• Juan Pablo Trombetta

Las muertes acordadas.

La verdad que he leído. No lo suficiente, pero he leído. Los clásicos argentinos y latinoamericanos. Auster, Capote y cuanto policial se me cruce de la literatura norteamericana. Poquito ruso y nada chino. O sea, un lector normal, del medio. Lo que nunca imaginé, es que después de tantos años en deportes y en información general, el Negro Díaz me iba a mandar a Cultura. Le expliqué, le imploré que me dejara aunque sea haciendo el Nacional B, pero gritó a los cuatro vientos que la decisión estaba tomada. Adiós, después de tantos años de escribir sobre las trepadas de los laterales o de las bondades del doble cinco. No más víctimas de choques, ni causas que se tratan de establecer. Ahora vendría la de las atmósferas, los climas, los sonidos, los silencios. Las ensaladas de letras conjugadas, de tipos que laburan de madrugada con sólo un gato negro como compañía. No tuve más remedio que aceptar el pase de sección.

El Negro Díaz me dijo que arrancara por cosas simples: por ejemplo la historia de los escritores para adelantarnos a sus muertes. Bah, las necrológicas. Esa añeja costumbre de dejar en back up, para que el día que a alguno le toque dejar este mundo, sólo haya que apretar un enter.

Y empecé por los argentos y los más viejos. Lástima que Soriano y Fontanarrosa ya se habían ido. Me hubiera resultado fácil y placentero recordarlos. De ellos había leído todo y un poquito más.

Carlos Alberto Google y Juan Carlos Wilkipedia fueron un buen punto de partida. Evaristo Fernández, de 88 años y vanguardista del revisionismo histórico fue el primero. Hijo de inmigrantes españoles e integrante de una familia que se vio obligada a cruzar el Atlántico por imperio del franquismo. Su infancia en Lomas de Zamora fue bastante más feliz que la de muchos. La próspera carpintería de su padre le permitió no sólo enarbolar la bandera de la escuela 18 en varias oportunidades, sino también, la posibilidad de ir cubriendo su biblioteca con autores de la denominada generación del 36. A saber: Miguel Hernández, Luis Rosales, Leopoldo y Juan Panero, entre muchos otros.

Su destino sin dudas eran los libros. Intentó con algún taller barrial, pero sin duda fue un autodidacta. Una prosa muy fluida y elegante. Frases rectas. Muchos puntos y seguidos. Pocas comas. Abuso casi desmedido de viñetas. Lo consideraba casi un apoyo necesario. Impronta propia. Iba al hueso y sin rodeos. Evaristo Fernández respiraba literatura por los poros.

Su primer texto publicado fue cuando tan sólo tenía 22 años y fue un éxito editorial. “El Sable Corvo”, un indispensable testimonio en referencia a la vida sexual de San Martín. Su obsesión por los próceres argentinos, lo llevó a publicar tres años después “La vida de Belgrano, agárramela con la mano”, que narraba las dificultades del creador de la bandera para tomar la pluma con su diestra.

Su máxima obra le llegó a los 50 años, edad de desarrollo madurativo para todo escritor: “Los amantes de la esposa de Cornelio Saavedra”, donde hacía hincapié en la ausencia de lo que casi dos siglos después, sería la famosa pastillita azul.

No podemos dejar de pasar por la alto, otro boom editorial: “Rivadavia, de la Baring brother a la calle más larga del mundo”, un road movie que reflejaba una historia que arrancaba en Plaza de Mayo y que terminaba más allá de la General Paz.

El último gran texto antes de su retiro fue “Me quedó una espina”, donde repasaba los vaivenes de la vida de Juan Manuel de Rosas.

A diferencia de otros obituarios, la idea que me dio el Negro Díaz en la redacción, me pareció superadora. Me instó a que me fuera conectando con los escritores más viejos para saber si estaban de acuerdo o no, con los datos expresados en el texto. Y por supuesto, con la forma de narrarlo. Tener la certeza por parte del protagonista, que lo descripto en una breve crónica periodística, tuviera el consentimiento del futuro observador del crecimiento de los rabanitos desde abajo de la tierra.

El primer intercambio de mails con don Evaristo Fernández fue un fracaso. El Gallego Fernández, tal como se lo conocía en el ámbito literario, respondió que nunca se había ocupado de la vida de los próceres y mucho menos que haya sido escritor. Y finalizó su esquela con una frase conmovedora: “no me rompas más las pelotas”, con lo cual deduje que su memoria estaba frágil.

Esta desilusión en mi carrera, me recordó la historia de un periodista que durante la década del 60, descubrió que tenía un don. El de recibir el diario del día posterior. Y con ello, logró una gran ventaja. Se hizo millonario. No sólo por las primicias, sino también porque un día antes sabía qué número iba a salir a la quiniela o qué caballo iba a ganar la quinta de Palermo. Fue quien anunció con 24 horas de anticipación la caída del gobierno de Illía, el enfrentamiento entre Azules y Colorados y el 29 de junio de 1969 adelantó los detalles de la Operación Judas que derivó en la muerte del dirigente sindical Augusto Timoteo Vandor.

Los diarios más importantes del mundo lo contrataron. Su cuenta bancaria se engrosó notablemente. Su vida iba sobre rieles, hasta que un día se encontró con su nombre y apellido en las necrológicas del diario La Nación.

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