• Juan Pablo Trombetta

La golosina más amarga. Por Nacho López

No sé cuántos años tendría, pero calculo que no más de ocho. Era una tarde otoñal, como la de ahora, pero nada que ver a las de ahora. Los Paraísos con sus bolillas amarillas encandilaban sonrisas en toda la cuadra. Las vecinas y vecinos con sus sillas en la vereda, la pava humeante y esos mates interminables custodiando cada paso de la calle. El cielo se veía despejado, aunque hubiera nubes, pues la mayoría de casas bajas del barrio, permitía admirar el paisaje natural. Los “ochenta” se estaban estrenando. Yo no comprendía de dictaduras pero ya tenía a mi miedo bien afincado dentro de mí. Como era costumbre, volviendo de acompañar a mi madre a hacer compras en aquel Falcon celeste, nos detuvimos en la esquina de mi casa para hacer la última parada antes de volver al hogar con las provisiones a cuestas. En esa esquina, estaba el kiosko al que yo visitaba no menos de seis o siete veces diariamente. Sin embargo, ese día, ningún dulce me consolaría. Apenas nos bajamos del auto, veo a una chica, adolescente, de dieciséis aproximadamente, llorando como pocas veces había visto llorar a alguien. Una amiga intentaba abrigarla de abrazos, pero sus lágrimas se desparramaban formando un charco alrededor. La escena me conmovió en demasía. Hasta que mi madre actuó. La vi acercarse hasta la chica, y preguntarle qué era lo que le pasaba. Tras esperar un par de minutos que el llanto aminorara y le permitiera, al menos, pronunciar alguna palabra. Todo sucedía en cámara lenta. Yo observaba la bufanda de esa chica, llena de mocos y angustia que flameaba en su cuello, las hojas volaban despacio como papelitos en la cancha. Su amiga no le soltaba sus manos. Mi madre comenzaba a impacientarse e insistió con su pregunta. La chica, como pudo, atinó a levantar la vista, miró a mi madre y no pudo decirle nada. Su amiga, su bastión, como suelen ser esas amistades hondas, tomó la palabra: “se peleó con su novio”, fue lo único que dijo. Mi mamá estuvo rápida de respuesta, pero lenta, lentísima en tacto. No tuvo mejor idea que decirle “no te preocupes, ya vas a encontrar a otro”. Quizá tuvo intención de alentarla, pero nunca tan desacertadamente, destratando a la media naranja en cuestión como si fuese un envase descartable. Se dio media vuelta, ingresó al kiosko y salió con mi bolsa de golosinas. Cuando entró al auto y me la dio, yo sólo podía seguir mirando por mi ventanilla tan abierta como mi boca a esa chica de rulos rubios dolidos que no cesaba de lagrimear a cataratas. El frío otoñal, el sol tibio y esos rulos, desentonaban con los caramelos que acababan de comprarme. Esa tarde conocí personalmente al mal de amores.


@nacholopezescribe

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