban muy en claro que no sería yo precisamente quien pudiera asumir tan delicada tarea. Ella tenía manejo de computación pero jamás había incursionado en el terreno del diseño y mucho menos de revistas, libros o similares. Estábamos a fines de ese mes de julio y la idea era salir para los primeros días de octubre, de modo que, contando los días de impresión y fletes desde Buenos Aires, quedaban dos meses para todo el trabajo. Para darle ánimo le recordé que habría sin duda un elevado stress propio de todo cierre de edición y, en nuestro caso, el lógico condimento adicional por las implicancias que habría de tener aquel primer número en la suerte futura del periódico. Hablando en criollo, yo pensaba que era el momento oportuno, porque después podría ser tarde; pero no ignoraba que algo hecho a las apuradas y no muy cuidado podría traer aparejado el inevitable riesgo de quemar la idea. Pero ella, muy lejos de amilanarse, sólo puso dos condiciones: la primera consistía en munirnos de una nueva computadora, en reemplazo de la vetusta máquina que teníamos, para trabajar con mayor fluidez, y la segunda era la compra de un par de manuales de uso de los diferentes programas que debería aprender en tiempo récord y con el método de ensayo y error. Así quedó lanzado el firme propósito de iniciar lo que hoy es El Chasqui. Más allá de la impronta editorial, que saldría desde adentro sin grandes preparativos, había que considerar el hecho poco grato pero ineludible de afrontar la venta de espacios publicitarios. Si aceptamos que vender publicidad no es asunto fácil, imaginemos cuánto se dificulta cuando aquello que vendemos es un intangible, una promesa, algo que nos aseguran será de tal modo pero que sólo veremos una vez plasmado en el papel. Fue así que surgió la idea de colocar, en la doble página central, el plano completo de Mar de las Pampas rodeado de avisos (en aquel primer número sería una U). Por otra parte pensamos que todos los recuadros para estas publicidades debían ser de idéntico tamaño para que no surgieran diferencias inherentes a la envergadura de tal o cual comercio; si alguien quería poner algo más destacado podía hacerlo en otras páginas. Con esta premisa tomé un gran papel en blanco, una birome, regla, y empecé a realizar los cálculos: tanto espacio para el plano, tanto de alto, tanto de ancho, hasta llegar a las citadas diecinueve casillas. A partir de allí había que decidir muy bien cómo usufructuar de la manera más estética y completa las seis páginas que quedaban contando tapa y contratapa. En muy pocos días armamos el boceto en una hoja de cuaderno y me apresté a encarar la parte crucial, aquella que cuando hoy rememoro me produce mucho más escozor, muchos más escalofríos que los que en verdad me produjo en aquel momento: era la hora de empezar a efectuar los llamados y ofrecer los espacios o, sin eufemismos, la hora de vender. Cuando iniciamos los cálculos previmos tres salidas para ese verano 2000/2001: octubre-diciembre-enero, y con esa propuesta realicé las primeras entrevistas. El primero de los llamados fue a Jorge Vázquez, de Mar de las Pampas S.A., empresa dedicada a la venta de lotes y a la construcción. Como él andaba mucho de obra en obra y poco en la oficina de ventas, cuando lo ubiqué por teléfono me dijo que al final del día pasaría por casa. Y cumplió. No serían ni las siete de la tarde de uno de los últimos días de julio cuando Jorge se presentó. Yo sabía que aquella era una prueba de fuego. Un “” no garantizaría el éxito posterior al igual que un “no” tampoco anularía el intento, pero no tenía la menor duda del efecto crucial que una u otra respuesta habrían de tener en mi estado de ánimo. Nunca sabré si hubiera sido capaz de reponerme a una reacción indiferente o a una negativa concreta, por eso aprovecho para dejar expresada mi gratitud hacia Jorge, que con su apoyo —“a mí guardame éste”, me dijo secamente señalando el recuadro con el número diecisiete— desató en mí una fuerza enorme.

El segundo llamado fue a Raúl Marenzi, de Manrique Propiedades — ellos se habían instalado un año antes, en Las Toninas y Juez Repetto, junto con la constructora Alici— y quedamos en que fuera hasta la oficina. Me presenté con mi papel blanco escrito en birome, lleno de casillas vacías. La charla se mezcló con varios mates para mitigar el frío; era una tarde que recuerdo con sol aunque en verdad no sé si fue así o si yo la imagino de ese modo. En definitiva salí de allí con el apoyo de Raúl, que eligió la casilla número cinco del plano y además auspiciaba, en otra página, una nota sobre el bosque. Remonté la cuesta de la calle Juez Repetto, de regreso a casa, con la ansiedad con que un chico de cinco o seis años corre a la chimenea para ver qué le dejaron los reyes magos. Quería, debo decir necesitaba con desesperación, contárselo pronto a Gloria, compartir con ella el resultado de lo que bien podría llamarse una “segunda batalla”. El entusiasmo y la excitación me rebalsaban; estaba claro para mí que el periódico cuyo nombre seguía sin aparecer y cuyo contenido rondaba cada noche por mi cabeza, habría de cristalizarse muy pronto.

A la mañana siguiente decidí llamar a Casa de Piedra; sería la primera venta en frío. Después de una breve exposición de la idea Roberto Busteros y Marta Palacios eligieron la casilla doce, al pie del plano. Mientras caminaba por Virazón decidí que ya era tiempo de dar a conocer el proyecto entre amigos y conocidos. Los primeros fueron Hugo Rey y María Cabanne, quienes manejaban ese refugio que muchos de nosotros añoramos: la crepperie Bleu. Bueno, la realidad es que Hugo hacía las relaciones públicas y María se mataba preparando sus inolvidables creppes. Como también tenían una cabaña en alquiler y él pretendía incursionar en el rubro de la construcción, el entrañable Huguito reservó los tres espacios centrales del pie que estaba bajo el plano, es decir que en las casillas nueve, diez y once se leería, respectivamente: Bleu, Blanc (alquiler de cabañas) y Rouge (construcción de cabañas). Ya tenía reservados seis de los diecinueve espacios previstos. Entonces acudí a quienes ya nos habían acompañado en la guía La Mosca: nuestro vecino Dardo, que llevaba catorce años con su casa de té Viejos Tiempos, eligió la casilla dieciocho; Adrián y Valeria tomaron la casilla número uno para su restaurante Las Calas; Héctor y Mabel, de la Arquería de las Pampas, ocuparon el ocho; Guillermo Gas (entonces vivía en Mar de las Pampas) me pidió el número cuatro y Héctor Melo, con su Polirrubro y Almacén de Campo, colocó su aviso en la página seis, llevando como referencia el número veinte para ubicarlo en el plano central. En eso andábamos —no podría precisarlo pero sí recuerdo que el asunto había avanzado mucho— cuando llamó Hugo para decir que tenía el nombre para el periódico: “El Chasqui”. Desde ese instante fue cosa juzgada, no hubo debate ni se barajaron otras posibilidades; sólo fue cuestión de buscarle el tipo de letra que más nos gustara. Volviendo al espinoso tema de los anunciantes, ya estábamos totalmente embalados y en carrera. El siguiente llamado fue a Lizzi, una de las precursoras con esto de las cabañas y a quien todavía no conocía. Ella también dio inmediato apoyo con su complejo Leyendas (casillero número dos); hablé con Rubén Vaquero y Susana Cánepa, todavía en cabañas Mapuche, y recuerdo bien que ella marcó la casilla de arriba a la derecha (la diecinueve). Como podrá apreciarse, muy pronto la angustia de la venta se convirtió casi en un juego de elección de lugares o predilección de números (como el caso de Julio Magaña, de Navarrisco, que no quería saber nada con otro número que no fuera el siete, poco importaba si a la derecha, a la izquierda, arriba o abajo). Ya por entonces, aún antes de completar el diagrama y a propuesta de los propios anunciantes, el proyecto inicial de tres meses (octubre, diciembre y enero) se había extendido a cinco (se agregaban febrero y Semana Santa, que caía en abril). Por eso algunos tienen la impresión de que, en la colección de El Chasqui, nos salteamos noviembre del 2000 y marzo de 2001, ediciones que nunca salieron pues en ese momento ni siquiera soñábamos con una frecuencia mensual durante el invierno. Tamaña demostración de confianza y semejante promedio de adhesiones no había entrado ni en el más optimista de los cálculos; de hecho nunca recibí un rotundo no, pues aquellos comercios que por diferentes motivos no estuvieron en la edición inaugural, fueron sumándose con el correr del tiempo. Sobre el cierre completamos la pauta del plano central con Oscar Rescia, de residencias E´ Lurú (casillero tres); Alberto Rebecchi, del balneario Soleado (número quince); Emilio Vernet y Héctor Moretti, de cabañas Arco Iris (casillero dieciséis); Marcos Komac, de Sisteco (el para algunos temido número trece) y, casi con los originales listos, llegó la publicidad del arquitecto Rodolfo Ravier (número catorce), que estaba a punto de inaugurar su oficina en Las Toninas y Juez Repetto, junto a la de Manrique-Alici.

Como el avezado y perspicaz lector notará, si es que acomete la improbable tarea de contar las casillas hasta aquí detalladas, no se mencionó la seis; tal asunto surge de haber completado el último hueco con la cabaña Entrepinos, la diminuta cabañita de madera (tres metros por cuatro) que alquilamos varios veranos y nos permitió pasar el invierno hasta que, hace varias temporadas, quedó incorporada a nuestra casa. Vaya en estas líneas nuestro reconocimiento a la caba, como le decían los chicos, que nació como un intento de instalar la redacción y, sin siquiera sospecharlo, terminó aliviando la aridez de esos primeros años. Por otra parte, sin que tampoco lo previéramos, ese aviso nos sirvió de testeo para comprobar, no sin sorpresa y entusiasmo, la cantidad de llamadas producidas a través de la publicidad en El Chasqui. Para finalizar este racconto, no quiero dejar de mencionar a todos aquellos que nos apoyaron con sus publicidades, más allá del plano central: Los dulces de Aurora, Daniel Aprile (plomería y electricidad), Pablo Fernández (fletes), PG (parques y jardines), Corralón Azul, Aserradero Los Robles, Mercado Wallas, 3C Computación, L´Equipe Tenis, Farmacia Sánchez Muriel.

Mientras todo esto sucedía Gloria practicaba y practicaba con su manual de Page Maker. Del borrador en papel y lápiz, las ocho páginas previstas empezaban a tomar cuerpo en la pantalla de la computadora y desde la tapa ya se leía El Chasqui. Yo tomé la máquina de fotos de diez pesos que creo habíamos canjeado por los puntos en Disco, y acometí la tarea de fotografiar la fachada de los complejos y otros comercios para los avisos. Es que habíamos propuesto que en los casilleros figuraran el rubro, el nombre, la foto y los contactos y, para entonces, muy pocos tenían el despliegue de material fotográfico que hoy suele abundar en casi todos los casos —ni hablar de la camarita digital—. Recuerdo bien que Adrián, de Las Calas, me dio una foto tomada por un profesional y la diferencia era agobiante. Así y todo en pocos días mandamos a revelar el rollo con las imágenes que, en su mayor parte, decoran la primera edición y varias de las subsiguientes. Sólo unos pocos avisos salieron con sus logos, cosa que en la actualidad es exactamente a la inversa. En cuanto a la página dos, bajo el título Descubra Mar de las Pampas, aparecían los anunciantes del plano central con una síntesis de los servicios que ofrecía cada uno. La idea, más allá de los avisos, era dar la mayor información posible de un lugar que era para mucha gente por completo desconocido. Por eso desde el primer momento tuvimos presente la idea de repartir los periódicos en Buenos Aires y también en diversos puntos de la ruta dos; de esta manera El Chasqui llegaría todos los meses a la Casa de Villa Gesell en Buenos Aires; también a Palermo, Adrogué, Moreno y Boulogne, a través de familiares y amigos. Con el tiempo se irían sumando muchas otras localidades, siempre a partir de la buena voluntad y el entusiasmo de gente que se fue contagiando y ofrecía —y ofrece— su desinteresada colaboración. La página tres la reservamos para una nota en la que contaba nuestro primer contacto con Mar de las Pampas y a la que, en un alarde de absoluta falta de imaginación titulé: “Un lugar en el mundo”. Con las páginas cuatro y cinco ocupadas por el plano, quedaba por resolver el contenido de la seis, la siete y la ocho. La página seis fue el fruto del invalorable aporte de María Cabanne, quien hasta hoy colabora con sus artículos, con una nota exquisita bajo el título de Abrapalabra y de la originalidad de Adrián Urbán con su Rincón de la cocina, en ambos casos sus colaboraciones se prolongaron en el tiempo y fueron muy apreciadas no sólo por nosotros sino por los lectores. En la página siete se publicó a cinco columnas la convocatoria a asamblea general para constituir la Sociedad de Fomento de Mar de las Pampas (si bien ya había existido una con anterioridad, había dejado de funcionar). De modo que la salida de El Chasqui no pudo tener más suerte. Casi simultáneamente con aquel histórico e inolvidable —para nuestra familia, claro— primer cierre de edición, llegó la certeza de la convocatoria y la compatibilidad de las fechas: el periódico, si todo marchaba bien, vería la luz hacia el 5 de octubre de ese año 2000 y la asamblea se realizaría el domingo 15 de octubre a las 17 hs., en Juez Repetto y Victoria Ocampo (“en la casa de la señora Nina”, según reza literalmente la nota mencionada). Además, en el resto de la página, se publicaba el horario detallado del colectivo desde Villa Gesell y desde Mar Azul que, por ejemplo, pasaba siete u ocho veces por día de lunes a viernes y sólo tres veces por día los sábados y domingos. También quedaba lugar para anunciar las actividades deportivas que habrían de tener lugar en la Villa con motivo de la llamada Semana de la Raza en el Mar. La contratapa, o sea la página ocho, acogió uno de mis cuentos: “El Tedio de Leandro Paredes” —el mismo que, bajo el simplificado nombre de “El Tedio”, inaugura el libro de cuentos “Las dos muertes de Rodolfo Petersen” (2004)— y los horarios de las farmacias de turno en Villa Gesell (en Mar de las Pampas aún no había). Por fin, quedaba nada menos que la tapa. Y es sabido que con la tapa, y con muchísima más razón en el número uno, no se le puede chingar. Para no perder la costumbre, la mente se me puso en blanco hasta que nos quedaba resolver eso y sólo eso para mandar todo a imprimir. De pronto recordé unas fotos grandes, muy buenas, que me había prestado en su momento Jorge Vázquez. Gloria tomó las dos fotos y las escaneó. Entre los dos decidimos ocupar media página horizontal con cada una y escribir sobre ellas. Las frases “la magia del bosque” y “el misterio del mar” no denotaban demasiada inspiración poética, así que pareció oportuno poner la referida al mar sobre la foto del bosque y viceversa. Lo gracioso fue cuando, a poco de salida la edición, un vecino me advirtió con sonrisa irónica y total convencimiento: “che, se equivocaron, las frases de la tapa están justo al revés”. Había llegado el momento de mandar los originales para ser impresos. La imprenta estaba en Buenos Aires y los números no daban como para andar viajando; las pocas páginas fueron enviadas por internet. Como los archivos eran pesados, el correo electrónico para pasar página por página demoraba unos cuantos minutos y a veces, para nuestra desesperación, la conexión se interrumpía y había que empezar de nuevo. Esto transcurría en medio del conmovedor silencio de la madrugada, apenas perturbado por nuestras respiraciones, al tiempo que, casi en secreto, cada uno invocaba no sé a quién para que los benditos mails llegaran a destino de una buena vez. Horas más tarde, ya con las primeras luces del lunes 2 de octubre, llamamos a la imprenta y suspiramos de alivio al saber que todo había llegado bien y que se estaban preparando las películas. Un escalofrío indescriptible nos erizó la piel en simultáneo cuando del otro lado del teléfono, con toda naturalidad y comprensible indiferencia, una voz grave y masculina nos anunciaba que El Chasqui estaría impreso y listo para retirar esa misma tarde. ¡Esa misma tarde! ¡Y nos lo decían así, fríamente, como si tal cosa!

Así fue que el jueves 5 de octubre, junto con Tony Postorivo y su jeep, en la terminal de Villa Gesell, nos enfrentamos al momento de ver allí, a pocos metros, esa pila de papeles envueltos con cintas tenaces y filosas que no nos atrevíamos a cortar; papeles que para cualquier persona no eran más que eso, kilos y más kilos de papeles impregnados de tinta. Por unos instantes no emitimos un solo sonido ni nos atrevimos a respirar. Nos miramos sin pronunciar una sílaba. En nuestras miradas todo estaba dicho. Estábamos muertos de ansiedad, aterrados y con el corazón a los tumbos. Acabábamos de parir El Chasqui.

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