• Juan Pablo Trombetta

Los árboles de la infancia. Por Flavia Pittella

Escribí esta nota para Infobae Cultura un 7 de abril de 2018. Había sido invitada como periodista al FILBA Nacional que se llevaba a cabo en La Cumbre, lugar de infancia de Juan Forn. Recuerdo muy bien cómo surgió la nota, la rapidez con la que la escribí. Recuerdo muy bien que me sentí por primera vez en el rol de periodista de verdad. Salí de la charla que había dado Juan y llamé a mi jefa, amiga y maestra, Hinde Pomerianec. Cuando atendió le dije «acabo de asistir a un momento mágico, si no lo escribo me muero». Hinde, generosa como pocas, me respondió que me sentara a escribir, que salía como yo lo escribiera.

La vida me regaló varios momentos parecidos y más privados con Juan. Venía a casa y en la glorieta tomábamos té, fumábamos y hablábamos de lo malas que eran las traducciones de Lumen de Flannery O ‘Connor y soñábamos un proyecto de traducirla juntos. Hablábamos de Natalia Ginzburg, y la Lispector y mis obsesiones con la escritura. Me daba ánimo, me hacía bromas. Yo solo lo miraba bien fijo a los ojos mientras hablaba porque sabía que se me había presentado allí como un milagro, algo que te es dado y solo debes atesorar con cuidado porque semejante privilegio no puede ser real y tenía que asegurarme que el que me hablaba era realmente Juan Forn, el señor de mis viernes.

Aquí la nota, un poco vuelta a escribir porque sí, porque la escritura es reescritura. Eso también me lo dejó Juan en la glorietauna mañana de enero.

La Cumbre de Forn

Juan Forn inauguró el encuentro del FILBA Nacional en La Cumbre, la bella ciudad del Valle de Punilla en Córdoba. Durante la noche del jueves Juan leyó un texto en el que nos llevó por un recorrido de su trayecto como lector; como escritor formado desde la lectura. La lectura, según Juan, como el evangelio del escritor. «Se escribe leyendo» nos dice y enumera a todos los autores que de una u otra manera configuraron su perfil de escritor. Estoy ahí: resulta una velada inolvidable. Quiero que me dé un minuto para salir a tomar agua, servirle un vaso a él y que lo vuelva a leer. Eso siento.

En su charla inaugural deja sentadas las bases para el resto del encuentro. Su mirada y su escritura nos condicionan y quedamos todos íntimamente armando nuestros caminos lectores. Pero, sobre todo, al leer su texto demuestra de qué está hecha la buena literatura, la literatura que no es grandilocuente, sino que se sabe parte pequeña de algo superior, que la precede. Y aun así es nueva, es la misma historia vuelta a contar.

Saber contar historias que son las mismas, que son simples, que perduran en la memoria y que uno quiere volver a leer precisamente por cómo fueron narradas. Hay algo de lo sublime en este momento que vivimos los que pudimos escuchar a Juan Forn hablar de la literatura que lee. Habla por él y por todos los lectores; ojalá que por muchos autores también.

La mañana de viernes en La Cumbre amaneció nublado y lluvioso. Repetimos algo que ya parece un ritual. Todos los asistentes al FILBA estamos alojados en el Palace, un hotel inmenso, detenido en el tiempo y amable, y vamos llegando al hall de entrada minutos antes de cada evento. Hay una familiaridad extraña. Nos conocemos. Creo que los conozco porque los he leído y es en muchos casos la primera vez que nos vemos.

Prestos a partir hacia la segunda charla de Juan Forn, Juan Sasturain y Mario Castells buscan abrigos y salimos todos caminando hacia un edificio cuya fachada, todos coincidimos y charlamos sobre el tema, recuerda a un cine de los años cincuenta. Luego comprobamos que efectivamente había sido un cine. Postales repetidas de otras ciudades. Conversamos sobre los nombres de las calles en La Cumbre y sobre un misterioso edificio que planeamos visitar, que se encuentra cuesta arriba y que promete historias demoledoras. Y nos contamos historias, todos todo el tiempo contamos historias.

Pero no es de eso de lo que quiero hablar. Quiero hablar de la memoria. Entramos a la segunda charla de Juan Forn .Y entonces comienza un ida y vuelta entre las preguntas que el público ya ha enviado y las respuestas que hilvana Juan en el aire, como entretejiendo una trama que vuelve a ser la escritura y se ve como un friso que forma parte de la muestra de arte que se exhibe en el salón y que rodea al público. Cómo escribimos, las lecturas inhóspitas que le debemos a nuestra propia escritura, nuevamente los libros y las lecturas. Escribir poco pero leer mucho y desconfiar del autor que escribe más de lo que lee.

Hay algo incómodo en las preguntas que el público hace en los encuentros de todo tipo. Es algo de lo que no se habla pero que se sabe. Está la pregunta que quiere y necesita una respuesta premeditada,las ya fueron contestadas de manera extensa y acabada hace cinco minutos, las que no son preguntas sino apreciaciones personales, las que buscan complicidad.

Y está Tununa Mercado. Juan Forn escribe sobre La Cumbre. Su obra pivota de manera peligrosa en el mar de su memoria y mucho de lo que recuerda sucedió en La Cumbre o en los momentos en los que no estaba en La Cumbre. Hay mucho de lo familiar y de lo íntimo que cruza la obra de Forn y vuelve de una u otra manera a La Cumbre. Nos lo contó ayer en la apertura del festival y en las charlas privadas que tuvimos con él en las que, como un niño travieso, nos contó una y otra vez cómo había ido a visitar la casa en la que había vivido «cuatro veces al año desde los 4 a los 25». Los árboles, la vista del golf. Y Tununa lo sabe. Y sabe todo porque es sabia y hermosa. Y también sabe que hay más que esa anécdota. Entonces, con un tiro por elevación, Tununa levanta su mano, pequeña, tímida, y pregunta delicadamente, como una abuela a su nieto, «Juan, yo leía el otro día Corazones y pensaba… ¿qué significa para vos volver a La Cumbre?, contanos qué sentís, qué te pasó…»

Y Juan infla el pecho y exhibe el mismo gesto aniñado con el que repitió mil veces la anécdota florida de la visita a la casa y cómo se trepó a la pared para ver si estaban los mismos árboles de su niñez y… y… no puede. No le salen las palabras. Lo invade la memoria, que es el refugio adónde van los escritores, y dice «bueno, yo ayer cuando leí el texto de apertura, suena extraño, pero no se lo leí a la gente, se lo leí a La Cumbre» y se quiebra. Se quiebra y llora y lloramos todos y lloro mientras lo revivo en estas líneas porque vimos al niño del escritor, cargada su memoria de una infancia tan particular que por más que quiera no puede abandonar y que se registra o bien por presencia abrumadora o por ausencia artificial en toda su obra y entonces finalmente entendemos todo lo que nos quiso decir en estos dos días: que la literatura es vida o nada, que se escribe con lo que se tiene y lo que se gana en las lecturas, que lo importante es tener historias para contar y que los lectores, la audiencia, los amigos, la familia, pueda leerlas para volvernos a ver; para vernos desnudos, como somos, pero también como queremos que nos vean. Juan quería que viéramos al niño Juan corriendo por las calles de La Cumbre y al hombre Juan trepando paredes de casas ajenas para reconocer un árbol de la infancia y quería que nos riéramos con él para quitarle dramatismo y quería que lloremos con él para cargarlo de emotividad y sentido; porque los árboles que poblaron tu infancia pueden ser una novela y él lo sabía mejor que nadie.


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