• Juan Pablo Trombetta

Elogio del tren.

“Toma el tren hacia el sur que allá te irá bien”, canta Spinetta y ese sur puede ser este lugar de bosque y playa, aunque la canción de Almendra apuntara a la Patagonia cordillerana. Pero sea adonde sea algo del verdadero sentido del viaje se recupera cuando lo hacemos en tren. Hay algo más acorde al tiempo humano en ese abandonar rutas y autopistas. Aparte, claro, y no es un motivo menor, lo infinitamente más barato que resulta.

Dejen que les cuente a aquellos que todavía no llegaron a este pueblo por las vías: El viaje es en dos tramos. El primero, en el tren a Mar del Plata, tarda unas tres horas y media hasta llegar a General Guido. Sale temprano, tempranísimo: a las 6.22 de la mañana suena la bocina que anuncia la partida. Pero el madrugón tiene recompensa, porque poco rato después de haber salido de Constitución, se habilita el coche comedor, el mejor lugar de cualquier tren, donde se puede ver el amanecer mientras se toma algo caliente. El segundo tramo comienza en Guido, en un tren más pequeño y modesto que lleva a Divisadero atravesando literalmente la pampa. Olvidate en la mayor parte del recorrido del celular, del whastapp y del google maps, no hay señal para nada. Sí se ven molinos, el pastizal eterno, y vacas, caballos y ovejas ahí nomás, corriendo a campo traviesa cuando el ruido de la locomotora que pasa solo dos veces por día los vuelve a sorprender.

Pero volvamos al rock y al tren, porque aunque suene tan rockero hablar de rutas y motos, lo cierto es que las vías y los vagones aparecen con insistencia en las canciones. Para seguir con Spinetta, recordamos el apocalipsis de “Yo quiero ver un tren”, el escape amoroso de “Laura va” y la enigmática “Azafata del tren fantasma”. Pappo se tomaba el tren de las 16, y hasta la revista clave de los años de auge se llamó Expreso Imaginario. Hay temas al tren de Seru Giran, Guasones, Estelares, Sui Generis, La Franela.... Y La Renga, en “Oportunidad oportuna” conecta rock con mitología griega porque, como la diosa Oportunidad que los griegos representaban calva por detrás y con una larga cabellera flotando hacia adelante, las ocasiones propicias hay que cazarlas al vuelo, si dudás, ya no habrá de dónde agarrarla. Manal, en cambio, habla de vías muertas y calles con asfalto, anticipando el retroceso de los trenes que pronto comenzaría.

Pero no todos son elogios para el tren. Fue, tal vez, el definitivo comienzo de esta era frenética en la que vivimos, encadenados al tiempo y a la prisa. Tanto es así que la hora común se impuso para llegar a tiempo a la estación. Me explico. Antes del tren, cada pueblo, ciudad o aldea se arreglaba para marcar su hora de acuerdo a la salida y puesta del sol, y a sus necesidades y costumbres. Pero cuando el servicio ferroviario comenzó a unir pueblos con distintos horarios se hizo necesario sincronizar. A mediados del siglo XIX, en Inglaterra, una empresa sustituyó las horas locales de las ciudades por las que pasaba su línea de tren, por una común. “Tiempo ferroviario” lo llamaron. Poco después todas las compañías ferroviarias se ajustaron al horario del Observatorio de Greenwich y finalmente en 1880 el gobierno británico lo adoptó como “hora oficial”. Pronto todos los países siguieron el ejemplo.

Aunque sea así, nadie puede negarle el encanto. Quizás porque la experiencia en tren es más colectiva. O porque convoca al verdadero viaje más que ningún otro medio de transporte y despierta en nosotros el espíritu nómade. Como dice Michel Onfray en “Teoría del viaje”, el mundo se divide entre los que aman el camino y los que prefieren la madriguera, entre los pastores y los agricultores. Según su mirada, el mundo de hoy fue diseñado por estos últimos, los que se instalan, siembran, construyen casas, ciudades, imperios, religiones. Los pastores en cambio recorren, andan a su aire. “El nómade -dice- inquieta a los poderes, se convierte en el incontrolable, el electrón libre imposible de seguir y, por lo tanto, de fijar, de asignar”. El viaje como una forma de ser, un tiempo distinto, en el que no somos del todo nosotros mismos. O lo somos más que nunca.

Cada uno tendrá sus recuerdos, su memoria ferroviaria favorita. Para mí es la del tren que de la estación Urquiza partió hacia Paso de los Libres, primer tramo en el recorrido que nos llevaría a Buzios. Eran los oscuros y asfixiantes años de la dictadura, y necesitábamos alejarnos del terror que asolaba las calles de Buenos Aires. Por las dudas, por el miedo, decidimos ir por separado, subir al tren cada uno por la suya, y esperar que arranque. Entonces comenzamos a buscarnos, bamboleantes, por los pasillos. El abrazo que nos dimos lo atesoro en la piel y en el alma. Cada tren es un poco aquel tren de la libertad.

Dos comentarios en el estribo. El regreso a Caba también tiene su gracia, porque sale después del mediodía y entonces es el atardecer el que se te ofrece allí, todo cielo y pampa para vos, en la mesa del coche comedor. Por último, aunque es cierto que no llega hasta aquí mismo, podés optar, si ningún vecino o amigo te busca en auto, por tomar allí el Costa Azul hasta la Terminal de Ómnibus o una combi que te lleva hasta la puerta de tu casa. Toma el tren hacía aquí.

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