• Juan Pablo Trombetta

EL NACIMIENTO DE LA ALDEA HIPPIE

En diciembre de 2013 la Aldea Hippie cumplió diez años y, a mi pedido, Enrique Madotto contó para El Chasqui la historia del nacimiento de la Aldea. Entre tantas otras cosas, en aquellos primeros diez años se dieron el lujo de traer a Vox Dei, gratis, para tocar en el anfietaro. Fue una noche inolvidable para todos los vecinos de Mar de las Pampas.

A Enrique lo conozco hace mucho tiempo, hemos jugado muchas partidas de ajedrez (aunque desde que dejó el pucho no quiere jugar más porque dice que le vienen ganas de fumar), tomado muchos fernets y hablado hasta el hartazgo de libros, libros y más libros. Tanto que en el 2017 lanzó la ediciones de la Aldea Hippie, colaborando en la difusión de clásicos como Roberto Arlt, Horacio Quiroga, Miguel Hernández, César Vallejo...

Pero para conocer un poco más de esa historia, reproduzco la nota que publicamos en El Chasqui, en el 2014. Habla Enrique:


La Aldea Hippie inauguró el 15 de diciembre de 2003. Contado así quedaría algo como “2003/2013, 10 años”, es decir nada extraordianario. Hicimos lo que pudimos: la aldea. Eso en un cartel, o grabado en un plato o mosaico estaría bien, pero cuando Juan Pablo me dice: “Che, hay que escribir algo”, la idea me queda rondando en la cabeza. Acto seguido viene el desafío: “traete el tablero y hacemos una partida”. Generalmente es peón dama si me tocan blancas, o podría ser un peón rey ante la sorpresa del otro, esta apertura es la llave para comenzar el diálogo y ahí nomas se repite, como casi todos los años, el clásico:

—¿Y, Enrique? ¿Vas a escribir algo o me vas a chamuyar como siempre?

Observo el tablero y es un desastre total, no puedo concentrarme, no juego a nada, y no me queda otra que chamuyar, hablar y desconcentrar al otro; ciertas veces, según se trate de café o alguna bebida espirituosa, alcanzamos niveles increíbles que son imposibles de transcribir luego. Igual lo intento. Entonces parte de la charla sería:

—Mirá, no puedo escribir cómo se hizo, es muy largo, son muchas historias, y sobre todas las cosas, si me atrevo a hacerlo tiene que ser anónimo, pero no creo...

Y ahí me quedo callado y observo si puedo obtener una mínima ventaja, si encuentro la jugada, muevo esa pieza. Si no, sigo:

—Como te estaba diciendo, si lo hago, tengo que escribirla en partes —acá lo importante es que todo contribuye a sacarlo del tablero, que no piense, entonces tiro:

—Mirá, no puedo contar, cumplimos diez temporadas y listo, hay que hablar del cuándo pero tambien del cómo y del para qué, me pregunto: ¿serán adverbios de lugar y de tiempo?

O sea, cuento y hablo y vuelvo a contar y ahí creo que sí picó: ya está fuera de la partida. Si mira el tablero le tiro:

—Por ejemplo, pongamos en el año 2003, para junio, el invierno encima, se comienza con la construcción. Se termina el 15 de diciembre; pero en verdad tendría que empezar a contarte cómo se construye la idea, y vuelvo al para qué, porque si la aldea es solamente un conjunto de locales que venden artesanías vamos mal, creo que atrás hay una idea.

Ahí él seguramente me pregunta:

—¿Y cuál es la idea?

Ya a esta altura puedo tener chances de ganar la partida, o no, pero si vislumbro esa posiblidad, me empiezo a explayar muy cómodo, máxime si noto cierta inquietud cuando él observa el tablero y sabe que saqué una pequeña ventaja, entonces replico:

—Es largo el tema, empiezo por el principio, en cómo se eligió el lugar, dónde, y acá comienza la parte real de la historia. Puede ocurrir que la partida sea un bodrio, levantemos las piezas y empecemos con el relato.

Esto empieza por el año ‘95, casi como todas las historias de Mar de las Pampas; nos cautivó la playa, mi hija pequeña jugaba como ya no podía hacerlo en Villa Gesell; el silencio buscado y encontrado después de largas jornadas de trabajo en el centro, entonces surgió la idea de armar un lugar para trabajar, o sea producir, poder vivir y, si se vendía, mucho mejor, total la venta o supervivencia económica estaba en Villa Gesell.

En esa época había apenas cinco o seis emprendimientos estables. A ojos vista estaba verde, no se veía mucha gente, pero me impactaba la cantidad de huellas producidas en El Lucero y pensé: acá algo pasa. Comento esta inquietud con artesanos amigos y me dicen: “compremos un lote y armemos algo”. Nos seduce el lote en el que está actualmente la inmobiliaria Pampaterra, pero no se compra porque en ese entonces no se permitía el comercio o era unifamiliar y recién ahí descubro que había una zonificación, a través de la empresa Mar Azul S.A.

Terminada la temporada, un artesano arranca para España, otro vuelve a su provincia, otro a sus ferias y queda el proyecto trunco... Pero insisto, medio desamparado, y empiezo a averiguar por distintos lotes y sus dueños; estaba entre lo que fue Cuatrocasas, en esa esquina (Mercedes Sosa y El Lucero, hoy Paseo Los Cipreses), pero me pedían demasiado y yo estaba solo en el proyecto; entonces caminé por el terreno que va desde lo que actualmente es Aike Malen y lo que es hoy la Aldea Hippie, que era una especie de monte con desniveles, y al entrar escuché el ruido del mar, miré a Ana, mi señora, y le dije: compremos éste que tiene música.

Y así fue, se dieron un montón de casualidades y causalidades que hicieron que aquel fuera el terreno de lo que años después sería la Aldea Hippie…


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