• Juan Pablo Trombetta

La muerte, esa tragedia inevitable. Por Jazmín Carbonell

Cuando en Occidente hablamos de teatro inmediatamente nos transportamos a la Grecia Antigua y aparecen entonces los mitos, los dioses, la tragedia, Edipo y todo ese conjunto tan vasto que se instaló para siempre y sobrevive en nuestra cultura 2500 años después. Lo que nos queda de toda esa explosión teatral es apenas un puñado de lo que pasó y la reconstrucción es difícil e incierta. Pero aquí estamos, trazados y configurados por ese tiempo, el siglo V antes de Cristo, el siglo de Pericles, con algunas pocas obras que resistieron el tiempo, solo tres trágicos (Esquilo, Sófocles y Eurípides) y un solo cómico popular (Aristófanes) de los cientos que se sabe existieron; y sin embargo son la piedra inicial de un camino tan extenso como lleno de marchas y contramarchas. Atravesando el oscuro y eterno mar del medioevo y renaciendo en 1500 para levantarse con la fuerza del Ave Fénix.

A pesar de todo, e incluso a sabiendas de que mucho de lo que consideramos teatro tiene su origen ahí, el ateniense está muy distante de la concepción que se tiene hoy. El teatro griego no era una actividad ociosa, libre y entretenida pero sí proponía un tiempo distinto. Era una obligación cívica a la que forzosamente todos los ciudadanos -hombres y además no esclavos, claro- debían asistir en las fiestas que tres veces al año se llevaban a cabo en las afueras de Atenas para honrar a Dionisio, el dios de los excesos. Por entonces, la idea de fin de semana o vacaciones no eran conquistas cercanas y estas fiestas pasaban a ser eso: una detención del tiempo ordinario. El teatro instauraba otro tiempo. Uno distinto a todo lo demás. El tiempo del mito y de la conciencia.

Aquel teatro estaba formado por un conjunto organizado de obras, instituciones, protocolos y técnicas que prácticamente sentaron nuestras bases. Durante estas festividades que según su importancia duraban de 4 a 6 días, se estrenaban comedias y tragedias basadas en mitos religiosos conocidos por todos. Cuando llegaba su cierre comenzaba el juicio que se confiaba a un jurado de ciudadanos dispuestos a otorgarles premios al corega (el «productor»), el poeta y más tarde al protagonista.

El espacio era inmenso y su circularidad garantizaba la separación entre espectáculo y espectadores. La gente comía, bebía y los generosos coregas hacían circular vinos y pasteles durante toda la jornada. El silencio de la sala, la pasividad de la platea llegaría miles de años después. Allí no, allí todo valía, se bailaba, se cantaba, se intervenía. ¿Qué era lo que se disfrutaba de este arte? ¿Era acaso una experiencia estética o una experiencia de deber moral? Un teatro cívico, sin dudas, un teatro de la ciudad responsable. Sin embargo, con todas sus diferencias, este teatro no dejó nunca de importarnos. Sus temas, sus modos y su filosofía, con la Poética de Aristóteles a la cabeza, trazaban y trazan nuestra dirección.

Desde entonces, la tragedia y la comedia han zanjado la cultura con una fuerza irrevocable que subsiste hasta el día de hoy. Tragedia es sinónimo de la muerte. Comedia su falta, la salvación. Que el héroe muera o sobreviva, esa es la cuestión. La tranquilidad de la salida del sábado a la noche estará garantizada solamente por la elección entre un género u otro. Desde hace 2500 años nos enseñaron que morir es un drama cuando, nos pese mucho con esta cultura que arrastramos, es el final que todos inexorablemente tendremos. El teatro griego no solamente sentó las bases de un tipo de arte sino también de una manera de encarar la vida y la muerte, dos caras de una misma moneda que parece que queremos ocultar.


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