• Juan Pablo Trombetta

Sacrificar un hipopótamo. Por Pablo Chernov

En 1964, Mikhail Tal juega una partida contra Evgeni Vasiukov por el torneo de la URSS. El comienzo de la partida es clásico, con ambos jugadores eligiendo casillas ideales para sus piezas, enrocando a los reyes y, eventualmente, buscando una ruptura en el centro.

Tal se dedica a concentrar algunas piezas frente al rey de Vasiukov, todavía indeciso respecto de cuál sacrificar a los fines de complejizar la posición y encontrar una jugada ganadora. Antes de la movida diecinueve intuye que debe sacrificar un caballo. No sabe por qué, pero siente que ese caballo debe ser entregado para abrir el enroque enemigo y destruir a su oponente. La posición es compleja y por este motivo el sacrificio no es evidente: Tal estudia y analiza un gran número de variaciones posibles hasta darse cuenta, horrorizado, que ninguna le asegura un avance claro en la partida. Las ideas se apilan en su cabeza una arriba de la otra, evaluando respuestas posibles de Vasiukov, continuaciones que funcionan en un escenario pero no en otro. En este momento silencioso e intenso, el cerebro de Tal comienza a llenarse de ideas caóticas que van desde jugadas posibles hasta qué película verá con su esposa esa misma noche. Su mente va y viene, abriendo pequeños cajoncitos con movidas de otras partidas, recuerdos y, principalmente, no hallando la respuesta más fuerte. El árbol de variaciones va haciéndose cada vez más alto a una velocidad alucinante y Misha Tal recuerda a sus entrenadores de ajedrez, que recomiendan cortar las ramas más pequeñas. Hasta que de pronto, por alguna razón que se le escapa, Tal recuerda una serie de versos infantiles de Korney I. Chukovsky que dicen: «Oh, que difícil tarea es sacar a un hipopótamo del pantano».

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Misha Tal, el mago de Riga, sigue trabado en el sacrificio de caballo que no termina de decantar, todavía pensando en los versos de Chukovsky sobre el hipopótamo atrapado en el pantano. El tiempo se detuvo en su mente, ya hace un rato. Vasiukov se remueve en su silla: él también debe pensar las variaciones al sacrificio que puede -o no- hacer Tal; en ajedrez gana el que no se equivoca, pero principalmente gana el jugador que puede ver más lejos, la persona más cercana a ese futuro próximo que es la siguiente movida.

El hipopótamo de Chukovsky se materializa en el tablero tirando las piezas, generando un caos que dificulta el razonamiento de Misha. Ahora sí que está realmente inmerso en esta asociación, las variaciones posibles escapan de su mente y en este momento solo piensa qué hacer con ese animal, o, siguiendo la letra, razona en cómo hacer para sacar al hipopótamo del pantano. Mientras que los espectadores -y seguramente Vasiukov también- creen que Tal está trepando y cortando las ramas de ese árbol para encontrar la jugada correcta, la imagen del hipopótamo lo cautiva por completo. Misha comienza a pensar cómo rescatar a ese hipopótamo que se hunde cada vez más en el barro, chapoteando con sus gruesas patas delanteras, tragando agua podrida que se filtra en el buzón que tiene por boca. Tal evalúa utilizar sogas, una escalera de cuerda, algún sistema de poleas y hasta un helicóptero. Estas herramientas se cruzan por su cabeza empujando a las movidas de ajedrez que podrían salvarlo de este sacrificio que es cada vez más intuitivo y menos racional.

Tal decía que uno tiene que introducir a su oponente en un bosque oscuro y profundo, donde 2+2=5 y en el cual el camino de salida tiene el ancho suficiente para una sola persona. En la posición actual, con su caballo a punto de ser entregado por la causa de la partida, pero sin evidencia suficiente, Tal mismo se encuentra buscando la salida del bosque. Es probable que el único dato objetivo en este momento sea que Vasiukov tampoco lo lograría: si Tal no podía encontrar la respuesta -o el camino de salida-, no veía por qué su oponente lo conseguiría. Esta idea le da aire, lo deja respirar mientras medita sobre cómo salvar a ese animal que solo había visto alguna vez en un zoológico de su Latvia natal. Un animal grotesco y casi jurásico, violento y pesadísimo.

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Tal todavía no decidió qué hacer con su caballo, Vasiukov espera atento, mientras juega con las piezas ya comidas de su lado de la mesa. Después de una larga consideración, Tal se ilumina y encuentra la respuesta: No se puede salvar al hipopótamo, su destino está escrito, Misha decide que el animal debe ahogarse. Y en ese momento, el hipopótamo desaparece del tablero y también de su mente, inmediatamente la posición se simplifica, y, de pronto, Tal ve con claridad que es imposible calcular todas las variaciones y que el sacrificio de caballo es, por su propia naturaleza, puramente intuitivo. Y, desde la perspectiva de Misha, esta movida promete un juego más interesante. Toma la cabeza de la pieza con dedos aún temblorosos -el miedo no se esfuma tan rápido- y sin poder contenerse un segundo más, come el peón central del enroque de Vasiukov con su caballo, entregándose a su destino.

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Luego del sacrificio de Misha Tal, la partida contra Vasiukov continuó llegando a un final muy interesante de torres y alfiles de diferente color, lo cual, en muchas ocasiones termina en tablas.

Misha Tal fue campeón del mundo, nació con ectrodactilia, una deformación en la mano que no le impidió ni el ajedrez ni tocar el piano. Al día siguiente de la partida con Vasiukov leyó con alegría en el diario: «Mikhail Tal, luego de pensar cuidadosamente la posición durante 40 minutos, realizó un calculado sacrificio de caballo que lo llevó a la victoria».


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