• Juan Pablo Trombetta

Las amigas. Por Nico Sujo

A principios del año dos mil dos yo tenía diez años, y estaba cursando el quinto grado de la primaria. Para ese entonces, solo algún que otro adulto tenía un teléfono celular del tipo ladrillo, y los demás usábamos teléfonos de línea. Yo sabía de memoria el teléfono de mi casa, de la casa de mis abuelos, el de los trabajos de mis papás y el de mis mejores amigos. Para mandarnos un mensaje secreto en el aula nos dejábamos cartas sin que el maestro se diera cuenta, así funcionaba. Yo era un buen estudiante, tocaba la batería en la banda del colegio, jugaba al básquet y tenía muchos amigos varones. Las mujeres me daban una vergüenza reciente e inexplicable, pero por unas tres horas fui novio de la chica más popular de la escuela, y acto seguido fui novio de su mejor amiga.

Esta historia empieza unos meses antes, en cuarto grado. Todo iba fantástico: en mi boletín había puros sobresalientes, el equipo de básquet iba primero en su división y mi compañero de banco era Dani, mi mejor amigo. Pero a mitad de octubre la maestra nos cambió a todos de lugar, y a mí me tocó al lado de Lola. No sabía ni de qué hablarle. Los primeros días no nos llevamos el apunte, pero a la semana la ayudé con un problema de matemáticas. Ella me dijo gracias, y que yo era inteligente. Y así, con ese cumplido, me compró. De a poco empezamos a hablar. Me di cuenta de que las chicas no estaban nada mal. Es más, Lola era divertida.

La última semana de cuarto grado estábamos los dos merendando en el club. Yo estaba por entrar al entrenamiento de básquet, y ella al de vóley. Me miró y me preguntó si me gustaba alguna chica del colegio. Le dije que me gustaba ella, y le pregunté si a ella le gustaba alguien. Me dijo que le gustaba Lautaro. Después de eso vinieron las vacaciones de verano, así que no nos vimos por varios meses. Me olvidé de esa escena, me olvidé de Lola. Era un nene todavía, y no le di mayor importancia.

Durante ese verano la adolescencia nos empezó a alcanzar. Sobre todo a Male, la mejor amiga de Lola, que volvió a quinto grado con tetas. A todos los chicos nos gustaba Male, y las demás chicas empezaron el rumor de que a Male no la dejaban comer pollo porque le iban a crecer demasiado las tetas. Un día nos peleamos feo con Dani, porque no nos podía gustar la misma chica.

El evento principal de esta historia pasó durante una clase de inglés, una tarde linda de otoño temprano. Male pidió ir al baño y en su camino deslizó una carta para mi banco. La agarré sin que nadie se diera cuenta y, un rato prudente después de que ella volviera al salón, pedí también ir al baño. Caminé con algo de dificultad hasta estar solo, saqué la carta de debajo de mi buzo y la leí con mi pecho retumbando. La carta estaba escrita con un montón de colores, los puntos de las íes tenían corazones. Male me pedía ser su novio. Me costaba creer lo que leía.

Me tranquilicé y volví al aula. La miré a Male que estaba en la otra punta y le asentí con la cabeza. Me pasé las dos horas que faltaban para terminar el día de clases pensando cómo le iba a decir a mi mamá. Ni hablé con Malena, solo me imaginaba cómo podía cancherear cuando les dijera a mis papás que la chica más linda de la clase era mi novia.

Cuando me encontré con mi vieja a la salida de la primaria lo primero que hice fue decirle mirá mamá, Malena es mi novia. Y le di la carta. Mi vieja la agarró, la leyó y me miró con ternura y risa. Nico, me dijo, esta carta está firmada por Lola. ¿Qué? No podía ser. Dejame ver, le dije. Al final de todo, la carta estaba firmada con letra enorme y con muchos firuletes por Lola. Un escalofrío me recorrió de pies a cabeza, no creo haber sentido tanta vergüenza en toda mi vida. Durante el viaje en auto hasta mi casa pensé en qué iba a hacer. Lola me había gustado el año anterior, no me parecía mal ser su novio. Cuando llegamos, busqué el número de la casa de Malena en la hoja con la lista de contactos de la clase. Me atendió la mamá y me pasó con Male. Le dije que le había dicho que sí porque quería ser novio de Lola, y le pregunté si ella había entendido eso. Sí, me dijo confundida, claro. Al cortar me di cuenta de que me daba igual quién fuera mi novia, ni entendía qué significaba eso.


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