• Juan Pablo Trombetta

Las preguntas del viento. Por Adriana Francov

Es posible que un mes después de la tremenda tormenta que castigó a la zona ya no queden demasiados rastros. Los techos habrán vuelto a su lugar, los troncos y ramas caídas se habrán retirado, y la vida, como suele suceder, siguió su rumbo. Pero a muchos le han quedado huellas duraderas, pesadillas extrañas. En ese día de viento furioso y larga oscuridad hubo tiempo de pensar y sobre todo de sentir algo que podríamos definir como una suerte de desasosiego, una intranquilidad, un malestar que iba más allá de lo que estaba sucediendo en el momento.

Muchos, lo sé, recurrimos a algún que otro talismán; algunos habrán invocado santos, otros recordamos canciones. Canciones de lluvia y tormenta, claro. Y algunas que incluso suenan ahora premonitorias, como esas advertencias que vienen soplando en el viento hace rato y que muchos parecen no escuchar. No porque los artistas tengan un crisol mágico en el que puedan ver el futuro, sino porque sin quererlo, sin saberlo incluso, algunos funcionan como antenas sensibles que perciben movimientos en los que todavía nadie ha reparado, minúsculos giros del fluir de los aires, de los tiempos.

Yo, como casi siempre, me encontré tarareando canciones de Bob Dylan, mi especie de amuleto secreto. Primero, por supuesto, "A Hard Rain's A-Gonna Fall", ese largo tema que grabó hace ya casi seis décadas, en el que mientras se anuncia esa lluvia que va a caer fuerte e implacable, alguien responde, a lo largo de más de 30 versos, por dónde anduvo, qué vio, qué escuchó. Alguien que estuvo en medio de bosques tristes y frente a océanos muertos, que vio un bebé rodeado de lobos, que escuchó el sonido del trueno como una advertencia y el rugido de una ola que inundaría el mundo entero, y vio venenos cayendo en las aguas, una mujer ardiendo y un niño llorando junto a un pony muerto .

Como no conectar esos versos cantados con urgencia en los años 60 con las noticias que se han vuelto cada vez más usuales. Tormentas furiosas, huracanes desbocados, calores de infierno, Madrid paralizada por la nieve, incendios aquí allá y en todo lugar. Es cierto que el mundo, el planeta, siempre está en movimiento, en constante cambio, pero ahora el ritmo se ha acelerado. Algo que, por supuesto, los científicos y especialistas vienen advirtiendo, haciendo saber que este ya irreversible cambio climático que estamos viviendo es fundamentalmente producto de nuestra febril y consumista actitud, aunque sigamos mirando para otro lado.

Aparece entonces en mi mente otra canción, "Aint Talking, ya de este siglo. Aquí el que canta dice que camina, sin hablar, a través de las ciudades de la plaga. "No hay nadie aquí, el jardinero se ha ido". Y pienso en que nosotros acá, en este bosque hecho por las manos del hombre, deberíamos no abandonar nuestro lugar de jardineros. Y no solo el de poner ésta u otra planta, este o aquel árbol, sino de lo que el ser humano es, o debería volver a ser: un cuidador de lo que lo rodea y no un depredador.

Vuelvo a Dylan. Solo la peste de este siglo le puso un parate a su andar de trovador incansable, llevando sus canciones por el mundo, en ese Never Ending Tour que comenzó en 1988 y que, hasta la pausa del año pasado, acumulaba cerca de 3 mil presentaciones en teatros y casinos, chicos y grandes, a través de los continentes. Tan imparable su gira que, cuando ganó en 2016 el Premio Nobel de Literatura (otorgado por primera vez a un compositor de canciones) recién pasó a retirarlo tres meses después de la ceremonia de entrega. De todas maneras, el año pasado, ya durante la pandemia, editó un nuevo álbum. Allí, en el segundo tema, canta. "No soy un falso profeta, sólo se lo que se".

En esos días de los vientos de mil demonios pensé que ojalá sean advertencias y no premoniciones. Bienvenido entonces ese desasosiego, que ese viento se convierta en viento de cambio.

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