• Juan Pablo Trombetta

Ella Es Tan Kubrick. Por Ludmila Fernández Tapponier

«¿Quién pudiera ser gris?» decía el parche que tenía cocido en la parte de atrás de su campera de jean. Un parche de tela blanca pero ya sucio por el uso. Las letras negras y anchas. Caminaba zigzagueando cuando la vi desplomarse en el piso. Cayó en 3 tiempos, pum-pam-pum...Rodaban las monedas por la vereda y una quedó parada entre la rendija de una baldosa que se unía a la otra. Llevaba una riñonera de tela de neoprene cruzada como una bandolera no sé si porque no le entraban las cosas o por qué, pero la tenia abierta. Me acerqué, le hablé, y le puse mi buzo en la cabeza porque vi una vez en una película que hacían eso cuando alguien se desmayaba. Ella nada... no tenía sangre pero cuando me acerqué respiraba.

Agarré mi celular pero se había quedado sin batería, así que no tuve otra que abrir su riñonera y revisar. No tenía celular ni billetera. Había rollitos de billetes de $100 y algunos de $20, me llamó la atención porque un rollito era de $2 ¿quién tiene dos pesos hoy?. Seguí revisando en búsqueda de un carnet, tarjeta o algo con que la pudiera identificar. Encontré una lata metálica que tenía la imagen de unos duraznos y unas hojas verdes en un fondo blanco. Una caja de cigarrillos Parliament a la que le quedaban dos y uno estaba dado vuelta. Qué sé yo. Debe creer en la suerte todavía. Había 3 encendedores. Uno todo negro y chiquito, uno que funcionaba como chispero y otro que estaba todo cubierto con los dibujos de los planetas que ahora se lo ponen a todo.

Pasé de las cuclillas a poner el culo en el piso, me atreví a fumarme uno de los dos puchos y usé el encendedor normal, el negro. No pasaba nadie. Después de lo que pasó, la noche no era la misma, estaba desolada, vacía, pero al menos no hacía frío. Ella tenía unas medias can can negras algo rotas, una pollera de jean también, jean con jean. Zapatillas deportivas y una remera que no entendía bien cómo era. La miraba porque no podía hacer mucho más. Moverla no la iba a mover y dejarla ahí sola tampoco. Se la veía bien, como dormida, se notaba que respiraba.

Me paré. Junté algunas cosas que se habían caído más lejos. Una pasta de diente chiquita como de avión, un cepillo también chico y un brillito de labios o manteca de cacao. Abrí de vuelta la riñonera para guardar todo y vi muchos papeles, la mayoría eran tickets pero había uno que decía en letra imprenta minúscula «depende la enfermedad del momento».

Volví a sacar todo, había un cargador de celular pero no iba con mi ficha y aparte, dónde mierda lo iba a enchufar. ¿Le habrán robado el celular? ¿le robaron la billetera pero le dejaron la plata?. Abrí la caja metálica, había 3 tipos de pastillas: Valium, paracetamol, ibuprofeno y unos pedazos de pastilla rosa como los mejoralitos. Ahí mismo dije, listo, se tomó todo esto, se pasó, está ida.

Mi mamá tomaba Valium y me acuerdo cómo la dejaba. Primero el cansancio y la somnolencia. Después venía la pérdida de sensibilidad o los movimientos erráticos porque los músculos se ponen bobos, lei. Si se mezcla con alcohol te podés caer y hasta perder la conciencia. ¡Seguro que a esta piba le pasó eso! La miré, seguía inmovil pero respiraba, yo me acercaba y me fijaba todo el tiempo si respiraba y ella respiraba. El paracetamol o el ibuprofeno no le hace mal a nadie, ¡si te lo dan para todo! ¿Pero qué carajo era eso rosa?

Pasó un auto por la esquina.


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