• Juan Pablo Trombetta

NUESTROS VECINOS, NUESTRA HISTORIA GONZALO VÁZQUEZ

Allá en los noventa, en el furor de los picados y los desafíos playeros, había un pibe flaquito pero muy metedor que iba ascendiendo de los juveniles al equipo titular: era Gonzalo Vázquez, o Gonzalito, para todos los que jugábamos al fútbol con él y no parábamos de darle indicaciones: «subí, bajá, marcá, pateá, meté, pasala...» Y ahora apelo una vez más a Gonzalito, ya adulto, ya papá, para que nos cuente cómo era ser niño en aquel remoto Mar de las Pampas... ¿Mi infancia en Mar de las Pampas? ¡Mi infancia fue la mejor! Vivimos en Gesell… pero a mamá nunca le gustó la vida de allá, así que decidieron volver a Capital. Pero como papá trabajaba en Mar de las Pampas cuidando el bosque y vendiendo lotes, pasábamos todas las vacaciones allá, verano, invierno y findes largos… Terminábamos el cole y salíamos en el Falcon para la casita de Gesell y Hernandez, la casita de la empresa donde hacía base el viejo Naifert durante el invierno. Atrás de esa casa, pasando la loma de los eucaliptos, estaba el vivero, el tanque de agua y, cruzando la calle, el “Santos Vega”, la casita vieja a donde se mudaba Naifert. Papá ya había hecho un viaje previo llevando víveres para todo el verano. Apenas llegábamos, mamá nos echaba de la casa para que la dejáramos hacer una limpieza a fondo. Acomodaba la ropa en los placares, los víveres en la alacena, ponía las frazadas y almohadas a orearse y se prometía, año a año, que esa sería la última vez que lo iba a hacer. Había que terminar todo antes que cayera el sol. En ese momento no había luz eléctrica. Naifert ponía en marcha el motor del tractor de la empresa, que dormía en el viejo galpón que estaba al lado de la casa, y nos dejaba un par de baterías cargadas para alimentar el precario sistema de iluminación. Por las dudas, siempre teníamos dos faroles a kerosene. ¡Todo era una aventura! Nadie conocía Mar de las Pampas… “¿Adónde te vas de vacaciones?” “A Gesell”, para qué ponerse a explicar... La salida familiar era ir a comer a “El Pirulo”, una pizzería que estaba en la esquina de 3 y 139, comprar un librito en “Alfonsina”, volver a casa y acostarse a leer “hasta que se acabe la luz” (o batería). Enfrente de casa había una hilera de parrillas públicas donde la gente que iba a pasar el día podía prender un fueguito y hacer algo rico. Cada vez que llegábamos de la playa encontrábamos gente en casa sacando agua de la bomba… “¡pida permiso che! y por favor, aegúrense de apagar bien el fuego antes de irse”… nunca lo hacían, íbamos con mis hermanos refunfuñando ante el pedido de mi madre. Cuidábamos mucho el bosque, ¡¡era nuestro!! Si veíamos a alguien haciendo fuego en algún terreno, no dudábamos en acercarnos y recordarles que no se podía hacer fuego ahí. Cuando papá llegaba de la oficina, nos acompañaba para controlar que no hubieran dejado brasas prendidas. Es que varias veces tuvimos que colaborar para apagar algún foco de incendio… Todos los veranos invitábamos, cada uno de mis hermanos y yo, a un amigo a pasar unos días en Mar de las Pampas. Cada tanto esos amigos tenían que ir a hablar con sus padres a la oficina de ventas del mío, porque era el único lugar con teléfono. Con mis abuelos y tíos nos comunicábamos por carta. Obviamente televisión no había… ¡Era espectacular! ¡Naturaleza y amigos! Un día hicieron el tendido eléctrico de la avenida principal y la iluminaron… recuerdo que fue como si me estuviesen arrancando algo mío, una parte de mi cuerpo… no era lo mismo! El cielo no se veía igual… ¡el bosque menos! ¿Qué paradoja, no? Con la luz dejamos de ver muchas cosas… Hasta entonces, sólo había luz en la playa, y donde hay luz, hay bichos, y donde hay bichos, hay sapos, y donde había sapos estábamos mi amigo Marce y yo metiéndolos en una bolsa de consorcio para llevarlos a casa y hacer maldades a mi hermana y sus amigas... “¡No hagan boludeces!”, decía mi papá sentado en las escaleras de casa, fumando un pucho y tomando un trago, cuando nos veía llegar con la bolsa inquieta… “¡Hola Jorgito!” , lo saludaba al pasar Andrés Green, que pasaba rumbo a su casa con sus pequeñas hijas, Celina y Sofía. Cuando se alejaba, mi viejo decía:“¡Cagamos, ahora vuelve y me chupa todo el whisky!”. No se equivocaba. Éramos muy poquitas familias veraneando aquí… lo primero que yo hacía era ir a buscar a Santiago y Lucas Esteller para salir a andar en bici. Me aseguraba que Donna, una perra blanca, una de las tantas crías de la pareja de Pastores Húngaros de Cristóbal y Silvina que inundaron Mar de las Pampas, estuviera atada, y entonces me acercaba a saludar a mis amigos, no sin antes saludar a su monito capuchino “kiwi”, que vivía atado en el quincho de techo de paja de su casa “Marejada 1983”. Con ellos pasaba todo el día andando en bici, haciendo chozas y buscando berberechos en la playa para que su mamá Nora preparara una rica comida. A veces me sorprendía la noche y veía a mi papá patrullando el bosque con su Falcon… ¡Pucha, la que se me viene!  Me escondía con la oscuridad de cómplice, esperando el momento exacto para entrar a la casa y escabullirme a mi cuarto antes de que él llegara. Pero mamá esperaba en la puerta… Cuando yo la veía llorar, me acercaba cabizbajo y oía, entre sus sollozos: “metete en tu cuarto, mañana hablamos”. Pero claro, ¡ahí no pasaba nada! ¡Era un lugar re-seguro! Íbamos a la playa a la mañana con la sombrilla, el bolso de juguetes, barrenadores y demás cosas, las dejábamos en la playa al mediodía, nos íbamos a almorzar y, al volver por la tarde a la playa, ahí estaban, ¡intactas! Un verano conocimos a un guardavidas medio loco, Pablo “el Rana” Fernández, y a su entonces novia, Alejandra. Pablo y Ale se fueron a vivir un año a Mar de las Pampas a la calle Tucu-Tucu. Ahí, con ayuda de algunos amigos, construyeron su “alambique”. Una pequeña casita de madera, símil refugio de guardavidas con una bomba sapito afuera, donde infinidad de veces nos invitaba a todos los chicos a hacer una fideada y pasar la noche en carpas. En la playa, Pablo nos juntaba a todos los chicos en su descanso y nos metía a nadar. Nos hacía entrar por los chupones y nos enseñaba a salir del mar… ¡Nos llevaba muy lejos! Mamá siempre hacía lo mismo: “¿Se van a nadar con Pablo?”, preguntaba, y ante nuestra afirmativa, daba vuelta la reposera para no vernos. Pablo tenía un objetivo claro: que nosotros supiéramos resolver alguna situación por si nos metíamos al mar cuando él no estaba. ¡Hasta técnicas de RCP nos enseñó! Todavía me duele el pecho de los masajes cardíacos que me dio usándome de ejemplo… Una noche conocimos a los Rebecchi. En la calle Almafuerte hay dos casitas mellizas, nosotros estábamos con unos amigos que alquilaban todos los veranos una de ellas.  Los Rebecchi llegaron a la otra, abrieron puertas y ventanas, prendieron las luces y, menos Batman, ¡aparecieron todos los murciélagos del mundo! ¡Parecía una película! La imagen que veíamos desde la ventana era una nube de murciélagos volando alrededor de la casa y a Gabriela, Carla, Lucas y Agustín Rebecchi con raquetas de tenis adentro tratando de matar alguno al vuelo... ¡Fue muy gracioso! (para nosotros, obvio.) Nos hicimos muy amigos de ellos, me acuerdo que Agustín y Lucas se peleaban por noviar con mi prima Mariana. Hoy, Agustín es su marido. La primera vez que hablamos fue cuando Lucas nos trajo una cotorra toda agusanada. A mí me encantaba agarrar cuanto animal se cruzaba... Con los Rebecchi, mis hermanos y mis primas, nos íbamos a “las cuevas”, que no eran más que acaciales transformados en miradores y refugios a filo de hacha y mucha imaginación. Si alguno descubría un buen lugar lo bautizaba con su “santo”: estaba la “Santa Paula”, una olla buenísima para bajarla en bicicleta en la calle Los Incas, descubierta por mi hermana. La “Santa Mariana”, otro lugar donde mi prima se había adueñado de una hermosa acacia. Carlita Rebecchi y mi prima Ceci tenían “La Hostería”, una suerte de laberintos de pinitos, en Santa María y Juan de Garay, que dibujaban pasillos y habitaciones donde ellas nos invitaban a merendar después de la playa… “¿A dónde van?” nos gritaba mamá al vernos a todos subirnos a las bicis con las mochilas preparadas en nuestras espaldas… “¡vamos a hacer un pic-nic en la paja finita!”. Nos encantaba ir a acostarnos en el colchón de pinocha de los pinos mexicanos que están en Juan de Garay entre Querandíes y Santa María. “¿Para qué querés un plano?” —preguntaba mi viejo ante la intromisión apurada en su oficina—.  “¡Dale pá, es para hacer un recorrido en bicicleta… ¿y me marcás lo de los Tisera y lo de Cardoso?”, porque teníamos que evitar esos dos lugares donde tenían gran cantidad de perros sueltos que amenazaban con mordernos … Habiendo, como mucho, una casa por manzana, el bosque era un gran patio de juegos, con caminos que, más que calles, eran nuestros senderos de bicicleta y lugares referenciados por el tipo de vegetación y uso que le dábamos…. Una día nos fuimos para “El Arenal” a jugar. El Arenal era, en realidad, una olla entre médanos en Las Gaviotas, donde todavía no se habían abierto las calles y donde nos gustaba tirarnos a retozar e improvisar alguna merienda. Esa tarde subimos el médano que escondía al arenal y, desde arriba, vimos la olla de arena limpia y, en el centro, una cabeza de un muñeco de payaso, paradita, mirándonos, no había huellas alrededor…. Las historias e hipótesis terroríficas que improvisamos hicieron que nadie quisiera volver a ese lugar, a partir de ese momento, engualichado. Una mañana llegamos a la playa con mi mamá y mis hermanos, subimos el médano por el caminito del balneario y Chiche Cecchino, que tenía la concesión, la frenó a mi mamá en un lugar estratégico para hablar. ¿Estratégico para qué? Para que, desde el techo, el Rana, ¡le vaciara un tacho de veinte litros de agua a mi vieja en la cabeza! ¡Ay, lo que NO le gritó mi mamá! Ese era el clima de fraternidad de Mar de las Pampas en esa época… Yo había conseguido trabajo de mesero en “India Blanca”, una confitería con dos canchas de paddle que estaba donde hoy está Rincón del Duende, sobre Virazón, justo antes de subir al médano de la playa. Uno de los clásicos del verano eran los torneos de paddle que organizábamos entre familia y amigos y en los que siempre, SIEMPRE, nos ganaban la final a Lucas y a mí, los hermanos Sanjurjo, el Chino y Pablo. ¡Qué buenos amigos los Sanjurjo! Después vinieron los partidos de fútbol en la playa con el Rana, Trombetta, Matarasso, Palo, los Sanjurjo, el Mariscal, Fede y su papá, Mati y Maurito Rodríguez... pero si empiezo con las anécdotas de ese grupo, ¡tengo que escribir mi propio libro!

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