• Juan Pablo Trombetta

Lo que te salva.

Como de costumbre, aquel día la alarma del celular sonó seis o siete veces hasta que Juan decidió levantarse. La oficina abierta de lunes a viernes, de ocho a diecisiete horas, fue a lo largo de los años su marcapasos rutinario; todo se repetía, las caras, los chistes, las páginas, los sitios web, las llamadas y mails. Esa semana lo escucharon decir otra vez que lo único vertiginoso de la jornada laboral era elegir con qué iba a acompañar el café con leche. Más tarde discutió con colegas las razones por las que había estudiado tantos años abogacía. Sentía que la gente ya no era comprometida, que ahora todo era por conveniencia, por plata o por un ascenso. Su jefe le exigió que redactara el proyecto en que trabajaba en base al modelo preestablecido y que evitara realizar aportes propios que pudieran comprometerlo. Masculló bronca y decepción y se retiró a su despacho ofuscado, en el camino le preguntaron qué había pasado, contestó que faltaban cojones.

De regreso a su casa, mientras maniobraba en el estacionamiento miró hacia atrás para esquivar una de las columnas y su visión se tiñó de asombro frente al paraguas que yacía en el asiento trasero; se preguntó cuándo lo había necesitado. Descendió del auto y recordó por enésima vez que en una hora debía dictar su primera clase en la universidad, un viejo amigo le pidió que lo cubriera en un curso. Descendió sujetando los bártulos. Subió al ascensor y movió eléctricamente las piernas hasta que el pitido estridente anunció el piso ocho.

Se sirvió un vaso de agua fría y se dirigió a la habitación, colgó el traje en una silla junto a la cama desordenada y pensó en acomodar todo más tarde, cuando cayera la noche. Pasó por el lavadero y olvidó dejar la camisa en el canasto. Retomó varias veces sus pasos con la camisa entre las manos y buscando uno de los zapatos que se había quitado segundos antes. En el baño tiró la cadena cuando aún no terminaba de orinar. A la hora indicada ingresó en el escritorio, a lo lejos en la cocina yacía el vaso de agua intacto.

Encendió la notebook, se equivocó de clave, ingresó al aula virtual de la facultad, volvió a equivocarse de clave, accedió a la plataforma Zoom: cinco personas en espera, once personas en espera, cincuenta y cuatro personas en espera. El mouse no funcionaba tan rápido y no encontraba la pestaña para aceptar a todos los alumnos. Apagó la cámara y corrió a la pieza para ponerse una chomba. Regresó vestido, el chat explotaba con comentarios sobre su presencia en cuero frente al ordenador.

Activó la computadora nuevamente y la pantalla se partió en cientos de cuadrados, en algunos se observaban rostros de inquietud, curiosidad, alegría, tedio. Preguntó, medio titubeando, si todos oían bien. El silencio se hizo eterno en su mente hasta que un alumno contestó que sí. En el chat comenzaron a aparecer algunos mensajes: “hola profe”, “se escucha bien”, “buenas tardes”, “si si todo ok”. Comenzó planteando que la igualdad no existe, que eso es un cuento o una ficción legal, como la meritocracia, que no todas las personas tienen las mismas posibilidades, que la libertad tampoco es real. Dijo que uno se vuelve viejo cuando siente que tiene toda la razón. Al terminar la frase advirtió que estaba gritando. Volvió a contar aquella anécdota que no narraba hace muchísimos años, de cómo un profesor logró que se interesara en el derecho penal; simplemente cuando le refirió que la ley puede ser una gran herramienta de liberación, de igualdad, o una de las tecnologías más sofisticadas de dominación de unos sobre otros. Que los derechos hay que conquistarlos y ejercerlos y no simplemente reclamarlos o dejarlos pintados en un trozo de papel. Recordó a Foucault, Bauman, Bourdieu y tantos otros pensadores. En un momento los alumnos preguntaron si estaba previsto un receso, pues había transcurrido más de la mitad de la clase. Pidió disculpas y refirió que no se había dado cuenta del tiempo.

Se preparó un café, eligió un sabor intenso, se acercó a la máquina y por primera vez le pareció oír cómo el agua recorría la cápsula, distinguió el aroma a cacao y canela que dominó el ambiente. Al mirar cómo caía el café descubrió la sutil flor nipona que adornaba la taza que le había regalado su madre hacía muchos años. Nunca antes le había prestado atención.

Salió a tomar el café al balcón; el boldo húmedo se estiraba de lado a lado, la azalea aún florecía. Se sentó, suspiró y entre sorbo y sorbo escuchó cómo los mozos acomodaban enfrente las mesas de la casona resquebrajada que hoy funciona como bar. En la esquina vislumbró que un malabarista con el rostro pintado ofrecía un show, que los autos tocaban bocina, circulaban y tocaban bocina más fuerte e intentaban adelantarse unos metros para quedar atascados otra vez, oportunidad en la que el artista iniciaba una nueva función y el resultado era el mismo: la gente siquiera bajaba la ventanilla. El clown continuaba su destreza siempre con la misma expresión y la misma sonrisa que opacaba los dibujos en su rostro y volvía intrascendente la indiferencia de los automovilistas presurosos.

Una vecina entró en la verdulería y salió al instante con las manos vacías y gritándole al comerciante:

-¡Chorro! me querés cobrar una planta de lechuga más que un kilo de lomo!

El vendedor se asomó a la puerta y vociferó:

-¡Traeme un kilo de lomo y te doy dos lechugas!

La joven sonriendo remató:

-Ya fue Diego, venite a la noche a casa y hacemos un asado con ensalada mixta, eso sí, no traigas banderita.

Advirtió que el viejo del balcón opuesto escuchaba a Miles Davis mientras leía el diario con expresiones de aprobación. Se detuvo un instante pensando cuánto tiempo hacía que no escuchaba su colección de jazz; sus vinilos de Coltrane, Ellington y Muddy Waters se habían ido transformado en simples decorados. No pudo entender cómo siguió adelante sin esos momentos exquisitos al compás de aquella música.

Juan bebió el último sorbo de café y retomó la clase, solo habían transcurrido veinte minutos. Antes de pronunciar la primera palabra se preguntó si lo que había ocurrido en ese pequeño lapso sucedía asiduamente, si estuvo siempre allí, si la costumbre lentamente había ido cubriendo todo con un velo.

Desató su lengua y el corazón volvió a latir con fuerza, las caras de los alumnos comenzaron a aparecer, ahora estaban más alerta. Explicó que las prisiones no resocializan a las personas sino que por el contrario las destruyen, que nadie aprende a vivir en sociedad encerrado en cuatro paredes y sin condiciones dignas de vida, que nada cambia y que todo sigue igual pues para que suceda algo nuevo es necesario renunciar a la comodidad de las respuestas finales, hay que arriesgar las supuestas verdades y dejar atrás los temores; citando a Cortázar sugirió que era necesario aprender a subir escaleras hacia atrás.

La noche cayó de golpe y advirtió que sólo faltaban cinco minutos para el final de la clase. Un alumno pidió permiso para hacer una pregunta y luego otro. Varios participaron y el debate se extendió más de media hora.

Repentinamente un mensaje de Martín sacudió el celular, lo tomó y pudo leer:

¿Cómo estuvo todo?

Juan contestó la última pregunta y dio por finalizada la clase, agradeciendo la participación y el respeto. Luego, inmediatamente, tomó el teléfono y respondió:

- Vamos a cenar a Dalí y te cuento.

- ¿Posta? ¿Para tanto? ¡Me estas asustando che! ¿Hace cuánto que no vas por el bar?

- Nos vemos ahí, ya sabés a qué hora.

Tomó el viejo ejemplar dedicado por su antiguo profesor de Derecho Penal y salió caminando para el lugar. Allí, acariciando la antigua mesa de algarrobo comenzó a releer con avidez y sorprenderse con antiguos subrayados, mientras esperaba el café. Martín llegaría en una hora. De a ratos, con la vista en alto, recordó las tardes y noches de lectura con amigos. Se le vinieron a la mente los debates con Martín, Lucas, Pablo y Verónica, también aquella madrugada en que la besó por primera vez, minutos después de que cerrara el café. Se preguntó dónde estaría ahora. Recibió a su amigo con una sonrisa y anticipándose a cualquier saludo lo abrazó.

El bar cerró sus puertas de madrugada y la charla continuó sin prisa en el departamento; risas y anécdotas no faltaron, Nina Simone sonó en varias ocasiones. Martín, antes de retirarse, le comentó que si quería podía quedarse a cargo del curso, que él tenía otras cátedras que le estaban demandando demasiado tiempo; también le sugirió que concursara nuevamente en la universidad. La leve brisa que corría desde el balcón y el resplandor de las estrellas auguraban una jornada soleada.

Juan miró cómo se alejaba Martín en la calle y sintió que empezaba a despedirse de ese mundo en el que los detalles se pierden en una mansa y aletargada rutina gris.


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