• Juan Pablo Trombetta

En los albores de un mundo multipolar. Por Alejandro Silva

Me resulta imposible empezar cualquier análisis sobre lo que está sucediendo en Europa del Este sin tomar en cuenta lo humanitariamente trágica que es cualquier guerra, en donde jóvenes que no se conocen ni se odian, se matan entre sí por decisión de viejos que sí se conocen y se odian pero no se matan. Hasta con cierta indiferencia naturalizamos eufemismos discursivos como “operaciones quirúrgicas” donde exclusivamente se atacan objetivos militares, suponiendo que los militares que en ellas participan no entran en la categoría de seres humanos, y que también se matan a civiles considerados con otro eufemismo como “daños colaterales”. Es incomprensible que, en pleno siglo XXI, y con la experiencia acumulada de horrendos genocidios étnicos y raciales, no haya podido primar la política y la diplomacia como expresión de consensos para encontrar una solución negociada por sobre la acción militar, sobre todo teniendo en cuenta que los actores involucrados directa e indirectamente son potencias con capacidad de destrucción nuclear planetaria.

Queda claro que las acciones militares se desarrollan en territorio ucraniano, pero este nuevo formato de guerra híbrida se juega en varios frentes. Así es como se han alineado los intereses de Washington y su brazo militar, la Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), junto a unos cada vez más vacilantes miembros de la Unión Europea e incluyendo a las megaempresas digitales GAFAM (Google, Amazon, Facebook, Apple, Microsoft) asfixiando a la Federación Rusa tanto en lo político, económico, financiero, monetario, comercial, mediático, digital, cultural, deportivo, espacial etc., creando una guerra de nuevo tipo a escala mundial tanto física como virtual.

Es imprescindible condenar a todas las guerras, y no solo a las que el bloque occidental y neoliberal necesita magnificar su visibilización de acuerdo a sus propios intereses geopolíticos. Los conflictos en Yemen, Somalia y Siria son igual o más cruentos que el de Ucrania, pero practican otras religiones y sus ojos y color de piel no empatizan con el biotipo estereotipado occidental. Como no horrorizarse con lo que hoy ocurre en el peñón de Gibraltar español, la ilegitima base de detención y tortura norteamericana de Guantánamo en territorio cubano, en Cisjordania territorio palestino y la franja de Gaza, en Irak y Libia, en la balcanización en siete países por parte de la OTAN en la antigua Yugoslavia, o en nuestras islas Malvinas, remora de un enclave colonial militarizado y con cada vez más armamento nuclear. Es francamente obsceno que un imperio en franca decadencia como los Estados Unidos, presumido y nostálgico líder de un extinto mundo unipolar, aún tenga 700 bases militares repartidas en 80 países y se arrogue la posibilidad de imponer una arquitectura geopolítica como gendarmes y custodios de una democracia exportable con prerrogativas de vasallaje sobre países soberanos.

El mundo fue cambiando y el terco proyecto impulsado desde Washington y Bruselas entró en crisis. Este es el motivo por el cual una potencia militar y política como Rusia y una comercial como China forman parte del nuevo eje del mal. La tragedia bélica en Ucrania no puede ser comprendida sin este novedoso triángulo de poder global que quebró definitivamente el unipolarismo autoritario iniciado en 2001 luego de la guerra fría. Tras el traumático desmembramiento de la Unión Soviética en 15 países, en unos escasos veinte años, la actual Federación Rusa se reinventó y consolidó un nuevo sentido nacional a una sociedad diversa, multicultural y polifónica en la que conviven más de 30 lenguas sobre una población de 144 millones de personas, en el territorio soberano más grande del mundo con 17 millones de kilómetros cuadrados y con un autoabastecimiento alimenticio y energético debido a sus inconmensurables recursos naturales. El actual gobierno, presidido las últimos dos décadas por Vladimir Putin, entre otras medidas para evitar la desintegración de la Federación y consolidar las elefantiásicas capacidades estatales, robusteció una alianza espiritual con la Iglesia Ortodoxa Rusa, de ahí su inflexible postura en relación a las disidencias sexuales, incentivó la legítima vocación de volver a convertirse en una potencia geopolítica global y para ello fue necesario fortalecer a unas fuerzas armadas con una larga tradición de exitosos enfrentamientos, como los del Ejército Rojo quienes en 1942 lanzaron la operación “Urano”, un colosal movimiento de 500.000 hombres que aplastaron la retaguardia alemana del 6º Ejército en Stalingrado, poniendo fin a la segunda guerra mundial, muy a pesar de las insistentes falacias de Hollywood.

Es entendible que con las capacidades Rusas en franca expansión, sumado a un acuerdo estratégico con la República Popular China que le permita generar una sinergia comercial y militar ante las obvias y estériles sanciones impuestas por occidente, una Alemania sin una estadista de peso como Angela Merkel al mando y con una dependencia de 40% del gas ruso para sus viviendas e industrias, y midiendo sus movimientos de ajedrecista geopolítico, el gobierno ruso haya evaluado que la expansión de la OTAN sobre sus líneas rojas debido a la instalación de bases militares en países limítrofes, debía tener un límite y un reconocimiento de occidente como potencia mundial.

Es deseable recordar que, en la península de Crimea en el año 1945, en la histórica conferencia de Yalta, Iósif Stalin por la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, Winston Churchill por el Reino Unido de Gran Bretaña y Franklin Delano Roosevelt por los Estados Unidos de Norteamérica, pactaron áreas de influencia de las potencias triunfadoras y un mecanismo de interconsulta para abordar problemas internacionales de interés mutuo. De manera inconsulta en 1949, Estados Unidos generó la OTAN con la asociación de diversos Estados europeos con el exclusivo propósito de defender a occidente de una maniquea hostilidad soviética. En 1955 la URSS y sus aliados respondieron a la OTAN mediante el Pacto de Varsovia, el cual tras la caída del Muro de Berlín en 1989, y la disolución de la URSS en 1991 cesó su existencia. En consecuencia, ese mismo año se firmarían los acuerdos recíprocos entre la naciente Federación de Rusia y la OTAN que darían lugar al mundo post soviético. De ahí en más Rusia nunca ha dejado de reclamar ante todo tipo de fueros internacionales, que todos los Estados del antiguo Pacto de Varsovia fueron anexados a la OTAN, como la República Checa, Hungría y Polonia en los noventa, Bulgaria, Estonia, Letonia, Rumanía, Eslovaquia y Albania en la siguiente década, de modo violatorio de los tratados precedentes. En el marco del respeto de las seguridades mutuas, nunca estuvo previsto que los Estados Unidos tuvieran fuerzas militares en Polonia y en los países bálticos, a escasos kilómetros de Moscú, aunque esto resulte hoy un dato de color.

Para una fortalecida Federación Rusa, la solicitud de Ucrania de ingresar a la Unión Europea y a la OTAN y la violación sistemática de los acuerdos de Minsk de 1991 y 2014, se entiende como un riesgo fundamental para su propia seguridad estratégica, algo de lo que no hablan la mercenaria vocería occidental. Para interpretar el anclaje geopolítico de un posible ingreso de Ucrania a la OTAN hagamos el ejercicio de imaginar si México decidiera una estrategia militar conjunta con Rusia e instalara misiles apuntando a Estados Unidos, tal lo ocurrido en 1962 en Bahía de Cochinos cuando Rusia viajaba a Cuba con misiles, o si Gran Bretaña hiciera lo mismo en Chile. Los argentinos sabemos bien qué es la OTAN, esa fuerza conducida por Estados Unidos y Reino Unido, que masacraron a nuestros hermanos en Malvinas en 1982. Insisto, absolutamente nada justifica la muerte de personas, de ninguna etnia, nacionalidad o religión, aunque hay que entender contextualmente las circunstancias históricas y políticas que generaron este conflicto, no para que sirva de digerible atenuante, sino para intentar no repetir la trágica historia, porque si este conflicto no dejara de escalar, el riesgo de la devastación nuclear dejara de ser una ficción de botones rojos.


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