• Juan Pablo Trombetta

El reencuentro. Por Patricio Rocco

Conocí a Juan Pablo Trombetta por un amigo común de un amigo común de un conocido... Como en la canción de Serrat: uno de mi calle me ha dicho que tiene un amigo que dice conocer a un tipo… Era a principios de los noventa. Él dirigía un periódico barrial, Ecos en Palermo, y yo quería publicar mis chistes gráficos. Iba con una consigna clara: «decile que vas de parte de X». Por supuesto, yo no conocía a X. Y por supuesto, Pali (Juan Pablo) se dio cuenta. Lo gracioso es que él tampoco lo conocía. Ya se había producido la magia, porque las cartas estaban encima de la mesa, y las risas también.

Mientras se publicaban las viñetas en la última página del diario, la relación fue creciendo. Charlas interminables en las que íbamos conociendo más y más nuestras afinidades. Compartimos cafés y algún partido de fútbol, mientras el periódico crecía. Y así fue que nació la redacción a la que se había sumado Rodolfo Campi. Éramos un equipo. Pequeño, sí, pero fuerte.

Después de años, la crisis número 1000 abocó al periódico a su desaparición, y a nosotros a la diáspora. Pali emigraba a Mar de las Pampas y yo a la vieja Europa (a Italia, primero, y a España, después). El lazo que habíamos creado era muy fuerte, pero parecía romperse. Nada más lejos de la realidad: ni la distancia, ni el tiempo, ni la pérdida de contacto, que duró años, han podido con él.

No fue fácil. Pasaron años sin saber el uno del otro, hasta que en un viaje a la Argentina, renació la magia. Era agosto de 2004. Estaba en Ezeiza y vi a lo lejos, a Víctor Hugo Morales. Íbamos a viajar en el mismo vuelo. Después supe que él iba a hacer escala en Milán, igual que yo, pero rumbo a Atenas a cubrir los Juegos Olímpicos, mientras que mi destino era Bologna. Llegamos a la ciudad lombarda y, en el aeropuerto, había que esperar bastante tiempo. Allí lo vi, sentado, leyendo mil papeles. Eran sobre historia, filosofía y arquitectura griegas. ¿Qué hago, voy a hablar con él? No podía ser tan tonto de no hacerlo, porque me iba a arrepentir. «Buenos días, Víctor Hugo», le dije. Él me devolvió el saludo muy amablemente, pero se lo veía demasiado enfrascado en sus asuntos griegos. Y si de magia hablamos, yo pronuncié las palabras mágicas: «Soy amigo de Juan Pablo Trombetta». Le cambió la cara, se le iluminó. «Sentate», me dijo inmediatamente. Entre Víctor Hugo y Juan Pablo había crecido la amistad a partir de las visitas de este último a la radio para llevar el periódico y los libros que iba editando. El gusto de Víctor Hugo por la cultura hizo el resto.

Yo no sé cuánto tiempo estuvimos hablando. Más de una hora, seguro. Le di mi dirección de e-mail y me puso en contacto con mi querido amigo, con quien nos reencontramos. Víctor Hugo dijo que si no hubiera nombrado a Juan Pablo, no me habría invitado a sentarme y jamás habría dejado de leer lo que estaba leyendo. Por cierto, lo que me dijo Víctor Hugo en aquel aeropuerto, que me dio alas para una decisión de vida, da para otros diez artículos. Por ahora, lo dejamos.

Las circunstancias, una internet todavía en pañales y, admitámoslo, nuestra propia dejadez, volvieron a separarnos. Pero fue solo para reservar el momento del gran reencuentro, del que me atrevo a decir que es el definitivo. Por razones obvias, se produjo por medios electrónicos, después de una búsqueda digna de la mejor agencia de detectives. Llegué a Pali gracias a una revista de ajedrez, en la que había encontrado una foto suya, después de buscar y rebuscar en internet. Se sucedieron charlas telefónicas, colaboraciones muy esporádicas, envío de libros. Todo confirmaba que éramos los mismos, que nuestras ideas no habían cambiado sino que habían evolucionado en la misma dirección, que seguíamos estando cerca pese a los 12.000 kilómetros de distancia.

Hoy, cuando Pali vive en Mar de las Pampas, Rodolfo en Banfield y yo en Madrid, se produce el milagro, que de milagro tiene poco, porque es mejor llamarlo amistad. Volvemos oficialmente a formar equipo Pali, Rodolfo y yo, que me estreno como parte de la familia de El Chasqui de Mar de las Pampas.

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