• Juan Pablo Trombetta

Lo que te vine a contarPor Juan Pablo Trombetta

(Fragmento de una novela inédita. Las entregas que publicamos no siguen un orden.)


El mozo movió la cabeza y volvió a pasarse el pañuelo por el cuello y la frente. El clac clac de la máquina de café expreso empezaba a oírse con insistencia....De pronto se desató un diluvio. El abuelo miró la lluvia. Empezó a contarme:

—En febrero de 1908 embarcamos en Génova, donde vi por primera vez el mar y donde pasamos la noche previa a la partida en un hotel de mala muerte; yo nunca había visto tanta gente junta, se oían grupos que hablaban en voz alta en diferentes dialectos, los viandantes ofrecían su mercadería a gritos, abundaban los puestos de venta de pescado; en la zona del puerto con papá y Giuseppe nos movíamos siempre muy juntos, atentos y aferrados a nuestras valijas; ya nos habían advertido acerca de la presencia de malandras y aun de ladrones profesionales, que durante la travesía por el océano se mezclaban con las pasajeros para "trabajar" en el saqueo de los más inocentes y desprevenidos.

Al momento de la partida sonó la sirena y el buque empezó a alejarse de los parientes que lloraban y agitaban pañuelos en el muelle; nosotros tres nos quedamos en la cubierta en silencio, todavía con las impresiones en la piel de nuestra propia despedida en la estación de Cerro Tanaro. Viajar en la terza, que era la tercera categoría y por supuesto la más barata, no era justamente viajar en un crucero de placer. En medio del mar vimos peleas entre borrachos, un hombre molido a golpes por un marinero que lo vio manosear a una nena, escenas de amenazas y de llanto, pero también hubo bailes y música, coros emocionados y un estremecimiento general cuando cientos de migrantes cantamos el "Va Pensiero", de la ópera Nabucco... Para nosotros fue más llevadero, no nos separábamos nunca y además sabíamos que nos esperaban en el puerto de Buenos Aires. Llegamos en medio de un calor y una humedad agobiantes, un clima muy opuesto al de las montañas tapadas de nieve que dejamos en Italia; al momento de desembarcar intercambiamos direcciones con algunos paisanos, es que después de un viaje tan largo y pese a las penurias, o precisamente a causa de ellas, entre muchos pasajeros se generó una gran camaradería; la mayor parte fue a parar al Hotel de Inmigrantes que estaba cerca del puerto, pero nosotros nos fuimos con Enzo, un primo de papá que había migrado muchos años antes y nos llevó con él a un pueblo en las afueras de La Plata, que entonces se llamaba San Ponciano y con el tiempo tomó el mismo nombre de la estación de tren: Abasto. Alrededor de la estación funcionaban los mataderos y corrales donde se faenaban los animales que abastecían de carne a la ciudad de La Plata. Con papá y Giuseppe nos alojamos en una pieza en la casa de Enzo; el piso era de tierra y para ir al baño había que cruzar un patio; al poco tiempo los tres empezamos a trabajar en el matadero. Nosotros estábamos acostumbrados a juntar tomates de la quinta, a sembrar, a ordeñar, a hacer quesos con la leche de cabra, incluso a decapitar gallinas o degollar chanchos, pero el trabajo en el matadero era una cosa muy diferente.


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