• Juan Pablo Trombetta

El relator. Por Ricardo Arkader

- Che, Pierino: ¿Qué vas a hacer cuando seas grande -, me preguntaron infinidad de veces, hasta que me puse los pantalones largos. Y después también.

Dudaba siempre. Pero no por el gran abanico de posibilidades y por la amplia gama de profesiones. No. El interrogante pasaba por dos laburos íntimamente relacionados. El fútbol y el periodismo. O lo que es casi lo mismo, el periodismo deportivo. Esa cosa de canalizar en la profesión del escriba, aquello de la frustración en el más amado y odiado de los deportes. Aquella vieja historia de empezar en inferiores e ir subiendo escalón por escalón, hasta llegar a ser el mejor relator de la historia de tu país o el más goleador en las estadísticas mundiales. Relatar en Alemania la final de la copa del mundo o estar metido en el rectángulo de juego y ser vos, el que defina el pleito en favor de tu equipo, de tu selección.

Pero las dos cosas, no. Difícilmente tu sapiencia con la redonda pegada al botín, pueda correr en forma paralela a una pluma envidiable o a la colocación de la gola en el momento sublime. El fútbol y la vida. Un interrogante que, en plena adolescencia, empieza a desvanecerse. Y por ahí, a tu torpeza manifiesta en el campo de juego, se suma a tu innegable incapacidad para redactar siquiera la composición de la vaca o tener la voz de pito más insufrible. Y por ahí terminaste siendo arquitecto o albañil, artesano o abogado, o simplemente estás detrás del mostrador de la tienda de tu viejo. Lo que quizás nunca imaginaste, es reunir en una sola ocasión en tu vida, la mezcla más increíble e inquietante de un mundo de fantasía. Entrar vos a la cancha, pisar fuerte en el campo de juego y trasladar los hechos, a un relato inolvidable. A contar lo que ves y lo que no ves. De golpe te convertiste en protagonista y cronista de tu propia historia y de quienes te acompañan. Fuiste el hacedor de la maravillosa fantasía de crear un lujo con tu botín y a la vez, diseñar una pincelada vibrante y emotiva en el micrófono, para que el tipo de atrás del receptor, vea la jugada delante de sus ojos.

Y ahí estás vos aquel sábado a la mañana, de aquel mes y de aquel año que no importa. Convocado por primera vez en un pleito barrial, para jugar de nueve. En el otro extremo de la cancha, en el que habitualmente te desempeñabas. Aquella templada mañana con la casaca azul y los vivos blancos, que se presentaba inmejorable. Fue el día que te lo propusiste y que finalmente lo ibas a concretar. El partido era todo tuyo. No ibas a hacer nada fuera del reglamento, más allá de algunos reproches del árbitro, que en reiteradas ocasiones te dijo que jugaras callado.

- Arrancó el partido. Pelota que la tiene Estrella del Norte. La lleva el Vago Zaldivar, la toca corta para el Murmullo Sagula. Abre la cancha para el uruguayo Rodríguez Zavalía, que me ve picar por izquierda y me tira el pelotazo. Si soy yo, Pierino. Que paro la pelota con el pecho, giro con la zurda para encarar y falta abajo, tiro libre para Estrella del Norte. Terrible dolor en tobillo. Juez: es para amarilla. Fue muy fuerte el zaguero del Deportivo Los Hornos. Cállese Alba, me replicó el hombre de negro. Con esfuerzo me levanté y pedí la pelota. Es una buena posición para un diestro. Pelota colocada a tres metros del área, ligeramente hacia la izquierda. Los rivales que reclaman una vez más mi silencio. Pero nadie me entiende, incluso algunos compañeros del Estrella me gritan que cierre la boca. Pero ahí estoy yo. Listo para la ejecución cuando aún no se cumplió el primer minuto de juego. El árbitro trabaja con la barrera. Me subo las medias. Tomo una distancia prudente. Va a venir la orden del juez. Encaro hacia la pelota, cara interna pié derecho por arriba de la barrera, gol, gol, golazo, arriba en el ángulo superior derecho de Campestrini. Un arquero con nombre de arquero. Esos tipos nacidos con un nombre para atajar, un nombre que sale de adentro, bien aferrado a la garganta. Ideal para los relatores. Ni dos arqueros podían llegar a ese balón. Con una justeza, con una precisión envidiable, con una capacidad técnica inigualable. Mientras grito contra el alambrado de la calle 32, frente a mi gente y con el abrazo interminable de mis compañeros, que de tanto apretar, me dejan sin aire para seguir relatando. Allá arriba, en la ratonera. Para abrir el marcador. Para decir que Estrella del Norte se encamina hacia un nuevo campeonato, con un equipo impresionante y con un tipo con sello innegable de goleador. Golazo, señores, golazo. Estrella del Norte 1, Deportivo Los Hornos 0. Pierino Alba, autor de la conquista -, relaté hasta quedarme sin fuerzas y sin voz.

Y entonces terminó mi corta y poco fructífera carrera de futbolista-relator. No sólo el arbitro y mis rivales se sintieron molestos por mis gritos ensordecedores. También mis compañeros reclamaron clemencia. En algún momento de nuestras vidas, años después, el propio flaco Parisi me confesó que ellos mismos le pidieron al referí que me echara. Preferían jugar con diez, antes que seguir soportando el relato. Fue mi último partido de fútbol como jugador en toda mi vida. Pero no como relator.

Al poco tiempo, terminé el secundario. El clásico y nunca bien ponderado a laburar o a estudiar, se hizo carne en mis oídos. Los libros nunca fueron lo mío. Entré como repartidor de soda. Primer día y despedida. Primera parada sobre la calle 5 y 38. Creo que en lo de doña Esther.

- Me bajo por la puerta derecha de la camioneta Dodge, perfectamente estacionada sobre la derecha. Como corresponde y por cábala, primero apoyo el pié derecho. Me aproximo a la parte trasera de la chata y espero el grito de Cacho, mi compañero y conductor de móvil. «Pierino, bajame dos». Bajo la rejita de chapa y me subo a la camioneta. Bajo con los dos jonca de Ivess y pego el saltito, para aproximarme a la puerta del domicilio en cuestión. «Está bien por acá señora», le pregunto, ante la atónita mirada de mi compañero y los vecinos que no logran descifrar mi comportamiento. Alguna sonrisa, alguna risa abierta y transparente y uno bajito de bigotes que sale de la panadería, apretando su labio inferior con su dentadura superior, mientras realiza un movimiento de cabeza de abajo hacia arriba, con leve inclinación hacia la derecha de su cuerpo. Mi compañero me dice que me calle y me subo a la camioneta. Pongo Rivadavia y justo entra la tanda de Rapidísimo.» En la mañana desde temprano como una rosa, un duendecillo muy chiquitito salió a pasear Si quiere tener smowing, tome ginebra Bols. Aceite bueno y barato, Forest 444. Venga del aire o del sol, del vino o de la cerveza, cualquier dolor de cabeza se cura con un Geniol». Sube mi compañero y me suplica que me calle la boca -, me callé mientras Cacho giraba el dial hacia Colonia, porqué ya venía el informativo de Ariel Delgado.

No hizo falta que me lo dijeran. Después que Cacho contara lo sucedido, el Bebe Bordalonga me echó. Sólo una mirada y la paga del día, fue suficiente para entender la cuestión.

Salí a buscar laburo nuevamente. Tenía que controlarme y manejarme con corrección. Pero era más fuerte que yo. Pero había que salir adelante: a estudiar o trabajar, era la consigna.

Conseguí un puesto de diario sobre 13 y 38. El primer día me manejé bien. Tal vez el segundo, también hice buena letra. Pero al tercero, comenzó el descontrol.

- Crónica, Clarín, diario. El ministro de Economía Celestino Rodríguez anuncia nuevas medidas, para combatir la inflación. Loma Negra volvió a ganar. Ahí se acerca Pepe, el zapatero del barrio. Le digo buen día cómo le va, ante su atónita mirada. Me responde que bien. Le comento del frío. En estos momentos, en esta soleada mañana platense 5 grados de temperatura. Un mañana poco recomendable para el corpiño calado. Le pregunto cómo anda y cuánto sale una media suela y taco para mis Grimoldi medio punto. Me dice 32 mil pesos más o menos. Espero para cobrar el primer mes y se lo llevo. Me dice que se lo lleve igual y después arreglamos, mientras sacude su cabeza hacia a ambos lados sin entender lo que está pasando -, continúo con mi peculiar relato.

Al rato llegó el Tano Margaritini, el dueño del puesto. Me dijo que me vaya porqué estoy molestando a los vecinos. Y además me recomendó que me haga ver por un profesional.

Momento de angustia en mi vida. Un problema sin solución. Se viene marzo del 76. La noche se estaba acercando a la Argentina. Quise empezar a narrar los tiempos que se aproximaban para nuestro país. Se vienen los dictadores. Videla que empieza a dar órdenes. No estaba bien visto que pensemos. Estoy en mi casa tomando mate, cuando se aproxima raudamente un Falcon Verde con unos tipos encapuchados. Me intentan pegar, me resisto. Nos roban todas las pertenencias de casa. Me llevan, me arrestan, me pegan, me suben al Falcon. Desapareció el relator.


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