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  • Juan Pablo Trombetta

Los Reyes Magos existen. Por Juan Pablo Trombetta

Hacía dos o tres días que habían empezado las clases. Estábamos en tercer grado y muchos de nosotros todavía teníamos siete años. Con algunos compañeros nos estábamos contando las aventuras aquel verano y qué nos habían dejado los reyes magos en los zapatos. En eso apareció Pérez Colman:

—Los reyes magos no existen —dijo.

Nos miramos entre todos. Hubo un silencio.

—Por supuesto que los Reyes existen —respondí con suficiencia, carpeteando al auditorio de compañeros de aula que se habían reunido a nuestro alrededor en el recreo. La escena transcurría en el patio del colegio Guadalupe, en Palermo (el de la primaria, el que tiene entrada por Mansilla). Era con toda precisión a principios de marzo de 1967, estábamos en tercer grado B, y la maestra se llamaba Lidia. Eran tiempos en que el director de la primaria era el cura José, o “cebollita pelada”, el mismo que te levantaba de las patillas si hacías una macana como no estirar el brazo para tomar distancia antes de entrar a clase (dos filas, del más petiso al más alto) o no tenías los zapatos bien lustrados.

—No, gil, qué van a existir, si son los padres —dijo Pérez desafiante, con su actitud de guapo y patotero.

Espiando de reojo a los compañeros que en sus guardapolvos grises miraban expectantes, imposté la voz y elevé el tono:

—Más gil serás vos, si yo les escribo una carta y me traen lo que les pido... además les pongo un balde con agua y otro con pasto y no queda nada, toman toda el agua y se comen todo el pasto —y dicho esto busqué la aprobación de mis condiscípulos. Sin embargo, para mi estupor, surgieron muchos que le daban la razón a Pérez Colman, entre ellos nada menos que Piovano, mi entrañable compinche futbolero. Otros, en cambio, asistían algo perplejos a esa inesperada polémica. Es que al menos a la mitad de los cuarenta y pico que éramos en aquel tercer grado, se nos derrumbaba una certidumbre maravillosa, y no estábamos dispuestos a aceptar semejante cataclismo así nomás, solo porque al insensato de Pérez Colman se le ocurriera. Fue entonces que el Negro López, o tal vez Aguilera, no recuerdo bien, uno de esos dos propuso que cuando llegáramos al aula le preguntásemos a la señorita Lidia. “¡Y claro! —pensé— ¡ya va a ver este Pérez Colman cómo tiene que cerrar la boca! ¡Mirá si los reyes no van existir! ¡Por favor!”

Aquel verano Melchor, Gaspar y Baltasar me habían traído el ansiado karting, el celeste con el número 2 y el volante ovalado, el de los pedales que no daban toda la vuelta, como en las bicis, sino que iban y venían de atrás para adelante, de adelante para atrás... el mismo con el que cruzaba a la plaza y me sentía Fangio avanzando por la vereda del Botánico entre las señoras que caminaban con la bolsa de las compras...

Yo estaba ahí, en medio del patio, y también pensaba en la pelota de cuero del año anterior, que no era una Pecosa pero era mi primera pelota de cuero... Además, mi viejo me ayudaba con mucha seriedad a escribir la carta, claro, no había que zafarse, pedir regalos exagerados, porque los reyes tenían que ser justos, no vaya a ser que a uno el karting y a otro unos caramelos, no, todos los chicos del mundo tenían que recibir hermosos regalos al amanecer del seis de enero, porque la noche del cinco casi no dormíamos, aguantábamos todo lo que podíamos pero al final, ¡zás! siempre nos vencía el sueño.

¡Mamita! y aquel verano del 67 abrir los ojos, correr al balcón donde había puesto los zapatos y el agua y el pasto... y encontrarlo, reluciente su volante cromado, todo para mí... ¡el karting celeste!

“Este Pérez qué sabe, ya estamos por entrar al aula y se acaba el misterio, cuando le preguntemos a la señorita Lidia nos va a decir que por supuesto, que cómo no van a existir los reyes magos, y allá el amargo de Pérez Colman con sus mentiras”, pensaba yo mientras subíamos hasta el segundo piso por las amplias escaleras, rodeando el ascensor de puertas tijera que usaban los curas. Así que estaba muy tranquilo para cuando entramos al aula. Confiado. Sin ir a ocupar nuestros respectivos bancos, Pérez y yo, conscientes del rol de cabecillas de las dos facciones que se habían aglutinado en torno de cada uno de nosotros, nos acercamos a la señorita Lidia —que no era ninguna señorita sino una señora de más de cuarenta— y entonces él le preguntó sin más vueltas:

—Señorita, ¿no es cierto que los reyes magos no existen, que son los padres?

Lidia no intentó evasivas ni dio rodeo alguno, creo ahora que su expresión escondía una íntima y tortuosa forma de placer cuando respondió en voz alta, para que escucháramos todos:

—¡Pero claro que no existen, ustedes ya son grandes para creer en eso!

Con una opresión en el pecho y los ojos húmedos, solo atiné a murmurar, mientras volvía cabizbajo y vencido a mi pupitre en el fondo de la fila: “¡Los reyes magos existen!”


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