• Juan Pablo Trombetta

«Si hay algo que odio en esta vida es que me digan lo que tengo que hacer» Por Matilda Forn

Hace unos meses mi viejo se me acercó y me preguntó si yo pensaba que él era muy pajero por escribir contratapas, si debería ponerse a escribir una novela y dejar de joder. A lo que yo inmediatamente respondí que no, que había inventado algo que nadie más sabía hacer y era bueno en eso, que no había ninguna razón para dejar de hacerlo; entre una nube de humo de porro se fue pensativo, se sentó con la compu en la falda y empezó a escribir.

Pienso que su generación tiene muy marcada la idea meritócrata de que para laburar te tenés que romper el lomo y si algo sale con facilidad no tiene el mismo valor que algo que te costó mucho. Esto le pesaba. Siempre renegó de su clase -burgués era el peor insulto que le podías hacer- y, para contrarrestar su pasado de newman boy, decidió «hacerse de abajo». Creo que este karma de su privilegio de clase fue lo que generó una de sus mejores -y peores- cualidades: su obsesión casi maníaca de corregir y corregir hasta el cansancio.

Papá logró el equilibrio perfecto entre lo que le salía innegablemente fantástico, con un nuevo desafío que fue resignificar sus contratapas a otro nivel. Yo recordaré por ustedes es un recorrido del siglo xx a través de sus contratapas. En sus palabras: «es la representación más fiel de la delirante empresa que he intentado, la que hace sentir mejor el mundo que vivo en mi cabeza, las conexiones, las afinidades, todo eso.»

Si alguien me preguntaba qué escribía mi papá la respuesta siempre era: contratapas para Página/12. Escuchaba que cuando a él le hacían la misma pregunta, respondía: novelas. Yo no entendía, sabía que era escritor y que escribía libros, pero lo que yo veía y escuchaba todos los miércoles y jueves era «déjenme en paz que tengo que terminar la contratapa». El escribía en su escritorio y yo me sentaba a sus pies y jugaba o leía algún libro. Trece años después la rutina se repetía, salvo que yo ya no estaba a sus pies sino a su lado, y no estábamos en su escritorio, sino que estábamos en su casa soñada que le había comprado a una monja zen. Casa kinko, equilibrio en japonés, el camino del medio que había encontrado su escritura en este último libro.

Las contratapas siempre estuvieron ahí, presentes. Fue la parte que más curtí de mi viejo con respecto a la escritura, me encantaban, me divertían. Es más, siempre quise encontrar un tema lo suficientemente «cañón» como para que lo usara en alguna contratapa; nunca lo logré: o ya lo había usado, o no le interesaba lo suficiente. Cuando encontraba algún tema interesante que él ya conocía me decía «yo escribí una contratapa sobre eso, léela».

Le pedía que me la contara, renegaba un poco y me la terminaba contando como un cuentito.

Me cuesta mucho escribir sobre él, sobre el libro, especialmente siguiendo su premisa «no escribas emocionadx». Pero la verdad es que mi papá escribió siempre emocionado, quizás no se emocionaba mientras escribía, pero la emoción sí pasaba por el cuerpo, y esa emoción pasaba

factura. Seguramente para la gran mayoría su muerte fue repentina, para mí no.

Crecí toda mi vida viendo a mi papá con un halo de muerte rondándole.

Veía cómo en cada contratapa, libro, colección, iba dejando un poco de sí mismo. Nadie escribe con tanta fuerza sin dejar un poco de su esencia en cada escrito. Y ese estrés, esa ansiedad, esas broncas que se agarraba cada vez que algo no salía como él quería, se iban acumulando y explotaban en esas pancreatitis en las que yo sentía que se me caía el mundo y él actuaba como si no p a s a r a nada. Vi cómo, de a poco, su cuerpo se iba deteriorando. La mayoría no lo sabía ver porque había algo que engañaba a todxs: su espíritu intacto. Era como ver una mezcla entre la vitalidad de un pibe de 25 con la sabiduría de un maestro zen. Daba la sensación de que iba a estar para siempre. Saber que este libro representaba para él haber encontrado el verdadero signif icado de lo que quiso crear con las contratapas en estos últimos 15 años es una especie de bálsamo para mí. Siento, y no sólo siento, sino que vi a mi papá en este último tiempo, como una persona en paz. Estaba feliz, orgulloso de sí mismo y había sabido dejar de lado ese joven machirulo con sed de éxito, atrás. No había conflicto, salvo la amenaza inminente de la muerte que él y yo sabíamos que estaba. Dicen que el alma, antes de partir ya lo percibe desde antes, que, si analizamos los últimos movimientos de una persona antes de irse de este plano, encontramos señales de despedida. Yo recordaré por ustedes es eso, es su despedida literaria, es su último regalo para sus lectores.

Lamento no poder tenerlo acá, para descubrirlo leyendo los comentarios de sus contratapas frenéticamente, reírse cuando sus lectores lo descubrían reciclando alguna, o sus pequeñas correcciones.


Decía que se obsesionaba leyendo lo que escribían sobre él y por eso no tenía redes.

Se concentraba en lo que él consideraba correcto y tenía a sus personas de confianza en quien depositar dudas, temores y preguntas, después hacía lo que quería porque si hay algo que mi papá era es un cabrón con todas las letras. No voy a decir que la presión externa no lo afectaba, sus amiguxs escritorxs solían insistirle en escribir una novela, él sufría, dudaba. Pero estaba seguro de que inventar una historia cuando hay otras tan impresionantes esperando ser contadas, no tenía sentido. Una de las frases que me repetía hasta el cansancio era «Si hay algo que odio en esta vida es que me digan lo que tengo que hacer».

Estoy segura de que mi papá vino a romper esquemas.

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