• Juan Pablo Trombetta

Mujeres que escriben. Por Flavia Daniela Pittella

Re-escribir a Shakespeare en el interior del litoral argentino (Ladrilleros de Selva Almada)

Extracto del libro «40 libros que adoro», Planeta 2015.

Si Selva Almada ya era un nombre conocido en la esfera literaria contemporánea por El viento que arrasa una especie de anti-road movie en la que la ausencia de acción prima en un paisaje litoraleño sofocante, intenso y desolador, con la llegada de Ladrilleros la autora se planta en la escena literaria del realismo con un estilo conciso, rotundo y descarnado a la vez que poético.

En un flashback complejo Pajarito Tamai y Marciano Miranda yacen agonizando en el barro, se han acuchillado mutuamente y la muerte es inminente. Lo sabemos, lo podemos oler. En un ida y vuelta en el tiempo, entre alucinaciones, muertos que hablan, recuerdos y confesiones, vamos reconstruyendo sus historias de familias vecinas enfrentadas. Es una larga historia de odios familiares, de diferencias irreconciliables, muertes y traición. Pero, sobre todo, es una historia de amor.

En la versión de Pablo Neruda del coro inicial de Romeo y Julieta de Shakespeare se anticipa, majestuosamente, la historia que Almada cuenta hoy.


CORO


En la bella Verona esto sucede:

dos casas ambas en nobleza iguales

con odio antiguo hacen discordia nueva.

La sangre tiñe sus civiles manos.

Por mala estrella, de estos enemigos

nacieron los amantes desdichados:

sólo su muerte aniquiló aquel odio

y puso término a la antigua cólera.

Nada sino la muerte de los hijos

pudo llevar los padres a la paz.


Faltan aquí, sin embargo, balcones, dinero, poder y estatus. Todo en este barro llano del litoral argentino es pobre y descarnado. Aquí prima la ausencia, la falta. Hay solamente humanidad despojada, pero sobra pasión. No se necesita opulencia, dinero, cuerpos esculpidos por un cirujano ni belleza de tapa de revista para que ocurra el amor, el engaño, la pasión, el odio. Y de eso va Ladrilleros. Vamos entrando en el pasado de este momento en el que los cuerpos yacen ya casi muertos y poco a poco los hilos se entretejen, y lo que parece en principio básico y casi animal comienza a tomar una densidad que deja al lector sumido en una tristeza de la que sólo se sale con el final, que, sin respiro, nos aclara que todo esto que pasa tiene que ver con el amor. Ni las escenas de sexo, cargadas de erotismo y lenguaje explícito, o las descripciones de extrema violencia o calma cotidianeidad nos anticipan el giro del final. Nada nos prepara para un cierre enormemente poético a la vez que triste y desolador.

Los comienzos de las novelas, se sabe, son fundamentales. Las primeras líneas marcan el pulso, instalan el clima y convocan –o no– a seguir leyendo. Así comienza Ladrilleros:

La vuelta al mundo quedó vacía, sin embargo las sillas siguen balanceándose despacio. Será el aire del amanecer.

A Pájaro Tamai, echado en el suelo, boca arriba, le parece que la rueda gigante sigue moviéndose. Pero no puede ser porque la música no se oye. No escucha nada: tiene la cabeza llena de ruido blanco. Blanco como el cielo, –nunca lo ha visto así– contra el que se recorta un fragmento de la máquina, un pedacito, desenfocado, que es todo lo que la vista pueda abarcar.

Achina los ojos a ver si deja de girar. Es peor: se marea y ya no se mueve solo la vuelta al mundo, se mueve todo el mundo.

La vuelta al mundo como backstage en un parque de diversiones ambulante, precario y barroso es el símbolo de la estructura de una novela que, en eternos círculos, nos traerá nuevamente a este escenario final, que conocemos en las primeras líneas. Pájaro y Marciano mueren en las primeras dos páginas. Han sido vecinos desde pequeños y sus padres –dos ladrilleros– se han odiado desde siempre. Pesa sobre uno de los padres la duda sobre la muerte del otro. Y desde ese entonces los niños, hijos de estos padres enemistados, han construido una relación que se basa en la desconfianza, la rivalidad y el rencor. Y también en la atracción. Sonia y Pajarito Tamai, de un lado del alambre; Marciano y Ángel Miranda, del otro. Pero los alambres están hechos para saltarse…

Almada ha logrado con esta corta novela un retorno al realismo del mejor; porque, muy cuidadosamente, de tanto en tanto los giros lingüísticos, los vocablos, la complejidad de su prosa nos trae a la realidad: la literatura es un artificio, un escenario, y, como diría el gran Bardo, si «cada uno debe jugar su rol», el escritor juega el suyo también. Y Selva ha construido un estilo, al que le es fiel, que a su vez recrea e instala en cada nueva situación.

Podría decirte muchas cosas más de Ladrilleros, pero me interesa que te quedes con esto: es una historia de amor y odio, en un paisaje litoraleño, que le contesta a Shakespeare y le dice: aquí también hay grandes historias de amor imposible, de odios entre familias; aquí la gente también mata, se mata y muere por amor.

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