• Juan Pablo Trombetta

En pandemia, no existe la salvación individual. Por Oscar Rescia

Meses atrás, releyendo algunas columnas sobre la realidad sanitaria internacional, vi que no existen grandes diferencias en la complejidad que los gobiernos atraviesan para inmunizar a su población. Que los reparos libertarios se expresaban de un modo semejante en países del este como del oeste. Entre sociedades con gran desarrollo y mediano desarrollo tecnológico. También entre sociedades con gran desarrollo económico como con desarrollo moderado. Que el concepto de los antivacunas se conformaba de un modo semejante en diferentes sociedades. Y que estas conductas se armaban de igual modo entre las derechas clásicas y ortodoxas como de sectores juveniles sin trayectorias políticas conocidas. Comencé a ver que era más riesgoso que sectores con una conducta «provacunas» para con ellos mismos, se mostraran indiferentes o tolerantes con los antivacunas, sin comprender que su conducta tolerante los hará cómplices del fracaso de las políticas sanitarias. Veamos por qué sostengo esta posición...

Cientos de años antes de Cristo, la especie humana comenzaba a vivir sus primeras experiencias pandémicas como consecuencia del aumento poblacional. Era «la viruela». El 10% de la población romana sucumbió. Fue este virus, el que junto a la pólvora y a la caballería de los invasores españoles y portugueses en América, había diezmado al 90% de la población nativa. Para el siglo XX sumaban unos 300 millones los muertos por la viruela. Pero en 1980 gracias a los acuerdos internacionales de muchos gobiernos y otros tantos organismos científicos, armonizando los avances del conocimiento con los acuerdos económicos se logró, coordinado por la OMS, eliminar la viruela y a todos sus reservorios. Finalmente la viruela fue erradicada.

La poliomielitis, producto de una agresión a las motoneuronas de la medula espinal, que dejaba paralíticos a más de 1000 niños por día, que eran los que lograban sobrevivir gracias a los respiradores mecánicos (pulmotores), fueron decreciendo en el transcurso de los años. En parte por la vacuna Salk allá por la década del 50 y luego por la Sabin en la del 60. Fue recién en 1988 cuando nuevamente la OMS y el esfuerzo de muchos países logran erradicar de Asia y algunos países de África los últimos vestigios de polio, para finalmente en 2019 declarar a la población mundial libre del virus de la poliomielitis.

El sarampión y la rubeola se consideran eliminados gracias a la vacuna triple viral contra papera, sarampión y rubeola en el año 2015. No obstante, hay ciertos cuidados de control que aun debemos guardar. El sarampión que causaba 2,6 millones de muertes por año aun continúa dándonos algunos sustos, motivos por el cual debemos mantenernos alertas pero fundamentalmente «solidarios». Un solo pueblo que fracasa en el control, nos condena al fracaso a todos. Un solo sector de la población que burla los protocolos nos condena a que el virus continúe multiplicándose. Los virus no respetan las fronteras. La velocidad en las comunicaciones posibilita en cuestión de horas el traspaso de las pandemias de un país a otro.

Situaciones semejantes, pero con virus menos agresivos, se da con la gripe.

La mayoría de los pacientes con HIV que recibieron los avances con el tratamiento anti-retroviral estaban en países de ingresos altos. Sin embargo, la mayoría de las personas que viven con el HIV se encuentran en países de ingresos bajos. La idea de que solamente pudieran sobrevivir a esta enfermedad las poblaciones con una economía privilegiada era amoral y éticamente inaceptable. En 2005, nuevamente con la cooperación y la solidaridad, con la creación del Fondo Mundial de Lucha contra el SIDA, comenzaron a fluir los miles de millones necesarios.

Me cuestionaba a mí mismo si era yo el que debiera obligar a vacunarse contra el covid 19 a los libertarios antivacunas, o en realidad son ellos los que me estarían obligando a padecer los protocolos, a padecer las cuarentenas, a vivir pendiente de riesgos de secuelas o de fallecimientos, a tener que vacunarme cada cuatro o cinco meses, o necesitar una cama de hospital o terapia y no tenerla tan solo por la actitud individualista de los anti vacunas.

En la medida que un reservorio humano, siga dando alojamiento al virus del covid para que sobreviva y se replique, para que pueda mutar y transformarse en un virus más agresivo, más letal, nos estará obligando a permanecer en situación de alarma a perpetuidad. Peor aún, esas mutaciones lograrán que las vacunas dejen de ser efectivas pues dejarán de reconocer a ese virus que mutó. Son esos falsos libertarios los que nos obligarán a nosotros.

Tal como pasó con la viruela, el sarampión, la fiebre bovina, la rubeola, la gripe o la poliomielitis, solo la actitud solidaria de los estados, de las empresas farmacológicas que comprendan que el derecho a la salud es un derecho humano, no pasible de comercializarse es que podremos erradicar al covid.

Mientras haya un solo país sin vacunas, mientras haya gobiernos que acaparen dosis, ante la soledad de otros gobiernos que no cuentan con los medios suficientes, mientras haya una población incompletamente vacunada, estaremos todos en libertad condicional. En pandemia no existe la salvación individual en tanto el virus siga multiplicándose y mutando, y nosotros corriendo detrás. Ya son miles de millones los vacunados. Y todavía los beneficios son ampliamente superiores a los pequeños trastornos.


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