• Juan Pablo Trombetta

Sin aire y contra las cuerdas.

Por táctica o estrategia de combate, algunos boxeadores eligen ponerse de espaldas contra las cuerdas del ring y esperar a que su oponente descargue sobre su cuerpo golpes, que a priori, el encordado supone poder sobrellevar. Estos golpes pueden venir por derecha, izquierda, de abajo o arriba, golpes duros que impactan de lleno en el rostro o golpes blandos que logren debilitar la defensa, hasta golpes antirreglamentarios por debajo de la línea del cinturón, en definitiva, son varios los frentes a cubrir si no se quiere salir lastimado. Ahora, el que recibe estos golpes, tiene la opción de levantar su guardia protegiendo con los codos su abdomen y meter la cabeza entre los puños, o bien tener los reflejos suficientes como para poder esquivarlos. Normalmente cuando esto ocurre el encordado opta por agarrar a su oponente para que el juez del combate los separe y así poder tomar aire y reponer fuerzas.

En otro momento histórico, una representación pugilística no valdría para intentar explicar el clima destituyente que vivimos en Argentina, más pertinente sería plantearlo en términos ajedrecísticos con intrigantes movimientos seriamente estudiados para dar un jaque mate al rey. Pero hoy, quienes por propia elección detentan un gobierno debilitado, deberían entender que para emerger del acoso contra las cuerdas se debe salir pegando cual camorristas pendencieros, ante que estadistas cultores de un diálogo a corazón abierto para que te contesten con el bolsillo. No existe consenso posible con una oposición capaz de destruir al país entero para acceder al gobierno, ya que el poder no lo dejaron nunca, sobre todo si se parte de un ejecutivo cándido que nunca entendió que el poder no se otorga simbólicamente mediante el traspaso de un bastón y una banda, sino que siempre se construye.

Se torna esencial generar un compromiso pragmático y territorial, y no twitero discursivo, de cada una de los actores que conforman el Frente de Todos para enfrentar la enésima corrida cambiaria, un llamamiento anacrónico a la acción de militares golpistas quienes se perciben como la reserva moral de la patria, ante parlamentarios que sin ningún tipo de tapujo ni argumento piden el adelantamiento de elecciones, a una aceitada y obscena inundación de noticias falsas de saqueos en el conurbano bonaerense o intentos de tomar intendencias, a alocados pedidos de juicio político que no generan consenso ni siquiera en las filas opositoras, ante las 10500 medidas cautelares para autorizar importaciones no destinadas a la producción por la friolera de 5800 millones de dólares, a un acopio desproporcionado de granos en silobolsas a la espera de una profunda devaluación para exportar, y a una oposición partidaria cuyo único objetivo es el derribo del gobierno y la inmediata proscripción de la vicepresidenta por parte del Partido Judicial que, con un olfato altamente entrenado, asegura ya oler sangre. También es necesario comprender que la verdadera función de la extrema derecha, apócrifamente libertaria (¡Ay, si vivieran Bakunin y Malatesta!) no es llegar a gobernar sino forzar la agenda hacia políticas racistas, misóginas y antidemocráticas, las que en un pasado reciente fueran asumidas con espanto y hoy son naturalizadas por una parte de la sociedad envolviendo a un rancio conservadurismo con un manto de moderación, mientras tanto nos aliviamos y celebramos de que estos políticos de diseño con raros peinados nuevos se mueran potros sin galopar.

El gobierno precedente termino su mandato con una de las tareas más importantes cumplidas, como exponente del gran Capital, nunca le interesó crear un legado histórico ni construir una hegemonía política, su misión fue destruir la posibilidad de estabilidad de un gobierno popular peronista, o en su versión devaluada kirchnerista, generando condicionamientos insalvables para que quede blanco sobre negro donde radica el poder real.

Sería injusto desconocer las enormes dificultades y condicionamientos que se heredaron al asumir, y si a eso le sumamos una pandemia global y los esfuerzos que se hicieron por mantener a flote un sistema sanitario desbastado, una guerra que trastoco mundialmente el precio de la energía y alimentos y que disparó una inflación mundial sin precedente, deberíamos reconocer que estamos frente al caos perfecto.

Si solo somos capaces de administrar lo existente, no hay ninguna posibilidad de transformación. La torpeza y falta de iniciativa en la gestión pública se encuentra muy lejos de generar una construcción política y social emancipatoria. A este gobierno le falta un claro condimento de épica que derribe el mito de la correlación de fuerzas desfavorables, reiterada excusa para seguir legitimando el estado de situación dominante. Tal vez sea el pueblo, sabio y soberano, el que se encuentre en la esquina del ring a punto de arrojarle la toalla y decretar el fin del combate, o quizás, desde una espontánea y masiva tribuna callejera le hagan llegar los millones de gritos que transfundan un poder popular instituyente tan necesario para asumir el combate político. Lo que se necesita no es oír, como mera recepción y percepción de sonidos, sino escuchar con voluntad y predisposición a lo que se oye, seguramente ahí, es donde se encuentre la bocanada de aire fresco que permita recuperar fuerzas, tomar envión contra las cuerdas y salir pegando bien fuerte.

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