• Juan Pablo Trombetta

Juan. Por Federico Guma

Domingo, día del padre, asado en familia, sobremesa, se hace la tarde y cuando empezaba a caer el sol, ahí nomás, repentinamente, se hizo de noche. Recibo un llamado que me paraliza, incrédulo, y medio grogui, pienso estúpidamente como se va a morir si mañana íbamos a ver el partido.

Qué expresar frente a su sorpresiva muerte… se ha escrito sobre sus cualidades de escritor, editor, traductor y demás yerbas; sobre su «tarea profesional» y su oficio. Podría apuntar algo de eso, inclusive hacerlo desde el lugar del amigo al que le confió algunas de sus intimidades literarias; lo que significó su iniciático «Corazones cautivos más arriba», el bombazo de «Nadar de noche», su amor por «María Domecq», la calidad literaria de sus tremendas contratapas.

Pensé en escribir sobre algo de esto y unir a ello aspectos de su persona que conozco por ser su amigo: sus veranos familiares en La Cumbre; la muerte de su padre; el agitado viaje a los EEUU.; y lo que implicó la interminable corrección de María Domecq. También de sus contratapas, todos por acá sabemos lo que para él significaron; la dedicación, la lectura, las caminatas playeras acomodando ideas, sus ausencias por haber quedado «filtrado» después de las entregas.

Pero no, prefiero hablar con simpleza del amigo, del buen amigo, risueño, dulcero como pocos, caminante, nadador, amante del sol y del mar y tantas cosas más.

Veo su vida, nuestra vida, en fotos, como la tarde que el Turco me dice «…viene mi vecino a la cena en el parador, ¿lo llevamos en tu jeep?» Ese día lo conocí; salió de su casa al trotecito, pegó un salto, subió a la caja y después de presentarnos entre charlas enfrentamos el viento playero.

Le gustaba el fútbol con locura. Vimos juntos incontables partidos, té de por medio, hasta me regaló una jarra, de las de vidrio con el filtro adentro para poder tomar té decente en mi casa. Era común verlo con su caja de la infusión en hebras o saquitos de los buenos a cuesta, era muy pero muy gracioso oírlo despotricar en los cafés cuando le dejaban una tetera con poca agua.

Reuniones, charlas, viajes, almuerzos, cenas, llamados, té, mate, restaurantes, biblioteca, consultas médicas, internaciones, «su» Rusia, «su» Japón, y tantas cosas más vivimos estos años.

Ahora bien hay un punto donde su oficio y nuestra amistad se unen. Juan fue un tipo que influyó enormemente en mí en el aspecto literario y mi biblioteca es prueba de ello. Claramente era un estimulador, te hablaba de un autor, de un libro e inmediatamente ibas a buscarlo; «…lo tengo Gumita, llevalo…», «…dejá Juan, lo compro así lo marco…» este diálogo que se dio infinitas veces entre nosotros. Estos años.

Insisto era un estimulador a la lectura. Él no erraba consejo y yo le tenía una fe ciega.

Recuerdo años en que viajábamos a Mar del Plata. Salíamos temprano por la mañana, cada uno hacía sus cosas y tirando al mediodía nos encontrábamos para ir a una librería de «viejos». Tenía un subsuelo enorme, enorme con libros hasta el techo, de esas con escaleras que tienen guía y ruedas; nos agarraba la tarde trepados los dos en solitario buscando libros y viendo códigos para saber los precios. Uno de esos días llegamos y solo había libros nuevos, fue el fin de la fiesta, salimos los dos puteando.

Autores desconocidos para mí, muchos, hoy son parte de mis lecturas, otros que conocía los empecé a leer en clave distinta.

Se afirma que para muestra basta un botón; Juan dice un día «hay un libro que es una bomba», acto seguido describe meticulosamente la vida del autor, de su obra, del propio libro. Juan te despertaba el interés de tal manera que terminabas devorándolo. Así por ejemplo descubrí «Vida y destino»; menciono este libro no sólo porque es un ladrillo de oro de la literatura sino porque el día que me habló de él, nos habló de él, sentenció: «…es un libro caro y largo, cómprenlo en cuotas, léanlo en cuotas…».

Ese era Juan.

La muerte es incomprensible. Su muerte me resulta incomprensible.

En estos días he leído casi todo lo que se ha escrito sobre él; copio aquí a alguien que para mí definió su muerte con precisión de relojero, fue un «garrotazo», eso es lo que siento.

Abrazo hermano.


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