• Juan Pablo Trombetta

¿Ser o no ser? ¿Conectarse o no conectarse? Por Diego Martín Battista

Me permito arrancar esta nota utilizando una muy importante y conocida frase, y adaptándola un poco a la temática que abordaré. ¿A qué me refiero? En este caso hablaré un poco sobre la instalación de antenas para el uso de telefonía celular, tema bien polémico y actual en el Partido y más en las localidades del sur. Y ahora sí, con la temática expuesta, vuelvo a permitirme invocar la frase del título y reformularla a modo de pregunta disparadora: ¿Qué localidad/es queremos o no queremos ser? Y sumo otras ideas: ¿Qué riesgos y beneficios estamos dispuestos a tomar para ser esa localidad?

Esas preguntas y esas ideas son las que trataré de esbozar a continuación, intentando pensar e invitarlos a ustedes a que lo hagan conmigo, no como fanáticos de una idea u otra, sino de presentar fundamentos que nos permitan amparar a ese pensamiento. Posiblemente, al final de la nota (o antes), puedan percibir mi opinión.

Muchos podrían decir que es parte de la «evolución», de los usos y costumbres, de la tecnología, de la «urbanización», de lo «inevitable». Claro, si tomáramos estas posturas o fundamentos, podríamos decir: «ok, una antena no le hace mal a nadie y tendremos mejor señal», «podemos ubicarla -un poco más allá-», «será un beneficio para todos/as». Es respetable, al parecer, algo de todo eso podríamos tomarlo como cierto, y creo que, inclusive si nos ubicáramos «de la vereda de enfrente», no podríamos negar que, al menos parte de esos enunciados, son verídicos.

Sin embargo, «del otro lado», podemos pensar que efectivamente Mar de las Pampas y las localidades del sur buscan otro tipo de beneficios, ésos que hoy atraen a mucha cantidad de turistas, a mucha cantidad de habitantes (permanentes o temporarios), quienes deciden llegar hasta aquí (sitúenme entre el bosque y el médano) buscando eso que no existe entre en muchas otras localidades de la costa argentina ni del país, y también a mucha cantidad de inversores, que toman esas características para fomentarlas y generar el sustento que hace que las mismas se mantengan.

Pero volviendo sobre eso que se busca en estas localidades: beneficios ambientales de no contar con esos artefactos/antenas, tanto sea para las personas como para la flora y la fauna, beneficios de estilo para que visual y estéticamente no afecten «esa armonía natural», y beneficios relacionados con el modo de vida menos rápido, el conocido «vivir sin prisa», donde se intenta dejar un poco de lado lo frenético y acelerado de otras ciudades, y lo cual se relaciona con los teléfonos celulares y «la conexión».

Por ende, si bien hoy podemos asociar «la conexión» con beneficios y posibilidades laborales, creo que no se debe depender de esa conexión para continuar con dichos beneficios. Esas posibilidades pueden continuar existiendo y facilitándose a través de conexiones fijas en los hogares y/o complejos. Al ser las distancias cortas, quien necesite de esa conexión, podría trasladarse de un lugar a otro «sin perder» tanto tiempo de conexión. Y dicha conexión estaría brindándose sobre sobre el mismo soporte que la luz eléctrica (tema aparte sería hablar de los cables de luz eléctrica y telefonía fija).

Y si lo que objetamos es la posibilidad de contactarnos por una emergencia, la señal telefónica aún existe y persiste. Y si por algún motivo ella no funcionara, hasta podría pensarse en un sistema de alerta con ubicación de puntos estratégicos con el que pueda activarse el sistema médico, policial o de bomberos.

De este modo es que creo haber especificado fundamentos de un lado y del otro, del lado de la instalación de las antenas y del lado de la no instalación de antenas; tratando de entender el porqué de las decisiones. Y me permito hacer un parate para no caer en la facilidad de pensar que, porque se dice una cosa u otra, podamos usar o no el teléfono celular, no depende de ello, sino de la implementación del mismo en distintos momentos y circunstancias, en distintos lugares.

Es aquí que vuelvo sobre la pregunta que debería responder qué postura podría convencernos o gustarnos más, y cuál deberíamos fomentar y apoyar: ¿Qué localidad es la que queremos ser? Una localidad que incluya formatos y tecnologías que parecieran ser de otras grandes ciudades, y acceder así a una conexión rápida, o una localidad que, además de brindar las posibilidades de conexión, ayuda, asistencia y seguridad, pueda también brindar ese entorno boscoso y relajado, menos «invadido» visualmente, más amable con la naturaleza y quienes la habitan (humanos, flora y fauna) y despegado de «esa conexión nociva» que nos impide disfrutar del mar, la playa, los médanos, el bosque y sus sonidos y un vivir con menos prisa.

Y finalmente cierro este espacio dejando entrever una postura bastante evidente. No niego ciertas mejoras, pero apuesto a esa localidad que queremos ser y queremos mantener.


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