• Juan Pablo Trombetta

Hablando de rock en el bosque. Por Adriana Franco

Sentados en el bosque, mi amigo Ricky me cuenta el entusiasmo que sintió al volver a escuchar música en vivo. Recuerda, cerveza de por medio, como el Cosquín rock de febrero de 2020 quedó grabado a fuego en su mente. No solo por todas las bandas que escuchó, disfrutó y descubrió en las largas jornadas del festival, yendo de escenario a escenario, sino también y sobre todo por cómo toda aquella circulación de gente, todo ese contacto con cuerpos disfrutando colectivamente de la música, le rondaba por la cabeza como un sueño unas semanas después en ese nuevo mundo que nos impuso repentinamente la pandemia. Juntos recordamos también la magia de la que fuimos testigos cuando Palo Pandolfo tocó acá nomás, en La Zorra de Mar Azul, para un público mucho más pequeño que quedó transfigurado en aquella increíble noche de eclipse. Y lloramos por dentro la certeza de que ya no volvería a repetirse.

Mi amigo es de aquellos que no abandonan el placer de ir a recitales aunque las décadas pasen y las canas crezcan. Por eso, porque sigue siendo curioso, me pregunta en un momento sobre La Renga, que unos días antes de nuestra charla había tocado en Córdoba. Muchos conocidos suyos habían viajado para no perderse este regreso, como si se tratara de una cita ineludible. Otros irían a Salta, San Luis o Río Negro, los restantes puntos del recorrido rengo. ¿Hace mucho que no tocaban?, pregunta mi amigo. Bueno, claro, fue la pandemia, dice. Pero eso no le alcanza para entender. Intento tirar algunas pistas. Le digo que tampoco habían tocado en el país en 2019, que sus shows convocan a mucha gente, que eso requiere de una gran logística y por lo tanto no son tan frecuentes; además, agrego, estuvieron grabando su nuevo disco, “Alejado de la red”, que acaba de salir y que justamente están presentando. Me mira con cara de que aún no es suficiente. Ya lo dije, es un escucha atento, informado, y se da cuenta de que hay algo que se le escapa. Quizás, esbozo, es porque la banda de Mataderos decidió hace rato quedarse fuera de los radares. De los radares mediáticos, le aclaro. Que eligieron no estar donde casi todos quieren estar, no aparecer en los principales diarios, ni en las revistas importantes, ni en la televisión. Es como si La Renga se moviera en los márgenes, en ese “caminito al costado del mundo”, como ellos mismos lo definieron en una canción hace ya más de veinte años. Y que como no están en los lugares esperados, no hay ni grandes productoras ni marcas sponsors que inviten a los periodistas a cubrir los shows. Conclusión, no aparecen en los medios.

Claro, dice. Pero en sus ojos veo que eso podría explicar que él no esté muy enterado, pero no por qué más de 50 mil personas fueron a Córdoba a verlos. En esa paradoja quizás también haya una pista, porque hablar de cuánta gente va, cuántos discos venden, pensar en números en definitiva, nos hace caer en la misma trampa de siempre. En las redes del pensar ordinario y especulativo. La propuesta es otra, le digo, aunque ya está esbozado en el título del nuevo disco porque, vale la aclaración -o mi interpretación personal-, no es a las redes sociales a las que alude sino a esa matrix que todo lo cubre y que nos formatea el pensamiento, el cuerpo y las emociones.

Le intento transmitir que La Renga recupera en vivo el verdadero sentido de la fiesta, aquel que tiene el poder de alterar lo cotidiano para revelarnos que podemos, que debemos, ser mejores. Porque sobre el escenario hay una banda que canta que aunque el mundo parezca un caso perdido, aún estamos de pie. Y que el arma es la música, una canción lanzada hacia una nueva estación, hacia el futuro, le digo citando parte de las nuevas canciones, para no caer en el cliché de los clásicos.

Y pienso, y ya no hablo, que quizás se trata de esa chispa sagrada del rock, aquello imposible de explicar, pero que se detecta telepáticamente, que se tiene o no se tiene. Eso que distinguió al rock del rock and roll como mero ritmo. Una intención, una intuición, un ir más allá de lo pautado. Un recuperar el espíritu original. Mientras divago, presiento que a mi amigo el asunto le empieza a cerrar y lo confirmo cuando dice que ahora cree entender por qué Willy Quiroga, de Vox Dei, una de las bandas fundadoras del rock argentino, estuvo como invitado del show. Sí, le confirmo, siempre han honrado a quienes señalaron el camino y que en muchos casos son injustamente olvidados por la industria y los medios.

La cosa, lo veo en sus ojos de rockero de mil recitales, lo está entusiasmando de verdad. Imagino que está barajando posibilidades para ir a alguna de las fechas pero que viene complicado. Lo tranquilizo diciéndole que seguramente este año haya más que estos cuatro shows. Que el camino es largo, pero que, se lo puedo asegurar, siempre va a tener corazón. Y mucho rock.

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