• Juan Pablo Trombetta

Entre árboles charlatanes. Por Victor Hugo Morales

Hay quienes sostienen que la primera impresión es la que vale. Hasta existe un estudio de una universidad norteamericana aseverando que la mayoría de las veces, lo que sentimos en el primer encuentro con alguien, será la idea definitiva. El caso de Juan Forn le da sustento a una idea que parece tan discutible. A Juan lo conocí en la casa de Juan Pablo Trombetta en Mar de las Pampas, una tardecita en la que el olor del mar impresionaba tanto como la cabellera rubia del escritor. Por estos días tristones de junio pensé en esa única vez que lo traté. Evocar ese momento me remite a los médanos, al bosque, al pelo deliberadamente desordenado, y a la conversación que tenía la paciencia y la expectativa de quien amasa y sabe que en eso está el secreto. Un ser querible al instante. Un tipo que se quedaba para siempre en uno. Era evidente que había vivido mucho, atravesando experiencias fuertes que ya no importan. Derrumbadas o asumidas. Sencillo y sabio, mejor no me podía caer. Nada que demostrar, posiblemente a nadie, lo hacía creíble y disfrutable. Unos años después, al cabo de lecturas a las que acudía con el orgullo de «yo lo conocí y lo traté», y leyendo lo que otros escritores dicen de él, le doy la razón a las universidades y escuelas de la vida que sustentan la idea de que lo que vale es la primera vez. Y eso es para siempre. Juan Forn recibe tanto amor en estos días que provoca envidia. Para morirte, no habiendo más remedio, mejor morirte así; adorado por lo que hiciste por la literatura y por los amigos. Lo importante para él, era el otro, es evidente. Ese otro escritor por el que luchó para darle las oportunidades que Silvina Friera menciona en su maravilloso artículo publicado en Página12, el de la primera despedida que, todavía perplejos, escriben quienes lo conocieron. Aquellos que con Juan Forn discutieron de literatura, los que se emborracharon con él, los que recibieron el espaldarazo de un editor generoso. Y también los que atesoramos un encuentro con el mar atravesando las narinas, entre árboles charlatanes, y la creciente certeza de estar conociendo a un tipo genial y buena gente.

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