• Juan Pablo Trombetta

¿Sanitarios? sí, al fondo y a la derecha. Por Alejandro Silva

Al momento de escribir estas líneas, la efervescencia por la renuncia en diputados de Máximo Kirchner como jefe de bloque del Frente de Todos, sigue causando realineamientos en todo el arco político, tanto para la oposición del cuanto peor es mejor, como para la coalición gobernante que siente el crujir de las endebles patas de su mesa. Pero no debería causar asombro, para el mentor de La Cámpora siempre fue más importante la construcción de espacios de poder, y sus cajas, que perseguir grandes candidaturas. Su corrimiento busca no diluir el legado simbólico de intransigencia que sus padres lograron construir, el ADN de ese espacio político, músculo y volumen electoral que le permitió a Alberto Fernández llegar a la presidencia, es innegociable. Lejos quedó la burda caracterización de la prole adolescente que jugaba a la PlayStation encerrado en su cuarto, como diría Nicolas Fiorentino, Máximo es un arquitecto zen y juega a la política con frialdad quirúrgica. Se sabe que en política el manejo de los tiempos es un capital muy eficiente, y quien logre administrarlo correctamente, tiene buenas chances de ganar la partida. Este mandoble al interior de la coalición gobernante queda muy lejos del 23, hay tiempo para llegar nuevamente unidos, o para rearmar alianzas y conseguir adhesiones que permitan competitividad electoral.

Si creyéramos que este revés fue únicamente por el entendimiento negociado con el FMI, estaríamos viendo la foto y no toda la película que aún está en rodaje. Santiago Liaudat, en una nota escrita para la agencia de noticias Paco Urondo, titulada «La reproducción ampliada del pesimismo», sintetiza magistralmente todos los «no se puede» que tienden a pulverizar las bases de apoyo del frente gobernante: «¿Avanzamos en el control soberano del Río Paraná? No se puede. ¿Procuramos el pago de la multimillonaria deuda de Vicentín con el Banco Nación? No se puede. ¿Juzgamos a los responsables del brutal endeudamiento para la fuga de capitales? No se puede. ¿Aprobamos la ley de envases, la ley de tierras o la ley de humedales que promueven los movimientos sociales? No se puede. ¿Hacemos justicia con los procesados y presos políticos del macrismo? No se puede. ¿Fijamos una política exterior soberana basada en la autodeterminación de los pueblos y la integración latinoamericana? No se puede. ¿Tratamos de regular el mercado ilegal de divisas para evitar corridas cambiarias? No se puede. ¿Utilizamos los medios públicos para difundir un mensaje de concientización social y política? No se puede. ¿Reestablecemos la Ley de Medios? No se puede. ¿Modificamos la ley de entidades financieras y otras normativas de cuño neoliberal que nos impiden el control de los capitales? No se puede. ¿Decretamos mediante DNU los cambios urgentes que necesitamos? No se puede. ¿Realizamos una reforma del poder judicial o al menos una ampliación favorable de la Corte Suprema? No se puede. ¿Removemos de los organismos nacionales a todos los funcionarios políticos heredados del gobierno macrista? No se puede. ¿Concretamos una reforma tributaria progresiva? No se puede. ¿Avanzamos sobre el control de la inflación mediante regulaciones firmes en las cadenas de valor? No se puede. ¿Denunciamos el préstamo del FMI en los tribunales de La Haya por ser violatorio de sus estatutos? No se puede. ¿Construimos un sistema integral de salud y una educación con sentido nacional? No se puede. No se puede. No se puede…»

Queda absolutamente claro que, si solo se administra lo existente, no hay ninguna posibilidad de transformación. Sería necio desconocer las enormes dificultades que conllevan gobernar con una pandemia y los esfuerzos que se hicieron para mantener a flote un país desbastado por cuatro años de un cipayismo criminal, pero la tibieza demostrada en estos dos años de gobierno queda muy lejos de generar una construcción política y social emancipatoria. A este gobierno le falta un claro condimento de épica, tan necesario para romper ese peristente canto de sirena de la correlación de fuerzas desfavorables, enorme excusa para seguir legitimando el status quo dominante. Néstor la pudo construir sin votos, aunque con condiciones muy diferentes a las actuales, Cristina lo generó con votos y gestión. Perón les mostró el camino a ambos.

Nobleza obliga, hay que decir que se ha cumplido una promesa más de la campaña electoral, no hay más grieta en la Argentina, el poder corporativo real, la oposición y el peronismo en sus varias degradaciones se pusieron de acuerdo: al FMI se le paga y listo. Ahí está el punto de sutura que termina de cerrar la cicatriz histórica legitimando y estatizando una vez más la deuda privada de la timba financiera de la familia Macri, y sus amigos, para que la termine pagando como siempre el pueblo argentino por varias generaciones. Todos de acuerdo con ceder nuestra soberanía y control sobre la economía y las políticas públicas, una perfecta inversión especular, del «sí se puede» cambiemita al «no se puede nada» sin escalas.

Me pregunto, sin caer en ingenuidades: ¿No podría haberse explorado tempranamente una presentación del ilegítimo endeudamiento ante la Corte Internacional de Justicia para poner en clara evidencia los incumplimientos de la propia normativa del FMI, no solo por lo obsceno del capital entregado, y según lo admitido para fines electorales, sino a su vez avalando su fuga? ¿No se puede considerar como una deuda odiosa, ilegítima o injusta, tal lo establece el derecho internacional y aplicada numerosas veces a lo largo de la historia, que indica que la deuda externa de un gobierno contraída, creada y utilizada contra los intereses de los ciudadanos del país, no tiene por qué ser pagada y por tanto no es exigible su devolución ya que los prestatarios habrían actuado de mala fe, a sabiendas, y por tanto dichos contratos —bonos o contratos comerciales— son nulos legalmente? En todo caso, tales deudas podrían considerarse personales debiendo responder quienes las hayan contraído a título personal —sea el monarca, el presidente, el director del banco central nacional o los ministros correspondientes— y no el Estado en su conjunto y por tanto los ciudadanos. O como fuera expresado en un informe jurídico internacional por la periodista Karina Patricio Ferreira Lima y el ex funcionario del FMI, Chris Marsh, en donde argumentan que el acuerdo con el FMI fracasó en todos sus objetivos centrales, violando los fines fundamentales según su convenio constitutivo y, por tanto, constituye un acto ‘ultra vire’, principio jurídico que considera nulos los actos de las entidades públicas o privadas que rebasan el límite de la ley, y cuyo objetivo es prevenir que una autoridad administrativa o entidad de derecho privado o público actúe más allá de su competencia o autoridad.

Hace falta tener voluntad política para atreverse a encontrar en la sociedad, tal vez mediante un referéndum popular, el caudal político necesario para encarnar la rebeldía contra el sistema financiero internacional. Es claro que, de ahora en más, Argentina nuevamente será el patio trasero del Fondo, consolidando una remanida variante geopolítica de la doctrina Monroe. No es inocente que cuando la región está virando hacia gobiernos progresistas, con una cada vez más comercialmente influyente República Popular China, el FMI, brazo político y no crediticio del Departamento de Estado norteamericano, se haya procurado un enclave colonial al menos por doce años más. Sí, como te dicen en los bares, los sanitarios siempre están al fondo y a la derecha.


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