• Juan Pablo Trombetta

El viejo Moncho. Por Federico Navascues

Desde tan abajo se veía eterna tu vida. Te miraba en esa bicicleta roja, cuando me paseabas por el barrio y la sonrisa se me deslizaba hasta el asfalto. Me encantaba escuchar los saludos de los vecinos:

- ¡¿Cómo anda Moncho?! ¡Que Dios lo bendiga! ¿Es su nieto mayor o el del medio?


Tu rostro para mí fue siempre el mismo; ojos luminosos y con algunas gotitas de azúcar en el centro; pelo blanco, fuerte en los costados y más solitario en el medio; rostro color caña y con arrugas zurcidas con miel; cuerpo pequeño pero erguido y voz añejada en las mejores barricas de chocolate. ¡Eras un tipo cabrón, aunque el más dulce del mundo!

Tus anécdotas fueron mi historia y tus consejos un saber fundamental. La vida nos encontró de niños y adultos, jamás voy a olvidar cuando me mirabas y con esa sonrisa burlona me decías: «a la vejez, niñez». Igual, creo que más allá del tiempo siempre viviste como un niño. Tus temores y pasiones fueron tu marcapasos, tu verdadero corazón.


¡Ojo! eras de esos tipos valientes en las fuleras. Tu España quebrada y hambrienta se alejó de un tirón y este nuevo continente te recibió con los brazos abiertos aunque en soledad. El conventillo en el que viviste en el centro, la milonga de la que te enamoraste y el Santo de Boedo, que te acompañaba los domingos, fueron tu juventud, tus perlas. Después, mi abuela, tu amor, y mi vieja, tu ángel, te acompañaron en la aventura de la vida, a la cual, un 24 de mayo de 1980, me sumé por otro de estos caprichos que tiene nuestro existir.


Honrabas «calle»; los vecinos eran tu familia: Rogelio, Abraham, el peluquero, Beto, el Panadero, López, Norberto, El chapista Miguel, Walter, Coco y Ester, Luisa y José. Todos, incluso los más de veinte carniceros y verduleros que pasaron por el barrio eran importantes. Eras así, no conocías el rencor y no medías el cariño. ¡Tampoco eras el abuelito de Heidi eh! Pero creo que la amistad siempre fue tu cultura y tu folklore. Era muy divertido escuchar cuando mi viejo te decía que tenías muchos hijos. ¡Es que los defendías a muerte! ¡Eran los mejores!

La picardía estaba en vos como el rocío en la noche; a veces jodía pero te hacia más lindo. Aquel día, con 90 años, en el que me convenciste de que te llevara a votar ya que sí o sí ibas a inclinarte por el peronismo. Entre risas recuerdo que me cagaste mal. Ni bien entraste al cuarto oscuro se te veía en el bolsillo la boleta radical. Saliste y con tu mejor cara me dijiste: «ganamos Pichín». ¡Qué hijo de puta! Igual, ese día me diste un gran ejemplo de compromiso cívico. Así fue cómo, cuatro años más tarde, tolerando el mismo chamuyo, te volví a acompañar en ese momento político. Era hermoso ver esas ganas de depositar tu opinión. ¡El «peludo» Yrigoyen había calado profundo en tu juventud!


Otro día inolvidable fue cuando te colaste en la fila de aquel supermercado. Había una oferta para comprar microondas y la cola era inmensa. Si mal no recuerdo era uno supermercado grande. Haciéndote el boludo te ubicaste a mitad de la fila, preguntando algo primero y luego, listo. Lo más gracioso fue que a los veinte minutos estabas repudiando indignado y con un llamado a la justicia que otras personas intentaban colarse. Todavía no me puedo sacar de la mente tu jeta distorsionada cuando la vieja que estaba adelante tuyo te batió: «oiga don, usté no reclame tanto que también se coló, eh». Otro hubiera escapado despavorido, vos tenías siempre un comodín. No sé como hiciste pero todos quedaron contentos. Aquella noche hubo microondas para todos cuantos lo quisieron -había millones a la venta-, pero el tuyo tenía un sabor especial.


Nunca supe por qué como sociedad valoramos tanto la picardía, a la que incluso muchas veces solemos adjetivarla como linda o sana. Si tuviera que ensayar una respuesta, diría que no todo es lo mismo; una cosa es meter la mano en la lata y otra muy distinta es probar la torta a escondidas. Yo veía en vos esta veta; la del tango. Podías ser muchas cosas pero jamás un boludo, batidor o cagador.


La calentura no te había dejado huérfano, la llevabas a flor de piel y más cuando de fútbol se trataba, o como a vos te gustaba decirlo: «fulbo». Hablabas de win, insái, fulbá, centro has, centrofobal, pero sobre todo de formaciones épicas de tu club. Me reía mucho con mi viejo y con mi hermano detrás de la puerta de tu casa cuando perdía el ciclón. ¡Las puteadas que rajabas! ¡te cagabas literalmente en todo! Lo más lindo era que nunca tenía la culpa el Pipo Gorosito y todos los demás no servían para nada, salvo cuando los echaban, ocasión en la que eufórico manifestabas: «nos rajaron al mejor hombre».

Nunca pudiste entender ese 7 a 0 con Boca. Estabas grande y eso te dolió en el alma. Te levantaste de la mesa y mirando a los presentes largaste un: «ya se va a saber lo que pasó acá». No te entraba en la cabeza terrible baile. Apelabas y acusabas al mundo de inmoral. En fin, el fútbol, a muchos de los argentinos, de vez en cuando nos mezcla en una sopa la realidad, la pasión y la locura.


Una vuelta más que se me viene en este rodeo es la baraja. No te gustaba jugar por guita pero sí te encantaba la competencia en este arte. Tu preferido era el Tute y era a lo que más jugabas. Al truco ya te proclamabas campeón así que rara vez dabas una chance. Pero que calentura te agarrabas con tus hermanos en esa mesita de madera en la cocina de tu casa. ¡No volaba ni una mosca! Pero de repente una flor de puteada podía atravesar la escena dejando a todos atónitos: ¡Pero si vas a menos, boludo! ¡Trampón! ¡Hijo de la gran puta, mirá lo que jugás!. Sinceramente estar ahí era además de un placer un verdadero show.

Miles de historias más confluyen en mi memoria al recodarte. Miles de risas y lágrimas me estremecen. Pero no puedo en estas líneas abarcar todo. Uno cuando escribe desde el corazón expresa lo que siente en ese instante y a mí, entra muchas risas y caricias, me golpearon estas anécdotas.

Es muy difícil no caer en el olvido, la vida es un camino hacia delante. Por suerte algunas personas rompen esa ley de la física y nos acompañan por siempre. Vos sos una de estas luces y alumbraste tanto pero tanto que rompiste generaciones. Mis amigos del barrio todavía te recuerdan como un personaje.

Sentí orgullo en el lugar donde estés, porque acá muchos recordamos tus picardías, cariños, calenturas y pasiones. En fin, de una u otra manera, seguís presente.


A José Ramón Losada (Moncho)


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