• Juan Pablo Trombetta

Fútbol y dictadura. Por Juan Martin Trombetta

Año 1978, Estadio Monumental. De Videla a Passarella. Una sonrisa, un apretón de manos, y un pulgar para arriba cómplice dirigido al público. Del dictador al capitán. Así recibimos los argentinos la Copa del Mundo por primera vez. El gobierno de facto se había encargado de organizar el Mundial; el título era necesario para tapar todo lo que sucedía en el país. Esta necesidad de Videla y sus secuaces dio lugar a uno de los partidos más polémicos de la historia de los mundiales, el famoso Argentina 6 - Perú 0, con una actitud llamativamente apática y desganada por parte del equipo incaico. Ese día Perú recibió la misma cantidad de goles que había recibido en los cinco partidos anteriores del torneo. La abultada diferencia permitió que Argentina llegara a la final contra Holanda, relegando a Brasil al partido por el tercer puesto.

Unos años antes, en el repechaje para el Mundial de 1974, se cruzaron URSS y Chile. El partido de ida se jugó en Moscú, el 26 de septiembre de 1973, apenas quince días después del golpe de Pinochet a Salvador Allende. El equipo chileno solo pudo salir del país bajo la condición de no hacer ningún tipo de declaración política, con sus familiares bajo vigilancia como garantía. La URSS, además, era un aliado importante del gobierno de Allende, por lo que condenó el golpe y no reconoció al nuevo gobierno. Bajo este clima tenso se disputó el partido; un 0 a 0 sin periodistas ni cámaras en el estadio.

El partido de vuelta debía jugarse el 21 de noviembre en el Estadio Nacional de Santiago. Pero había un inconveniente, la dictadura chilena estaba usando ese estadio como centro de detención, e incluso durante el levantamiento militar ejecutaron opositores en el lugar. Los soviéticos pidieron cambiar la sede, y jugar en un lugar neutral. La federación chilena propuso jugar en el país, pero en otra cancha. Pero la junta militar se negó, quería forzar una sensación de normalidad, y al mismo tiempo demostrar que podían vencer al comunismo. El estadio recibió una comisión de la FIFA para evaluar sus condiciones, en él todavía había unos siete mil presos políticos a los que ocultaron dentro de las instalaciones, y pese a esto la FIFA autorizó el escenario. En este contexto la URSS decidió no presentarse a disputar el partido. Los chilenos, con casi dieciocho mil personas en la cancha, jugaron igual: sacaron del medio y el capitán «Chamaco» Valdés metió un gol sin oposición. Finalmente, al ya tener las entradas vendidas, se jugó un partido contra el Santos -sin Pelé- que Chile perdió 5-0. Durante el partido los detenidos fueron trasladados a otro centro de detención en el desierto de Atacama.

Pero la utilización del fútbol por parte de las dictaduras y el poder no fue un fenómeno únicamente sudamericano. Por nombrar un ejemplo, podemos ver el éxito del Schalke 04, que durante el Tercer Reich conquistó seis de las siete ligas que obtuvo en toda su historia. El Schalke utilizaba frases propias de Goebbels, ministro de propaganda nazi, que aseguraba que «ganar un partido tenía más importancia para la gente que invadir una ciudad del este de Europa». Durante ese período el club llegó a estar cuatro años invicto, como referente de una liga en la que los jugadores realizaban el saludo nazi antes de los partidos. El Bayern Munich y el Borussia Dortmund, los clubes alemanes más importantes en la actualidad y los mayores rivales del Schalke en esa época, tuvieron que cambiar sus presidentes, ya que Hitler ordenó que los dirigentes tenían que ser arios.

Otro caso similar se dio con un aliado del nazismo, Benito Mussolini logró organizar y ganar el mundial de 1934 con Italia. Uno de los recursos que utilizó fue convencer a varios extranjeros para que representaran a la azzurra, entre ellos a tres argentinos, Orsi, Guaita y Monti. Este último, que en el Mundial de 1930 había sido subcampeón con Argentina -después de perder la final con el local, Uruguay- declaró años más tarde: «si en Uruguay ganaba me mataban, y si en Italia perdía me fusilaban. Era mucho para un futbolista». Antes de la final, Mussolini envió un fax al técnico del equipo, Vittorio Pozzo, que decía «Vencer o morir», y durante el entretiempo de la final contra Checoslovaquia, con el partido todavía sin goles, Mussolini volvió a hablar con el «que Dios lo ayude si llega a fracasar».

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