• Juan Pablo Trombetta

La gran velada. Por Federico Navascues

Para Mariano D‘Ambrossio

Esta tarde charlando con un querido amigo de Rosario, el gran «Mariano», se me vino a la mente la anécdota inolvidable del centro cultural Padre Mujica, en Lomas de Zamora. No recuerdo muy bien como llegamos a ese punto, al punto en que esa pieza mereciera ser narrada. Lo único que les voy a decir es que estoy escribiendo estas letras instantes después de haber culminado la conversación. Siento que hay palabras y sucesos que necesariamente deben escribirse. Pienso que en algún momento alguien puede darle vida a lo que queda ahí plasmado; inerte en el papel… ¡Bah!, en los tiempos de hoy lo mas probable es que las ideas se encuentren perdidas o fatalmente ordenadas en los archivos de estos celulares propios de un superhéroe. Volviendo a lo importante, le prometí a mi colega que iba a narrar esa vivencia que durante unos minutos nos arrancó unas cuantas carcajadas.

Corrían los años dos mil y con los muchachos de la facultad, del trabajo y de la vida militábamos en distintas organizaciones sociales y políticas. De repente el neoliberalismo soltó un poco el cuello y renacieron nuevas esperanzas de construir un Estado con otras ideas y perspectivas. Escuchaba por ahí que el futuro era con lo pibes en el centro, que un cambio cuando lo impulsa la juventud implicaba inexorablemente consecuencias inevitables. ¡La puta si te hacían sentir importante y responsable con apenas veinte años! De esquinas y temores comenzaron a emerger centros culturales, teatros callejeros, bares populares, tertulias políticas. Parece que fue en un abrir y cerrar de ojos, pero el trágico 2001 se había corrido de un tirón y ahora éramos parte de la política, parte del futuro de este gran país. La solidaridad le ganaba una mano relevante al individualismo.

Así fue que con Juan, El Zurdo, Martín y Diego nos hicimos cargo de la Secretaría de la Juventud del querido espació. El referente, en sintonía con los mensajes que venían grito a grito desde lo más alto, nos encargó tan inmensa tarea. Obviamente era un centro cultural y ninguno en su vida había tocado un viola, escrito unos versos o pintado una cerámica. Lo nuestro era todo voluntad y entusiasmo. Si era necesario traer al artista desde Dock Sud, se lo iba a buscar y se lo llevaba de vuelta, lo importante era que los pibes lo disfrutaran, que también fueran parte de este proyecto que ya nos había enamorado.

Pasaron mil días y noches, cagadas por doquier, aciertos algunos, charlas constantes, experiencias inolvidables y necesarias, por que no algún que otro amor. En fin, habíamos nacido sin la política y la política nos pasó a buscar por nuestras casas cuando teníamos veinte años. Es increíble como a partir de aquel entonces comencé a militar en el sindicato, la sociedad de fomento, el club y en cuanto lugar hiciera falta.

Recuerdo muy bien aquella noche. Era invierno y el encargado del centro cultural había invitado a cenar nada menos que a Ricardo Forster, quien concurriría con unos cuantos amigos a visitar el lugar. Todos estábamos ansiosos por conocerlo, lo que nunca imaginamos es que faltando un día para el encuentro nos dijeran que estábamos a cargo de todo, que nadie más podía estar y que era un papelón cancelar la cita. Nos miramos entre los cinco y al unísono irrumpió un: ¡qué carajo hacemos! Nos gustara o no teníamos que demostrar que podíamos estar a la altura de semejante personalidad. El peor de los temores radicaba en que nadie se sentía apto para cruzar dos palabras interesantes con Forster. Cundió el miedo cuando el Zurdo con mortuoria seriedad vaticinó ¡Vamos a quedar todos como unos burros! Pero siempre en el grupo se encuentra esa gambeta y pase al gol, esa jugada abrupta cuando sagaz; Dieguito dijo que tenía en la casa un libro de filosofía que lo estaba leyendo la vieja. El libro era un resumen ilustrado de los pensamientos filosóficos desde los dinosaurios hasta nosotros, todo en apenas un volumen de ciento cincuenta páginas.

Una vez munidos del material, del cual se habían extraído las respectivas fotocopias, nos dispusimos a la lectura. Raudamente nos dimos cuenta de dos cosas: La primera era que la obra tenía más dibujos que palabras, la segunda era que las palabras las entendíamos a medias. No era difícil arribar a la conclusión de que estábamos perdidos. Con esfuerzo y luego de varias rondas de mate y café logramos algunas conclusiones. Habíamos diseñado una estrategia: depende el tema que Forster tocara iba hablar uno u otro. Los demás expectantes saldríamos a la carga a generar confusión y griterío, de ese modo cualquier pelotudez podría pasar de largo, pues Forster estaría confundido. El plan podía funcionar.

Pensamos que no sería conveniente tomar tanto vino o cerveza pues ello nos haría ver más superficiales. Sugerimos que abundara el agua sin gas, las gaseosas, el café y el té. Menos mal que ninguno sugirió lo de la pipa. En cuanto a la comida, dejamos todo en manos de Manolo, que hacía unas pizzas de puta madre; decía que la pizza argentina es más gallega que italiana. Un gran personaje Manolín…, pelado y siempre vestido como terminaba de laburar en la fábrica. A su favor debo decir que la piza en Italia verdaderamente no se hace como en estos pagos, la masa es mucho más finita en el centro y los bordes son mucho más gruesos.

El momento acechó y el filósofo invitado ingresó al bar distendido y entre risas con sus acompañantes. Habíamos preparado una mesa especial, con mantelitos y copas, pero se sentó en otra totalmente vacía. Ninguno de nosotros se animó a decirle nada. Seguíamos la película inquietos y desde la cocina. Martín dijo que preparar la mesa era un error, que demostraba nuestra inseguridad. Obviamente fue enviado a la mierda en cuestión de segundos.

Encaré el corredor y me acerqué, me presenté y les sugerí que se pasaran a la otra mesa, así, sí lo deseaban, nosotros los acompañaríamos. Muy gustosos aceptaron el convite. Media hora después todos disfrutábamos las porciones de Manolo, quien para ese entonces se había calzado la diez y hablaba con Forster de los vaivenes culinarios. Nos preguntó por el barrio, el equipo de futbol, amores y cosas que incluso nos parecían mundanas. Creo que su única puteada estuvo relacionada con que se había acabado el vino y la cerveza. ¡Nos queríamos matar! Nos insultábamos unos a otros a través de las miradas, lamentablemente ya estaba todo cerrado y en la estación de servicio de la esquina no vendían bebidas espirituosas. La velada llegó a su fin sin mayores sobresaltos.

Forster saludo cariñosamente y encaró la salida. Con toda mi perplejidad no podía creer que no habíamos hablado de nada trascendental ¡Qué carajo les iba a contar a mis amigos! Fue en ese instante en que nuevamente me aventuré a su encuentro:

- Ricardo ¿puedo hacerle una pregunta? sin que se ofenda.

- Claro, tranquilo.

- No le digo que pensé que iba a hablarnos de Sócrates, Heidegger o Foucault, pero sí que nos hablaría del movimiento, de la lucha por los ideales, yo que se…de todo esto que pasa ¿no?

- Hablamos de todo eso y más pibe. Fijate vos, tienen 20 años y nos recibieron en un centro cultural, nos prepararon la comida con Manolo, que se quedó laburando después de hora, e incluso nos dieron poco de beber para que volviéramos a salvo. Además ¡claro que hablamos de las cosas importantes en la vida!, esas bien simples, que por algo son las que traen tantos problemas. Ojalá todos tengan tiempo y ganas de sentarse a charlar como nosotros hicimos hoy, sin importar nada más que compartir una experiencia. Así es como se construye una sociedad, con miles de pibes discutiendo en bares, veredas y clubes, mirando menos la televisión. Eso es la política, intercambiar ideas, entender que el otro es un igual distinto.

- Bueno, me quedo más tranquilo Ricardo, pensé que no había hablado nada importante porque no estábamos a la altura. Y seguro sea cierto.

- Me hacés reir. Gracias, la pasamos muy bien.


Obviamente regresé con mis amigos y les dije que había discutido con Forster algunos matices de la dialéctica del amo y el esclavo. Afirmé que se vio sorprendido por mis acotaciones. No se hizo esperar el alarido de la muchachada y de Manolo que entre patadas y piñas me acusaban de chamuyero. Al fin y al cabo habíamos aprendido algo de filosofía, una gran enseñanza.


«hablar pelotudeces no necesariamente implica pelotudez, hablar cuestiones profundas no necesariamente implica profundidad, siempre garpa más ser lo que sos, salvo que seas un sorete».


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