• Juan Pablo Trombetta

Sopa de tororo.

Los 42 kilómetros del maratón permitieron que llegara el primer oro para Argentina en atletismo, gracias al rosarino Juan Carlos Zabala en los Juegos de Los Ángeles 1932, apenas un año después de haber corrido su primera maratón. 16 años después, en Londres 1948, Delfo Cabrera volvió a poner a Argentina en lo más alto del podio, siendo la segunda y última medalla de oro para el atletismo argentino. En esa carrera también destacaron otros dos argentinos; Eusebio Guiñez que llegó quinto y Armando Sensini noveno. Ningún otro país logró que tres de sus miembros clasificaran entre los diez primeros hasta Etiopía en Pekín 2008, el país que más medallas tiene en maratón.

En Roma 1960 llegó la primera medalla para los etíopes, Abebe Bikila batió el récord mundial de la disciplina después de correr los 42 kilómetros descalzo porque las zapatillas que le habían dado le molestaban y causaban ampollas. Esta carrera además significó el primer oro para un africano en los juegos olímpicos. En 1964, ya acostumbrado al calzado, repitió oro y récord en Tokio, con más de 4 minutos de margen sobre el inglés Basil Heatley, que superó al local Kōkichi Tsuburaya a metros de la llegada. Pese a ser la primera medalla en atletismo para Japón en sus juegos -la primera desde 1936-, y a la ovación del público presente, Kōkichi se sintió avergonzado y humillado frente a las 75.000 personas que llenaron el estadio ese día. Años después Kenji Kimihara, su compañero de habitación y de equipo, reconoció que después de la carrera Tsubaraya le dijo: “cometí un error imperdonable ante todo el país. Sólo obtendré el perdón si en México ingreso al estadio ondeando la bandera japonesa”.

La vida de Kōkichi se centró únicamente en la preparación para la cita olímpica de México 1968, lo que implicó muchos sacrificios, entre ellos el vínculo con Eiko, su novia de la adolescencia. Las autoridades japonesas y su entrenador le prohibieron casarse para no perder el foco, quizás como un castigo por lo sucedido en Tokio. Ella, cansada de esperar, lo dejó, y un año antes de los juegos se casó con otro hombre. La dura preparación para la carrera en los 2.240 metros de altura de la ciudad de México causó estragos en el cuerpo cuerpo de Kōkichi, primero la espalda, y luego el tendón de Aquiles. El nueve de enero, a unos 9 meses de los juegos se hizo estudios, con resultados contundentes: Kōkichi no se recuperaría a tiempo, se había roto el tendón. Horas después de recibir la noticia el japonés tomó su medalla de bronce, y se suicidó. La carta de despedida que dejó cierra con: “Querido papá, querida mamá: su Kōkichi está muy cansado para seguir corriendo. Perdónenlo. Se disculpa por haberlos preocupado tanto”.

En el podio de México flameó la bandera japonesa, Kenji Kimihara, el compañero de habitación de Kōkichi en los juegos de Tokio, alcanzó la medalla plateada que se le había escapado a su amigo.


LA CARTA

Querido papá, querida mamá, disfruté la sopa de tororo de tres días, el caqui seco y el arroz.


Querido hermano Toshio, y querida hermana, disfruté el delicioso sushi.


Querido hermano Katsumi, y querida hermana, disfruté el delicioso vino y las manzanas.


Querido hermano Iwao, y querida hermana, disfruté el delicioso arroz con shiso, y el nan banzuke.


Querido hermano Kikuzo, y querida hermana, disfruté el delicioso jugo de uvas y el vino Yomeishu. Los disfruté. Y gracias, querida hermana, por lavar siempre por mi.


Queridos Sachio, Hideo, Mikio, Toshiko, Hideko, Ryosuke, Takahisa, Miyoko, Yukie, Mitsue, Akira, Yoshiyuki, Keiko, Koei, Yu, Kii, Shoji: crezcan para ser buenas personas.


Querido papá, querida mamá: su Kōkichi está muy cansado para seguir corriendo. Perdónenlo. Se disculpa por haberlos preocupado tanto.


Querido papá, querida mamá, a Kōkichi le hubiera gustado haber vivido a su lado.

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