• Juan Pablo Trombetta

¿Por qué prosperan los apodos? Por Ricardo Arkader

Pepe, Pancho, Pocho, Pitu, Cacho, Barba, Panza, Morsa, Reina, Princesa, Pechocha, Cabeza, Pájaro, Murmullo, 73, Perro, Pato, Chacho y siguen las firmas. Maneras de decirnos y de llamarnos. Algunas por derivaciones de los nombres originales y otras por cualidades físicas. Pensar que los viejos pergeñaron nombres para inscribirnos ante la ley, y por allí apareció un atrevido que nos cambió la denominación para toda la vida. Ha pasado siempre. Un tipo que para vos fue siempre Richard y 20 años después te venís a enterar que se llama Ricardo.

Antojadizos apodos que en muchos casos son inexplicables y con origen desconocido. Heredados del padre como Bruja y Brujita, Pipa y Pipita o Burro y Burrito. El fútbol es una fuente inagotable y no siempre impuestos con una gran originalidad. El Cholo de Boca de los 60 derivó en el Cholo Simeone más contemporáneo. Los Juan José derivando en los Jota Jota, con López como máximo estandarte. Infinidad de Monos como Oberti, Burgos o Navarro Montoya. Patos como Fillol, Abbondanzieri y más aquí con Toranzo. Claro que también están los originales como Príncipe para referirnos a Francescoli. Bocha hay uno sólo o el Piojo es López. Ni hablar del Mariscal, ni del Coco. Ni hace falta decir los apellidos. Mucho más atrás en el tiempo el “Hacha Brava” Navarro, puesto por sus notables cualidades como futbolista.

Pero si de apodos originales hablamos, sin duda que el de Tecla fue el que más me despertó el entusiasmo. Según cuenta la leyenda, a Ernesto Farías le pusieron así mientras jugaba en inferiores de Estudiantes, porque le faltaba un diente. Y por ende, tenía teclas blancas y una negra por la ausencia de un incisivo.

Lo peor de todo en muchos casos es que desaparece del inconsciente colectivo futbolero el nombre que le pusieron los padres, para sólo quedar impregnado en la mente el apodo y el apellido. A saber: el “Loco” Housemann, el citado “Mono” Oberti, el “Gato” Marín, el “Loco” Gatti, el también citado “Pato” Fillol, el “Muñeco” Gallardo, el “Tano Pernía”, el “Goma” Vidal, el “Rayo” Fernández, el “Avión” Ramírez, el “Conejo” Tarantini, el “Laucha” Acosta, el “Cata” Díaz, el “Bati”, el “Gringo” Heinze, para mencionar algunos de la extensa y rica historia futbolera.

No podemos dejar de pasar por alto la cantidad de futbolistas y ex con apodos por la nacionalidad de sus antepasados. Los Tanos Pernía y Roma, los Gallegos Rosl y Vázquez, los rusos Sivisky, Abramovich y Hrabina, los Polacos Daulte o Bastía o los varios Chinos Benítez.

Es un excelente ejercicio mental intentar armar un equipo con suplentes y todo, con los apodos del mundo animal. Claro que recurriremos por una cuestión generacional, al clásico 433. Monos y Patos, como ya dijimos, sobran. Pero empecemos por el mejor de la era contemporánea: “Pato” Fillol. Defensores: “Hormiga” Díaz, el “Ratón” Ayala, el “Burro” Rochia y el “Conejo” Tarantini. Medios: el “Pulpo” González, el “Palomo” Russo y el “Pescado” Paz. Arriba: el “Burro” Ortega, el “Mono” Oberti y. el “Pájaro” Cannigia. Los suplentes sobran: los recontra citados monos, la “Araña” Amuchástegui, el “Conejo” Tarabini, el “Perro” Arbarello, el “Pato” Toranzo, el “Laucha” Acosta, el “Oveja” Telch, el “Búfalo” Funes, la “Gata” Fernández, el “Gato” Pagnanini, entre muchos otros.

Y más terrenal todavía, aparece nuestro querido y bien ponderado potrero. Aparecen sin demasiadas explicaciones, el Gordo, el Barba, el Flaco, Celeste –por su remera-, el Petiso, el Cabeza, el Chueco, el Cinco (gote, por su falta de cuello), el Colo, Pecosbill y siguen las firmas.

En el mundo del básquet es difícil encontrar apodos para decorar el nombre de jugadores. Manu es Ginóbili porque viene su Emannuel, Luisito es Scola, Fabri es Oberto. Tal vez “Pipa” Gutiérrez (por su prominente nariz) o Pichi Campana sean una de las pocas excepciones.

En el tenis, sacando a Pico Mónaco, Mago Coria, Chucho Acassuso, el Gato Gaudio o Batata Clerc, también es difícil encontrar apodos que no salgan de las entrañas del propio apellido. Delpo, Delbo, Orsa, Zabala (por Zabaleta), Zebolla (por Zeballos), Charly (por Carlos) Berlock y por supuesto, el inefable Willy Vilas que es la derivación de Guillermo.

¿Y en la política? Cabezón Duhalde, Changui Cáceres, Cuervo Larroque, Marciano Moreau, Chupete De la Rúa, Coty Nosiglia, Lilita Carrió, Toti Flores, entre muchos otros. Más allá en el tiempo, el Loco Sarmiento, Taquito Avellaneda, el Zorro Roca, el Pavo Sáenz Peña y el más conocido: el Peludo Hipólito Yrigoyen.

Nadie se salva, como de los cuernos. O tal vez sí, como por ejemplo Adán. Desde aquella época para aquí, todo tenemos nombre. Pero también apodos que siguen prosperando en el tiempo.



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