• Juan Pablo Trombetta

Fuego hay uno solo. Por Nico Sujo

En el ochenta y cuatro, Mario era un joven empresario de veintiséis años. Su hija mayor estaba por empezar el jardín de infantes y su hijo menor se formaba en la panza de la mamá, la primera esposa de Mario. Ya para ese momento el matrimonio se había separado y había iniciado los trámites de divorcio. La última semana de septiembre, Mario y su primo Roberto, socios en básicamente todo, tenían que pagarle al hombre del seguro los quinientos pesos que resguardaban la mercadería del depósito de Avellaneda. Era bastante plata, pero los socios estimaban que tenían algo así como un millón de dólares en electrodomésticos que necesitaban asegurar contra robo y daños ocasionales. Ese miércoles, el hombre del seguro los llamó por teléfono y les dijo que estaba en la costa de vacaciones con la familia, y que volvería el lunes.

El sábado a la mañana una pequeña falla eléctrica en el depósito de al lado inició una llamita. Ahí se almacenaban muebles de pino sin tratar, y esa llamita creció para calcinar todos los depósitos de la manzana. Dos dotaciones de bomberos controlaron el fuego. El vigilante nocturno, que podría haber evitado el siniestro, se había ido hacía poco tiempo. Así que nadie salió herido, pero los primos perdieron toda la mercadería. El lunes a primera hora Mario llamó a la compañía del seguro, le contó lo sucedido y tuvo la peor noticia de su joven vida. El seguro le ratificó que adeudaba no solo la cuota de septiembre, sino también la de agosto, por lo que no se le pagaría un solo centavo.

Mario no sabía ni cómo haría para depositar los salarios de sus tres empleados durante esa semana. Los socios estaban realmente deprimidos, se barajaba el suicidio colectivo seriamente. Tras una semana de estar tirado en la cama, Mario pensó que se mataba ahí o empezaba de nuevo. Decidió lo segundo, así que se vistió y fue para lo del primo. Lo encontró en la cama, le dijo que se levantara, que empezaban de nuevo.

En julio de dos mil nueve, Elvio caminaba por Corrientes cuando se dispuso a cruzar la Av. 9 de Julio. Hasta ese momento era un sábado de lo más normal. Al mediodía había recibido en su casa a su hija Victoria, que se había mudado a un edificio nuevo por Belgrano, dejando así la casa de sus padres. Elvio estaba distraído, pensando en Vicky, en cómo pasa el tiempo y como era un viejo de sesenta y seis años. Por eso no vió doblar al citroen negro, solo sintió dos golpes: el primero contra el auto, y el segundo contra la calle. El conductor frenó y llamó a una ambulancia, que no tardó ni diez minutos en aparecer en escena. En el hospital Alemán, los doctores se asombraron de lo bien que estaba Elvio, solo tenía heridas menores y una fractura en el codo izquierdo.

Cuando Victoria atendió el teléfono en su nuevo departamento se horrorizó al escuchar que su papá, al que había visto hacía pocas horas, estaba ahora internado. Cortó y salió corriendo, dejando prendido el aire acondicionado en modo calefacción a toda potencia. Se tranquilizó al ver a su padre descansando con una sonrisa. Él le explicó que estaba todo bien, salvo una manchita negra en la tomografía que le hicieron al ingresar. Los médicos le dijeron que debía ser un error, pero que iban a repetir el procedimiento. Ella le respondió que se iba a quedar con él, para que su mamá pudiera volver a la casa a descansar. Pero la mancha negra no era un error, y en la segunda tomografía los médicos encontraron un tumor maligno de rápido crecimiento. Elvio entró de urgencia al quirófano, donde le extirparon completamente el tumor fulminante que era todavía pequeño. Nadie lo podía creer, pero Elvio se había salvado porque lo habían atropellado. El cirujano principal le contó a Victoria que ese tumor habría matado a su papá en tres meses, y no hubieran podido hacer nada sin esa temprana detección. Esa noche, tras la operación, Victoria se quedó en el hospital para acompañar a su papá.

Mientras Victoria pasaba por una montaña rusa emocional, en el octavo piso del edificio de Belgrano, el aire acondicionado hizo que los cables recalentaran el durlock sobre el que estaba apoyado el aparato. El edificio se había terminado a las apuradas, y la instalación eléctrica era un tanto precaria. Así fue como se prendió fuego el techo de durlock y el resto del departamento. Las alarmas no sonaron, así que los primeros vecinos en notar el humo bajaron corriendo por las escaleras. Excepto Marcela, del noveno B, que no tuvo mejor idea que llamar al ascensor, entrar y marcar la planta baja. Como el ascensor no cerraba las puertas, Marcela desistió y bajó por escalera. Los primeros vecinos en bajar notificaron al encargado, que alertó por el portero a todas las unidades. Pero en el noveno C, Mario no respondía. Todos imaginaron que debía estar en otro lado. El cuartel de bomberos estaba a una cuadra del edificio, así que llegó a los tres minutos y controló las llamas en poco tiempo.

Esa mañana cuando se levantó, Mario notó que las paredes blancas de su nuevo departamento habían amanecido grises, pero no entendía qué estaba pasando. Salió para la planta baja con la intención de preguntarle al encargado si sabía algo, pero el ascensor no funcionaba, así que bajó por la escaleras. El encargado no podía creer cuando lo vió, le preguntó casi a los gritos donde había estado la noche anterior. Mario le dijo que dormía profundamente. El encargado le contó del incendió y Mario puso cara seria. Ahora entiendo que fuego hay uno solo, le dijo al encargado, que lo miró sin entender de qué hablaba. Mario salió del edificio, prendió un pucho y se fue para lo del primo. Tenía una historia para contarle.

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