• Juan Pablo Trombetta

La voluntad de la zurda. Por Federico Navascues

A mis amigos Carlos Ferreyra, Mariano Rivarola, Beto Monge y Martín Chiappara, por esta hermosa noche.


¿Qué fue Diego para mí?

¿Qué pregunta no? Creo a todos los argentinos nos despertó lo mismo. No sólo por su personalidad locuaz y valiente, sino por lo que al fin y al cabo hizo con la pelota. Con el tiempo fui aprendiendo que el futbol no solo es un deporte o un juego, es una pasión y una de las más crudas que viven en esta tierra. No por algo Di Stefano, Maradona y Messi nacieron aquí, en este barro y con esta cultura.

En mi barrio también existía un Boca River, un Independiente Racing, por que no un Lanús Banfield. Si señor, los sábados y domingos brotaba futbol por esas alcantarillas y pozos ciegos. Aún hoy lo recuerdo muy bien, ya con mis cuarenta y tantos años.

Como toda rivalidad incondicional en la vida, siempre está la familia de por medio. Esos sentimientos necesitan ser expresados y no se callan con el simple transcurrir del viento.

Los hermanos Rivarola, unidos hasta las entrañas en mil causas, no pudieron ponerse de acuerdo en términos futbolísticos. Mil excusas que ahora sobran motivaron que le dieran vida a los dos equipos más importantes de la zona: Canguro y Andrade.

Así fue, por más duro o ilógico que parezca, que grandes vecinos y amigos fueron integrando las filas de una y otra escuadra. Se hablaba de todo en la semana, se salía de joda cuando correspondía, pero los días de partido todo estaba tenso, ni un gorrión sobrevolaba tranquilo.

El campeonato era largo y lo mejor para uno era ineludiblemente lo peor para el otro. La competencia más sana puede ser incluso brutal. He visto campeón a unos y a otros, reí con el festejos de ambos, pues era fácil ser un espectador en esta batalla. Los años transcurrieron y los jugadores pasaron y pasaron, como esa corriente mansa pero inquebrantable que nos agrada denominar tiempo.

Corrieron tantos años desde que me fui que al regresar solo recordaba el rostro de algunos amigos. No obstante fue imposible no notar que las calles seguían pintadas. Canguro y Andrade pervivían en la gente y en el futbol, ninguno había muerto. Incluso los hermanos Rivarola se desmembraron geográficamente; uno vivía en Córdoba, el otro por la Patagonia, no recuerdo bien en que provincia, y Mariano seguía como siempre en esa mítica esquina repleta de fantasmas y emociones, justo frente a la que alguna vez fue mi casa.

Un gran profesor de filosofía y amigo, Armenio Guaraz, siempre me dijo que toda regla necesariamente encuentra su fin, que toda norma esta destinada a hallar su propio quebrantamiento y que toda alegría o tristeza en algún punto muere. Nunca comprendí en carne viva su mensaje. Esta noche cayo esa ficha.

Entre relatos y relatos de amigos descubrí que el futbol y la amistad podían más que la rivalidad. Cómo explicar de otra manera que el Negro Carlos fue alguna vez y sigue siendo simultáneamente el diez de ambos equipos. Se pudo todo, se logró competir en diferentes categorías, en distantes ligas, en distintos horarios, pero ninguno estuvo dispuesto a resignar a ese diez, a dejar escapar a ese amigo prodigio con el arte del balón.

Puedo decir solamente que lo conocí, que concurrí con él unos cuantos años a la escuela. El Negro tenía el deporte a su merced, era una simple cuestión de tiempo que los planetas se alinearan para que ambos conjuntos quisieran ficharlo. Primero para Andrade, después para Canguro, finalmente para los dos. Cuando le pregunte las razones, simplemente me dijo que amaba el futbol y más a sus amigos. Mariano le fue tejiendo esa carrera con puntos y contrapuntos. A quien le importaba que jugara para uno o para otro, a todos les alcanzaba con gritar sus goles. Todos se hacían muy bien los boludos.

Me preguntarán que tiene que ver esto con Diego. Yo les responderé que tiene que ver en todo. A un diez se lo perdona y se lo justifica cuando es valiente y le saca una sonrisa al pueblo. No importa cuando, donde y contra quien, todos deseamos y soñamos con que de ese pie o de esa garganta fluya el golpe que deje al rival de rodillas. La esperanza de muchos vilipendiados y desesperanzados reside en estos arraigos culturales inexplicables, en estos ritos sagrados que festejamos con gritos, abrazos y alaridos, en estas locuras que llamamos goles.

No tengo dudas que ambos conjuntos verán crecer a más de una generación, por más que sus estadios estén pintados con cal sobre el asfalto. Aquello que se siembra con pasión no puede ser removido tan fácilmente. Siquiera las inundaciones borraron estos tatuajes.

Tengo la dicha de conocer a grandes jugadores de ambas facciones. Muchos de ellos son hoy en día hermanos de sangre. Sin embargo, a pesar de todo, de las alegrías y dolores propios de lo más racional de nuestro existir, siempre queda un recodo para esa vieja disputa, para ese inentendible pero comprensible amor. Siempre existirá un sábado, una coca y una cerveza; siempre nacerá un técnico dispuesto a ordenar y un pueblo decidido a soñar.

El futbol no es en Argentina lo que es porque existe un Maradona o un Messi, es lo que es porque en los corazones de los pibes y abuelos de barrio late la pasión de la pelota, el botín y la sangre. Todos le debemos a Diego y Messi lo que le debemos a Andrade y a Canguro, a los hermanos Rivarola, a Carlos, Beto, el Pana y muchos jugadores más.

Estudie durante años que cuando se abre una escuela se cierra una prisión. Creo que cuando rueda un balón también rueda la alegría.

Será hora de pensar que tal vez la «mano dura» no es la solución a nuestros problemas, quizás, como en otros ámbitos de la vida, todo depende de la voluntad de la «zurda».

¡Hasta la victoria siempre!


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