• Juan Pablo Trombetta

Mamá Inmensa


Nuestro tío Flavio, hermano de mamá, murió el 27 de febrero de 2022 y bastó su muerte para que ella, que lo amaba más que a nada en el mundo, decidiera seguir sus pasos y se nos fue el 22 de abril. Entonces, nos quedamos todos sin el tío Flavio y sin mami en un mundo en el que quedan cada vez menos artistas, artesanos, sabios amantes de la familia, el trabajo, el ocio, el buen vivir y el sacrifico. Parece una enumeración sin sentido, pero lo tiene porque ellos eran todo eso y mucho pero mucho más.

Mamá era una mujer sabia, culta, divertida y sensual. Entendía mejor que nadie eso de “como te ven te tratan” y nos crió en la necesidad de la pulcritud, la elegancia, las manos encremadas, el perfume y el cabello peinado, el estudio, la cultura general, la música y el baile. Tejía y bordaba y diseñaba prendas de alta costura y vestidos de novia. Mamá cocinaba como los dioses y nadie nunca pudo imitar ni uno de sus platos, ni su pan, ni sus pizzas ni nada. Era una lectora voraz. En su mesa de luz convivían Tolstoi y las Bronte y siempre un Corin Tellado. Amaba el cine y la música y cantar. Mamá enamoraba y enojaba por igual, nada era a medias tintas con ella. Nada, nunca. Era todo a fondo, el compromiso, el enojo, el amor, la familia, los amigos. Nuestra madre vino, vio y venció. Se bajó de un barco para sembrar y crear, para difundir, repartir, dar y volver a barajar. Nunca, pocas veces, la vimos abatida. Nada, ninguna tormenta la acobardaba. Anna fue una diosa griega, una reina madre.

Deja un agujero negro, un vacío imposible de pensar o de imaginar. Viviremos sabiendo qué tan privilegiados fuimos los que vivimos bajo su mirada implacable, su sonrisa perfecta, sus desparpajos, sus caprichos. Soñaremos que sigue estando con nosotras y que el mundo no es esto en lo que se convirtió: una bola sin manija, una deriva en la que nadie ya nos dirá que le pongamos sal al agua, que esa pasta está incomible, que ese vestido tiene mal hecho el ruedo, que nos sentemos derechas, que vayamos más al cine, o que seamos nosotras mismas, que no nos dejemos atropellar, que el mundo es nuestro y que no tengamos miedo, que ella está detrás para atajarnos.


Paula y Daniela


Y por supuesto, nuestra madre escribió sus memorias que no llegó a ver publicadas pero que en breve estarán en papel para dejar por escrito su mundo complejo y hermoso. Les dejamos aquí las primeras líneas de sus memorias porque, como bien decía a todo el que quisiera escuchar y con un tono de falsa modestia: “tengo tanto para contar que escribí un libro” como si escribir un libro fuera tan fácil…


PAN, AMOR Y CANCIONES


Recuerdos de Anna de Mongrassano.

Hoy, 17 de Agosto, mi hermano Flavio cumple setenta años. Nos llevamos cinco años y medio. Cuando lo trajeron a casa yo estaba fascinada, era un bebé tan hermoso, me la pasaba mirándolo, lo cambiaba, todo fajadito, era como un paquetito; yo me sentaba en una silla bajita y lo hamacaba y le cantaba hasta dormirlo; si lloraba ponía una telita blanca y una cucharadita de azúcar y le hacía un chupete y con Fausto, mi hermano mayor, lo cuidábamos. Fausto me llevaba dieciocho meses, éramos como mellizos.

A la distancia lo veo tan nítido que pensé que podría escribir más recuerdos. No soy escritora y no sé cómo empezar, pero quiero intentarlo. Fui al colegio solamente hasta cuarto grado. Me salva un poco el hecho de haber sido siempre muy lectora, leía todo lo que caía en mis manos. Pero nunca estudié nada, todo lo que se lo aprendí de mi mamá AMORINDA, así con mayúscula. Ella fue el eje de mi vida y por supuesto mi papá Gustavo que era una persona muy especial, le gustaba cantar y jamás levantaba la voz. Los dos habían nacido en Mongrassano, en la provincia de Cosenza, Calabria, venían de familias pobres con historias parecidas.

Mi papá fue uno de siete hermanos. Mi nonna Livia, hermosa mujer de ojos color turquesa a la que recuerdo siempre sentada en el telar, empeñó lo poco que tenía para pagar los pasajes de su esposo y de su hijo mayor para que vinieran a Argentina antes de la guerra del año ‘13. Mi nonno nunca le mandó ni un peso de vuelta, y a la abuela Livia le quitaron todo. Así vivió en el pueblo mientras los hijos se le iban yendo, hasta que se quedó sola con la hija más chica. Entonces decidió viajar ella también a la Argentina. Se reencontró con su marido, en un conventillo de Buenos Aires, cuarenta años después.

Mi nonna Rosina, quedó viuda a los treinta y tres años con siete hijos, mi mamá tenía tres meses, así vivieron en Mongrassano. Mi nonna Rosina cuando mi mamá se casó se quedó a vivir con ella, fue uno de los grandes amores que tuve en mi vida. Su hijo mayor, Doménico, luchó en la guerra y volvió sano de milagro. Al llegar se puso de novio con una muchacha que en Mongrassano era conocida por haber andado con todos los hombres del pueblo, pero Doménico se enamoró y, desoyendo a Rosina, se casó. Al tiempo emigró solo a los Estados Unidos. Llegó a Nueva York y empezó a trabajar como zapatero, le fue muy bien y mandó a llamar a su mujer. Pero un amigo le escribió diciéndole que, en su ausencia, la esposa no había respetado el matrimonio y la plata que él le enviaba ella la disfrutaba con los hombres del pueblo. Así que él decidió retirar el pedido de llevársela a vivir a Estados Unidos. Y allá se volvió a casar. Siempre quiso que su madre viviera con él, decía que casi no la había disfrutado a Rosina. El tiempo le iba a dar la oportunidad.


Amorinda y Gustavo


Amorinda y Gustavo fueron dos personas maravillosas. Él era el herrero y ella la modista del pueblo. Se conocieron en Mongrassano, un pequeño pueblo rodeado de montañas y muy cerca del mar. Aparte de sus trabajos, mis padres hacían de todo. En el pueblo todos hacían de todo y cuando digo de todo me refiero a cultivar, cosechar, hilar, cocinar, tejer, buscar el agua, cortar la leña... Las personas se autoabastecían con todo lo que daba la tierra. Y eso podía llegar a ser un plato de agua con sal. Así le decían al plato que más de una vez los alimentó. Se ponía a hervir el agua con sal, unos dientes de ajo, un chorro de oliva y unas hojitas de laurel, luego se añadía el pan y se dejaba embeber hasta que se armaba una pasta.

Nací en plena guerra, en el año 1943, un 6 de enero, día de reyes, solo que allá a la festividad le dicen la Befana; era un hada que venía como los reyes, desde ya no traía juguetes, porque era pobre; colgábamos una media en el hogar y nos ponían alguna fruta, a veces algún caramelo. Mi papá me decía que a mí me había traído la Befana. Mi mamá también tuvo siete hijos, de los cuales murieron tres de bebés, todos con gastroenteritis; en esa época no había antibióticos, quedamos Fausto, Flavio y yo. Luego ya en Argentina iba a llegar nuestro hermano bebé más querido, nuestro hermanito Carmelo, Carlitos como le decimos todos.

Así como todavía no había antibióticos tampoco contábamos con una farmacia en el pueblo. Me acuerdo la vez que estaba cuidando a Flavio, como siempre, en la placita de Mongrassano. Él tendría dos años, no más y yo, apenas siete. Sentada en el banco de piedra de la plaza lo miraba cómo corría a un corderito que andaba por ahí hasta que se cayó de boca al suelo y se abrió el labio de abajo. Aún hoy conserva la cicatriz. Fue impresionante ver cómo le colgaba el labio partido al medio. Mamá lo llevó al doctor, se lo unió con una grampa y le dijo que tenía que tomar un remedio. La farmacia más cercana estaba en San Marco. El pueblo que estaba a ocho kilómetros de casa. Al día siguiente Fausto y yo fuimos hasta allá. Había un colectivo iba de Mongrassano a Cervicatti y San Marco. Pero en lugar de tomarlo, con mi hermano fuimos corriendo. ¡Ocho kilómetros de ida y otros tantos de vuelta, corriendo! A la vuelta estábamos tan cansados que le hicimos señas al colectivo, cuando lo vimos pasar por el camino, pero el chofer vio dos nenes y no nos hizo caso.

Se hizo de noche y teníamos que pasar por la temida Curva del diablo. Habíamos escuchado muchas veces la historia que contaba papá. Un amigo de él volvía caminando al pueblo, y al tomar la curva vio a un hombre sentado sobre el muro que contiene el camino, con las piernas colgando al precipicio, leyendo muy tranquilo el diario. Le resultó tan peligrosa como extraña la situación y apuró el paso. En eso sintió que este hombre lo seguía. Empezó a correr. Cada vez más rápido y el hombre iba detrás. Cuando llegó a la altura del camino que estaba la Capillita de San Francisco, pidió: “San Francisco, sálvame” y en ese momento el hombre se arrojó al precipicio. El amigo de papá llegó tan aterrorizado a la casa que ese día su pelo encaneció para siempre.

A Fausto y a mí no nos daban las piernas para correr cuando llegamos a la altura de la Curva del Diablo, encima era noche cerrada. Pero no nos pasó nada. Fausto siempre fue mi gran protector.

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