• Juan Pablo Trombetta

La periferia de los sueños. Por Adriana Franco

Patti Smith gira sobre sí misma, alza su micrófono y por un segundo todos vemos como su brazo extendido conecta el cielo y la tierra, los sueños y las pesadillas, como un puente entre mundos, y sentimos que nos revoluciona, como si una tempestad nos sacudiera desde el centro para hacernos más sabios. Es, en el no tiempo de los sueños, noviembre de 2006; aunque estemos en 2022 o en el año tercero de la pandemia. Las imágenes de aquel show son y no son reales. O tan reales como los sueños pueden serlo, entretejidos con lo que nos van enseñando. Patti Smith sí estuvo ahí, en esa primera visita al país, en un escenario cerca del río. Volvió, doce años después, para dos increíbles actuaciones en el CCK. Dos recitales: uno, el segundo, en su rol de música, cantante, compositora; el primero en su «nueva» faceta de escritora. Nueva entre comillas porque en los años setenta, en una agitada Nueva York, ella llegó a los sótanos under donde se cocinaba el punk con sus poesías y las de otros poetas malditos. Pronto tuvieron música y en ese encuentro de la letra y la palabra comenzó a cocinar sus hechizos, a convocar los vientos del cambio. En1975 apareció su primer disco, «Horses», en el que nos miraba altiva, ambigua, bella y andrógina desde la tapa del vinilo que marcó a una generación de mujeres y de hombres, y se lanzaba en el primer tema con «Gloria», su personalísima versión del tema de Van Morrison (¿el mismo con en el que la vimos girar como derviche poseída en aquel Festival Bue de hace 16 años?). Su imagen, su grito, despertaba a los que la escuchaban o los convocaba a un sueño distinto, un sueño lúcido, capaz de abrir nuevas puertas de la percepción.

Ahora con la reciente edición de un nuevo libro, El año del Mono, queda más claro aún que los sueños son la materia principal con la que ha trabajado. Ya lo había revelado en «Éramos unos niños» el premiado y reconocido homenaje a su amigo el fotógrafo Robert Mapplethorpe y en «M Train», pero aquí ahonda mucho más en ese ir y venir de fronteras borradas entre el sueño y la vigilia. «La periferia del sueño» lo define por allí, mientras desfilan por las páginas sus amigos reales (Sam Shepard, Allen Ginsberg, Sandy Pearlman) y los no tan reales (Walt Whitman, Magallanes, Fernando Pessoa), sus diálogos con un cartel que lee su mente, los muertos queridos que la siguen acompañando, sus viajes y su deambular buscando maravillas. Sus palabras son hipnóticas, por momentos bellas, por momentos resbaladizas y desafiantes. Como si en cada párrafo tuviéramos que elegir, como Neo en Matrix, entre la píldora roja o la azul, entre el sueño atontado que nos mantiene abombados o la luz que asoma en esa periferia entre el estar dormido y el estar verdaderamente despierto a una realidad que incluye a los sueños. «Nuestros sueños son una segunda vida» cita ella al poeta Gerard de Nerval.

La sincronía es también uno de sus atributos, de sus poderes de extraña chamana. En la tapa de El año del Mono se la ve, con gorro y jeans agujereados, sentada en la arena con el mar de fondo (seguramente cerca de la casa desvencijada que compró y de la que habla en «M Train»). El mismo océano que, en estas playas mucho más al sur, está en peligro frente al avance del intento de explotación petrolera. Que nos sirva de inspiración para seguir defendiéndolo.


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