• Juan Pablo Trombetta

Los lunes de Juan. Por Adriana Khaski

Conocí a Juan Forn (en carne y hueso) en el invierno del 2007. Yo vivía en la costa, muy cerca de Villa Gesell y acababa de separarme. Estaba triste. Muy triste. Y sólo salía de mi casa para hacer las compras de subsistencia básica. Además de eso, los días se dividían en: trabajar lo mínimo indispensable (también dentro de mi casa), mirar todas las temporadas de Six Feet Under y leer todos los maravillosos libros que mi amigo Diego me prestaba y que yo devoraba semana a semana. Podría decir que ese año la literatura me rescató. Fue la soga, la escalera, el lado ascendente de la colina.


Y también ese año llegó a mis oídos que Juan Forn daría unas charlas los lunes en la Biblioteca popular. Sabía que Forn vivía desde hacía un tiempo en la costa y como ese año en particular era el de mi reencuentro con la lectura, decidí ir a ver de qué se trataba. Yo ya había leído Nadar de noche, era lo único que conocía de él.

Durante varios meses los lunes eran de Juan. Así los llamaba, «Los lunes de Juan». Esa era la mayor y mejor actividad de la semana. Salía de casa después de las seis de la tarde, el cielo ya oscuro, por el camino arenoso, el termo con agua caliente. Llegaba casi justo para la hora de la cita, las charlas comenzaban a las siete.

La Biblioteca del pueblo a esa hora estaba cerrada, Juan tenía una llave así que lo esperábamos para poder entrar y nos despedíamos dejando todas las luces del edificio apagadas cuando nos íbamos.

La reunión era en una sala ni muy grande ni muy pequeña, tenía colgadas unas láminas de aves, reptiles y algún mapamundi si mal no recuerdo. Nos sentábamos alrededor de una mesa de madera ovalada, Juan en uno de los extremos y habitualmente yo en el otro. Al comienzo éramos pocos, seis o siete personas. Las veces que estuvo más concurrido habremos sido catorce, quince… Eso era el pueblo. Invierno. Transversalidad. Ausencia. No pasaba nada, y cuando algo pasaba éramos tan pocos.


En las charlas Juan no hablaba de sus textos (salvo raras excepciones). Hablaba de literatura, de libros, de autores, de historias. Se apasionaba, se iba por las ramas y disfrutaba de las conexiones, de las coincidencias. Del hilo invisible que enhebra siglos, continentes, etnias, culturas, geografías, en una misma pieza, inacabada pero definida, inadecuada pero significante, amorfa pero familiar.

Ese año Forn había terminado de escribir María Domecq. Algo nos dijo en una de sus charlas, acerca de haber concluido una novela que tenía influencia nipona, mientras hablaba de literatura japonesa, de sus traducciones de Kawabata, de la oscuridad de Oé, de la modernidad de Murakami y de un fantástico libro llamado El crisantemo y la espada, de la antropóloga Ruth Benedict.

Años después leí María Domecq, por supuesto, y me atravesó.


Hay personas que tienen un paso fugaz en nuestras vidas, y esa fugacidad no tiene proporción alguna con la intensidad de su paso. Un cometa. Una cuchilla.


Gracias Juan

y buen viaje...


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