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  • Juan Pablo Trombetta

La mesa está servida.

Uno de los hallazgos absolutos en materia de propuestas audiovisuales de este año que acaba de culminar es El oso. Una serie norteamericana con sabor a otras latitudes. Claro, con el andar de los capítulos la sangre italiana aparecerá cada vez con más fuerza para no dejar dudas de que, indistintamente a donde se hayan afincado las familias europeas que fueron extendiéndose por todo nuestro continente, el peso de la historia se siente.

La serie tiene apenas ocho capítulos de 30 minutos cada uno, salvo el último que se extiende un poco para cerrar la historia de manera extraordinaria y es una de las opciones perfectas para disfrutar en vacaciones: buenas actuaciones, una cámara que no da tregua, emotividad de esas que por momentos desarman y una historia bien contada, sin salidas fáciles ni vueltas esperables. Al contrario, su fortaleza es animarse a salir de los moldes y las fórmulas edulcoradas que para estos tiempos se vuelven insoportable. Presentar a un protagonista abatido, antihéroe, de pocas palabras y de una introspección que por momentos descoloca: ¿cómo vamos a conocerlo? Pues bien, será con el correr de los capítulos y con los sentidos aguzados.

El comienzo es desconcertante: el protagonista (un brillante pero aun desconocido actor llamado Jeremy Allen White) se enfrenta con un oso en medio de los edificios de la bulliciosa Chicago. Teniendo el título en mano esa aparición salvaje no asombra tanto pero luego la serie irá por otros lados: el oso de todas formas estará siempre presente, acechando en su mente atormentada, asustándolo, manteniéndolo en alerta. Es su verdadera pesadilla. El montaje de la serie será acelerado como la hora pico de un restaurante que despacha comida sin cesar, el paso de los minutos, el contrarreloj impiadoso al que se somete todo aquel que se le anime a la cocina frenética, los sonidos metálicos, el caos reinará y será por momentos casi más protagonista.

Será tarea del espectador atento captar todos los detalles que pasan a un ritmo delirante para poder armar la trama: Michael Berzatto acaba de morir, a sus apenas 42 años, y su hermano, Carmy, nuestro protagonista estrella, se hará cargo de su restaurante por pedido expreso de él, “La carne original de Chicagoland”, especialistas en sándwiches de carne, plagado de deudas, caos, problemas de todo tipo. Con el correr de los capítulos nos enteraremos de que Carmy es uno de los chef más prestigiosos e importantes del momento, que abandonó su carrera impresionante con libros incluidos para ocuparse de lleno al legado fraternal, que su hermano se quitó la vida y que el dolor inmenso de su ausencia está todavía tan latente que por momentos no pueden respirar.

Fotos familiares, primeros planos de manos cortando comida y cocinando, el ritmo vertiginoso de los fuegos, los cocineros que se chocan en pasillos ínfimos de una cocina que arde y una herencia tan irrevocable e incuestionable como el color de sus ojos celestes que nos ayudan a seguir la historia de cerca. Desde su propia mirada, Carmy, el niño de los ojos claros aparecerá en todas las fotos siempre rodeado de familia alrededor de una mesa, llena de comida. A la sangre tana, esa que congrega a los suyos a través de recetas familiares, pequeños secretos que aseguran la magia, no hace falta ir a buscarla lejos. Está acá nomás. Anna Bianco y Antonio Pitella, al mejor estilo cinematográfico, llegaron a Mar de las Pampas cuando esta aldea era casi nada y se instalaron en una pequeña casa en medio de lo que después se convertiría en un centro lleno de locales, para hacer lo que mejor sabían hacer: cocinar. Y así, corriéndose el rumor de que en ese rincón ignoto se hacía la mejor pasta del mundo, creció y tomó forma Amorinda. Sus hijas, Daniela y Paula, como no podía ser de otra manera, recogieron el legado y mantienen vivo ese amor y ese arte que crean con sus propias manos. Hace pocos días Anna hubiese cumplido ochenta años y sus hijas le rinden el mejor homenaje diario: cuidar, proteger y sostener el fuego de la herencia.

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