• Juan Pablo Trombetta

Los rostros de San TelmoPor Federico Navascues

Buenos Aires es una ciudad con todo, una ciudad que maravilla a sus visitantes y residentes con sus luces y su cultura. Nadie pasa desapercibido por La Boca, San Telmo, siquiera por Palermo o el renovado y ostentoso Puerto Madero. La verdad que no tiene nada que envidiarle a las grandes metrópolis europeas. Incluso su historia también habla de poder, traición, dinero, amor y guerra. Esta vivencia tuvo lugar en un rincón de esta ciudad, el ya nombrado barrio de San Telmo.

Recuerdo haberme abrigado muy bien aquel domingo soleado, esos días en que no se entiende la gravedad y menos a ese tal Newton. Nos impresiona cómo no nos despegamos del suelo y nos perdemos en ese mar celeste; en ese firmamento. En fin, la ciencia puede enseñarnos y demostrarnos muchas cosas que nuestros sentidos más elementales van a cuestionar una y otra vez con tal de percibir el lado artístico de la vida: el sol es amarillo y redondo, el agua celeste y las nubes son pompas de algodón mullidas en las que puede uno recostarse.

Deseaba adquirir una obra de arte, puntualmente una pintura al óleo. Tenía en mi departamento varias fotos de trabajos surrealistas, alguna que otra con dejos de cubismo y tan solo una de estilo impresionista, por cierto el estilo que más me cautivaba. Pero en ese junio necesitaba hacerme de una obra original. Soñaba con mirarla de a ratos, encontrándole distintos matices y colores. Imaginaba una pieza realizada a medida de mis emociones, para disfrutar con cada suspiro. Claro que no tenía una suma elevada de dinero, por lo que mi oportunidad yacía en el talento de alguno de los pintores o pintoras que exhiben sus frescos en los puestos de la feria que da vida a la calle Defensa. Los comentarios que había recibido eran excelentes.

Estacioné a un par de cuadras, froté ambas manos para calentarme y me dispuse a recorrer el mercado callejero con una mirada aguda. Vendían y exponían exquisiteces, la verdad que el talento sobra por estos lares. No buscaba un retrato, tampoco paisajes, tenía el dinero contado pero deseaba encontrar la esencia del universo en un pedazo de tela; no estaba en los planes resignar nada. Prometí antes de llegar que sólo iba a adquirir aquello que a primera vista robara mi alma, esa frase la repetí una y mil veces mientras me golpeaba el pecho. A las doce del mediodía, después de almorzar una cazuela humeante de carnes en hebras y vegetales, condimentada con una salsa roja afrodisíaca y picante, encontré la pintura, mi pintura. Un puesto simple la sostenía y encadenaba brutal y agónicamente con cuatro piedras sobre un viejo tablón de madera. A su lado, un hombre mayor, diría de unos setenta años, con barba larga blanca y revuelta, contemplaba el transcurrir de la multitud con mirada templada. Creo que se detuvo el tiempo, solo quedamos ella -con sus colores y trazos- y yo mirándonos fijamente; el mundo, sus designios y caprichos se tornaron intrascendentes. Pregunté al hombre el valor y sin más vueltas la compré. A pocas cuadras había cruzado un pequeño atelier de marcos. Corrí hasta él y la vestí con una pieza de madera tallada, color negro. La quería colgar, exponer y contemplar en ese mismo instante, sentía mi corazón latir desmesuradamente. Necesitaba saborear esos colores. El óleo daba luz a un almacén añejo, de tonalidad verde y ubicada en una esquina, a dos bailarines de tango y a un bandoneonista alejado pero lo suficientemente cerca como para hacer sonar su música. La dama lucía un vestido rojo, corto, el guapo un traje azulado con finas líneas negras. Bailaban al compás del fuelle, con un Buenos Aires que se perdía en el horizonte. La pasión, la cadencia y la melodía estallaban a gritos y salpicaban la vista. Ni bien entré al departamento busqué el taladro, agujereé la pared frente a la mesa y sentí inmortalizar el espacio. Luego, una copa de vino tinto y unas buenas pastas iban a hacer de esa noche una velada perfecta. Fue ahí, no lo puedo olvidar, ocurrió de repente. Sentí que todo se venía abajo. Algo no cerraba, algo inquietante y perturbador me golpeaba desde el inconsciente. Me levanté y encaré la obra, la miré detalle a detalle, curva por curva, trazo por trazo; grité: ¡no puede ser! ¡Es un error! ¡Es un horror! Cómo no van a tener rostro, cómo van estar esas caras lisas, pálidas, sin emociones, sin nada; huérfanas de vida. Eso no es tango, eso no es pasión, no es arte; cómo no me di cuenta, por dios. Cómo puede ser posible si me impactó, si la miré fijamente a los ojos. Ese viejo tramposo tampoco me dijo nada, debió haberme advertido. Rompí la copa contra el piso y me refugié en la habitación. Todo había sido un fracaso, un día arrojado a la basura, un clavo gastado al cuete y unos cuantos pesos menos en mi billetera. Me quedé dormido vestido, siquiera logré quitarme el calzado. El lunes llegó lentamente, con horrendas pesadillas. El lunes como siempre es nefasto, un ser que no debiera anidar en los almanaques pero que allí está, simplemente para recordarnos el paso del tiempo. Creo que nada importante puede pasar un lunes. Tomé coraje, unté unas tostadas, preparé café y partí rumbo al trabajo. Ni siquiera la miré, la evité todo el tiempo. Me propuse extirparla algún día de la semana cuando el dolor y la bronca mermaran. No la podía ver más, me había estafado, defraudado, engañado. ¿Cómo me iba a ocultar algo así? Fueron transcurriendo los momentos: cenas, mañanas, tardes, ocasos. Todo seguía igual. Para mí no ya no existía, era un simple y vulgar adorno más. Hoy creo que tal vez ella también me ignoraba, después de todo nadie es feliz ante la indiferencia y el desprecio; quizá deseaba volver a las manos de ese vendedor de dibujos, a ese puesto pulgoso, a esas cadenas rocosas, a esa cruda intemperie, junto con todos esos papeles de colores sin alma ni corazón. Julio se fue volando, agosto un poco y un poco, septiembre no solo trajo la primavera. Si mal no recuerdo, uno de los domingos de la última quincena tomé el valor que me faltaba y regresé con la pintura a la feria. Necesitaba preguntarle a ese viejo por qué había condenado a esas figuras a la frialdad del anonimato, cuál era la razón ruin para negarles ojos, boca: vida. Busqué por todos lados, recorrí una y otra vez todos los puestos, no lo pude encontrar. Mi sensación de vacuidad crecía y crecía. En el lugar exacto donde había comprado la obra yacía un puesto literario, con algunos posters y láminas colgadas, con frases de grandes escritores y pensadores. Era atendido por una joven de unos treinta años, francamente hermosa. No alcanzarían las obras completas de Cortázar o Neruda para describir sus ojos y su boca. Le pregunté medio enojado y casi sin expectativas si sabía acerca de un viejo que unos meses atrás vendía pinturas sin rostro, precisamente en esa ubicación. Me sonrió… momentos después me dijo que era su padre. Consternado traté de insinuarle mi duda, intenté indagar y hacerme de una respuesta que completara la obra, que le devolviera la vida y me devolviera la tranquilidad. Me dijo que su padre nunca pintó rostros por una razón caprichosa. Regresé a mi conurbano con sabor agridulce, por un lado había encontrado una respuesta, por el otro, no terminaba de comprender semejante obstinación, tamaño desdén. Cómo alguien iba a dejar una obra inconclusa por temor, por bronca, por incapacidad, por placer, por lo que sea. Una obra debe y necesita ser concluida. Más, una pieza que a primera vista era tan espectacular que los rostros pasaban desapercibidos. Años después, leyendo el gran libro de las artes inconclusas comprendí el mensaje. El arte no tiene que ser perfecto, no tiene por qué atar todos los cabos, no debe dejarnos tranquilos; el arte debe provocar, debe ser perfeccionado con la ilusión, los sentimientos y el pensamiento de cada persona.

Soñando una noche tuve una experiencia parecida a una epifanía, se me reveló la razón oculta… él jamás había logrado pintar el rostro de su hija.


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